Ocurrió en la penúltima guerra en suelo europeo, en un gélido mes de enero. Yo era un joven e inexperto reportero al que la vida regaló cubrir aquel conflicto durante varios meses entre los años 1991 y 1992. Estábamos en las afueras de Sarajevo, en tierra de nadie, una franja que era batida a diario por los temibles francotiradores del ejército serbio. Allí, permanentemente expuesto, malvivía un pequeño grupo de ancianos en una residencia. Hablamos con ellos y con los responsables del asilo, que no distinguían etnias ni nacionalidades a la hora de ofrecer sus cuidados y que recogían casi todos los días el cadáver de alguno de sus internos, alcanzado por las balas de los tiradores. Hasta nos enseñaron la gorra del último caído, en la que se apreciaba el agujero que dejó el proyectil que lo mató.

Al salir de allí, camino del hotel Holiday Inn de Sarajevo, me quejé del frío, del hambre y de las penosas condiciones en las que trabajábamos, dependientes de encontrar un teléfono satélite –aquellos cotizados Thuraya– y de que el taquígrafo al que dictases la crónica tuviese un buen día. El compañero con el que pasé una gran parte de esos días, también joven pero mucho más experto que yo en conflictos bélicos, me dijo algo que no he olvidado en estos treinta años: "A nosotros nos pagan por estar aquí y volveremos a casa cuando queramos o cuando quieran nuestros jefes. La gente a la que hemos visto no se va a poder ir a ninguna parte y muchos de ellos morirán en los próximos días. Ellos son los verdaderamente importantes. El hambre y el frío que pasemos no le importa a nadie. Nosotros estamos aquí para contar su historia, no la nuestra". Aquel compañero se convirtió en el mejor reportero de guerra de nuestro país, Javier Espinosa.

Cada día vivo más alejado de las redes sociales, pero aún conservo cuenta en Twitter y me asomo por ahí de cuando en cuando. La red se ha convertido en la escupidera más cara del planeta y también en el estanque en el que todos los narcisos se reflejan y alimentan su culto al yo, un mal que afecta de manera muy especial a mi oficio y que lo está destruyendo. El día que el periodismo comenzó a irse a la mierda fue el primer día que un periodista decidió darle la vuelta al foco y apuntar hacia él mismo. Ese periodista y sus sucesores nos cuentan cuánto cuesta llegar a un sitio, lo malas que son las carreteras, el frío o el calor que pasan, todo lo que les han insultado en una manifestación, lo difícil que es conseguir una entrevista o una declaración… Mención aparte merecen los que son llamados a un juzgado para declarar como denunciados por algo que han dicho o escrito y lo cuentan como si fuesen el capitán Alfred Dreyfus, acompañados de cámaras y portando la corona de espinas de mártires de la libertad de expresión. Todos ellos me parecen unos llorones ridículos y peligrosos para el oficio, porque, como decía Espinosa, a la gente le importa una higa las aventuras y desventuras de una profesión que ya solo interesa a los propios periodistas.

Todo esto viene a cuento por un tuit que he leído esta semana. Su autor, que estaba cubriendo uno de los terribles incendios que han asolado estos días nuestro país, se quejaba de que un vecino no había querido hablar con él, de que había pasado la noche en vela, de que no había comido y de que tenía ceniza y espigas en los ojos y en los brazos… todo en el mismo tuit. Él –que es un buen tipo y un buen profesional, según me dijo una compañera de su medio con la que hablé– no creo que sepa que a su público le da absolutamente igual el hambre que tenga y las espigas que lleve encima. Y si un vecino no ha querido hablar con él, lo que tiene que hacer es probar con otro y con otro y con otro. Seguramente, nadie le ha explicado que este oficio consiste en llamar a cien puertas para que te cierren las cien en las narices y seguir probando con la ciento una.

Tengo muy poca tolerancia con los periodistas exhibicionistas. Me espantan y creo que son muy dañinos, porque han jugado un papel fundamental para que el público se aleje de los medios. Seguramente, las redes han contribuido aún más a la proliferación de narcisos. Una colega me dio un diagnóstico preciso: "Las redes han convertido el trabajo en una suerte de marca publicitaria personal y el control de la vanidad es algo que se aprende con los años y estos años nadie ve cómo trabaja el veterano".

No sé si estas líneas llegarán a algún novato de esos que pueblan las redacciones en verano. Si es así, un solo consejo: huid de la vanidad, huid del estanque, volved a girar el foco y contad lo que pasa. Al público le dan igual las cenizas que tengáis en los ojos.