Los ensayos clínicos del Citrato de Sildenafil para luchar contra la angina de pecho fueron un completo desastre. El fármaco se había mostrado rotundamente ineficaz contra la crisis coronaria y, además, estaba lleno de contraindicaciones imprevistas. Lo extraño es que algunos pacientes masculinos se habían negado a devolver el compuesto de las pruebas. ¿Por qué? Porque les provocaba estupendas erecciones. Así nació (por casualidad) la Viagra.

La ciencia recoge los frutos tras inmensos esfuerzos de investigación e inversión. El método científico deja muy pocos resquicios a las contingencias. Pero estas ocurren y es el propio método el que se encarga de aprovecharlas y regularlas. Decía Louis Paster que "en el campo de la investigación el azar no favorece más que a los espíritus preparados", o lo que es lo mismo, "que la inspiración te pille trabajando", que dijo Picasso. La casualidad en la investigación es siempre relativa.

La historia de la ciencia está llena de serendipias: descubrimientos o hallazgos inesperados mientras se investigaban cosas distintas. Pero no es casualidad, muchas veces es el resultado inteligente de rentabilizar millones de horas de frustrada investigación.

Imaginemos un científico del montón, con varias carreras pero carne de lavado de pipetas en el laboratorio de alguien con más carisma. Serendipio es algo torpe, pero muy buena gente. Audaz en la observación, no se entrega totalmente al método sino más a la inspiración que le da 20 años dedicados en exclusiva a la investigación. Serendipio es, sin lugar a dudas, el científico con las más simples y mejores patentes de la historia de la ciencia e industria pero, a la vez, un gran desconocido. Todo son premios, halagos y palmadas en la espalda pero nadie cree realmente en él porque sus logros, en gran parte, son fruto del azar.

En 1905 y con tan solo 11 años nuestro aprendiz de químico ya jugaba a las mezclas inventando refrescos y brebajes. Una gélida noche de invierno olvidó una de sus limonadas experimentales con su cuchara de madera en el alfeizar de la ventana. A la mañana siguiente se encontró con el primer polo de la historia. Veinte años más tarde patentaría el invento y se lo vendería a la multinacional Unilever, más conocida hoy en el sector por ser dueña de Frigo. Nada hay de genialidad científica en el invento, pero su nombre pasaría a la historia por ser el primero en sacarle partido comercial, Leitmotiv en la carrera de Serendipio.

Tan solo un par de años más tarde entregaba su vida al laboratorio. Su primer proyecto fue presentarse a un concurso para sintetizar la quinina y lograr luchar eficazmente contra la malaria. En uno de sus innumerables ‘palos de ciego’ (oxidando anilina) logró un repugnante residuo viscoso que, al disolverlo en alcohol, presentaba un atractivo color púrpura que se adhería con facilidad a los tejidos. Decidió olvidar la malaria y patentar la mauveina (malva), el primer tinte sintético de la historia.

Y llegó la primera gran guerra. La investigación y el desarrollo científico se concentraron en la industria militar y derivados. Armas, tecnología militar y de comunicaciones: muy poco invento y patente aprovechados para la población civil. Uno destacaría entre todos y revolucionará la industria higiénico-sanitaria de postguerra: la compresa.

El imprescindible ‘complemento’ femenino nació como apósito barato de celulosa para revestir y absorber las sangrantes heridas de guerra de los soldados del frente. Muchas enfermeras de la Cruz Roja que trataban a estas víctimas encontraron increíblemente prácticas las toallitas para su higiene íntima. La multinacional Kimberly-Clark aprovechó la ocasión para fabricar un producto exclusivo para ellas. Otro ejemplo de patente exitosa y ocasional tras evolución de un invento distinto.

En 1938 nuestra joven promesa trabajaba en la elaboración de un gas refrigerante para la multinacional Du Pont. La compañía llevaba 10 años intentando industrializar la producción de varios tipos de gas freón para hacerlos más rentables. El equipo estaba muy presionado y los experimentos se menoscabaron.

Un día, en el laboratorio de Serendipio, una de las mezclas para gasificar un compuesto se descontroló, obstruyendo la máquina. Al limpiarla encontraron una nueva sustancia inerte, grasienta y sumamente resbaladiza que no respondía al calor, ni la electricidad ni a los ácidos. Un posterior análisis determinó que se trataba de politetrafluoretileno, una de las cadenas moleculares más larga conocida. Patente bautizada como Teflón y que llevan hoy todas las sartenes del mundo. Solo queda saber cómo se pega a la sartén el material más antiadherente de la historia.

A nuestro Serendipio le encantaba perderse por la montaña. Todos los fines de semana se escapaba del laboratorio para cazar con su perro por algún valle perdido de los Alpes. Jornadas maratonianas de caminatas eternas abriendo sendas inexistentes. Una de las rutinas al dejar la caza era quitar las garrapatas de su perro y las semillas de cardo alpino de sus pantalones. Observando una de estas semillas de cerca se preguntaba porqué era tan complicado desprenderse de ellas. La respuesta (filamentos curvados con efecto gancho en sus extremos) le llevó a crear en 1941 uno de los cierres más versátiles y resistentes de la historia: el velcro. Una vez más el éxito de un producto comercial se debía más a la mera observación que a su trabajado talento.

En 1973 nuestro protagonista era un jubilado más. Gastaba sus últimos días en la consulta oftalmológica privada de un colega corrigiendo miopías y recetando lentillas de colores. Como consultor químico del oftalmólogo, recomendó el uso de una neurotoxina botulínica para la corrección de estrabismos y desviaciones oculares, ya que el compuesto debilitaba y corregía el músculo, permitiendo su coordinación. Lo que también descubrieron, tras múltiples tratamientos, es que el producto acababa con las famosas patas de gallo de los pacientes. Había nacido por casualidad (una vez más) el bótox.

Un error en el camino no es siempre un paso atrás, es solo un indicio, una pista u oportunidad para cambiar de ruta y atajar hacia el ansiado destino. Pero para llegar a disfrutar de ese error hay que hartarse de caminar.

Recuerda: Serendipio nunca bautizaba sus logros con el famoso "¡Eureka!". Su grito de guerra suena más a "¡Coño, qué curioso!"