Por mucho que hubieran escudriñado el cielo, ni italianos, ni noruegos, ni austriacos habrían observado ninguna anomalía sobre sus cabezas. Solo los sensores de laboratorios especializados captaron en septiembre y octubre de 2017 la nube de un isótopo radiactivo de rutenio (el 106Ru) que impregnaba el aire en Europa.

Una estación ubicada en Milán fue la primera en dar la voz de alarma el dos de octubre, después de registrar niveles en el rango de los milibecquerelios por metro cúbico (una unidad de medida de radioactividad). Concentraciones similares, por encima de los límites de detección de los laboratorios, se hallaron posteriormente en decenas de países europeos como Noruega, Austria, Polonia, Suiza y Grecia.

Recientemente, un estudio elaborado por un equipo internacional de investigadores y publicado en PNAS ha aportado nuevas pistas sobre el origen del radioisótopo. Si bien no supusieron un riesgo para la salud, las concentraciones eran hasta 100 veces superiores a las registradas tras el accidente de Fukushima en 2011. Hasta ahora, ningún país ha asumido la responsabilidad del incidente.

Siguiendo el rastro

Pero volvamos a 2017. Tras los primeros registros, el Organismo Internacional de Energía Atómica solicitó datos a 43 países europeos y estimaciones sobre el origen del gas radiactivo, captado también en regiones de Asia e incluso en el Caribe.

Se trataba de un tipo de emisión poco habitual. El hecho de que no se identificaran más elementos además del rutenio indicaba que la fuente no era una central, sino una planta de reprocesamiento nuclear.

En noviembre, el Servicio Federal de Hidrometeorología y Monitoreo Ambiental de Rusia aseguró haber detectado 106Ru en el sur de los montes Urales. Los responsables de la planta de reprocesamiento de combustible nuclear Mayak, situada en esa zona, se apresuraron a declarar que la nube radiactiva no procedía de sus instalaciones.

Mapa de Mayak, construida entre 1945 y 1948 como parte del proyecto soviético de bomba atómica | NASA, Jan Rieke I Wikimedia Commons

Durante los meses siguientes, Rusia reiteró que la planta, de gestión estatal, no había sido la fuente del material radiactivo. Afirmaba que no se había detectado el radioisótopo en el terreno adyacente a Mayak y señalaba como posible origen el incendio de las baterías de un satélite que hubiera reentrado en la atmósfera.

Ya en el 2018, el Instituto de Seguridad Nuclear ruso pidió ayuda científicos europeos para dilucidar el origen del rutenio. Pero después de celebrar dos comisiones de investigación, se determinó que no existían datos suficientes para determinarlo con seguridad.

Mayak, en el punto de mira

El objetivo de la reciente investigación es aportar más evidencias que refrenden los hallazgos y sospechas iniciales. Sus autores han analizado las mediciones de 176 estaciones de 29 países, recopiladas por la red europea de monitorización Ro5 (Ring of Five), fundada a finales de los 80 para intercambiar información sobre detecciones de radioisótopos.

La hipótesis del satélite ha quedado descartada. De nuevo, la evaluación de las concentraciones y su distribución, así como los modelos atmosféricos, han situado el origen de la nube radioactiva en el sur de los Urales. Así que Mayak vuelve a presentarse como la fuente más probable.

Señal en la Reserva Natural de los Urales Orientales, establecida en 1966 tras el accidente de Kyshtym | Ecodefense/Heinrich Boell Stiftung Russia/Slapovskaya/Nikulina

De confirmarse, no sería la primera vez. La planta de enriquecimiento nuclear fue la responsable de la segunda mayor fuga nuclear de la historia en septiembre de 1957, solo después de Chernóbil y por detrás de Fukushima. El conocido como accidente de Kyshtym se debió a la explosión de un tanque que contenía residuos líquidos de la producción de plutonio y provocó la contaminación de la zona.

Los investigadores han estimado que la última liberación se produjo entre el 25 de septiembre a las seis de la tarde y el 26 a mediodía, casi 60 años después de aquel primer accidente. Esta vez, sin embargo, se habría producido como un pulso breve, a diferencia de lo ocurrido en Chernóbil y Fukushima, donde la emisión duró días.

“Hemos podido demostrar que el accidente se produjo durante el reprocesamiento de combustible consumido, en una etapa avanzada, cerca del final de la cadena de procesamiento”, explica Georg Steinhauser, coautor del estudio. “Incluso aunque no haya ninguna declaración oficial, tenemos una idea de lo que podría haber pasado”, concluye.