El metano (CH4) es un gas de efecto invernadero, igual que lo es el dióxido de carbono (CO2), lo que significa que no deja escapar el calor de la atmósfera porque es opaco a la radiación infrarroja. Estos gases son indispensables para la vida, gracias a ellos la temperatura media del planeta es de 15oC. Sin ellos, la temperatura terrestre sería de unos -18oC. Sin embargo, el aumento de emisiones mantenido estos dos últimos siglos han provocado un preocupante aumento de temperaturas que es urgente paliar.

En el aire hay muy poco gas metano. Por cada litro de aire hay 0,002 mililitros de metano. La atmósfera al completo alberga unos 5000 millones de toneladas. Gracias al análisis de las burbujas de aire encerradas en mantos de hielo se sabe que hace dos siglos había en la atmósfera menos de la mitad del metano actual. Este gas se está acumulando en la atmósfera, por lo que se emite más de lo que naturalmente se destruye. Aunque la cantidad de metano parece muy pequeña, su contribución al aumento de temperaturas es muy importante.

El gas metano se considera responsable de la cuarta parte del calentamiento global. Su potencial de calentamiento global es 80 veces mayor que el del CO2. No obstante, el metano tiene un tiempo de permanencia en la atmósfera de unos 9-12 años, diez veces menor que el dióxido de carbono. Esto significa que, si de golpe cesasen las emisiones de metano, en una década se alcanzarían de nuevo los niveles de equilibro preindustriales. Así que la reducción de metano tiene un efecto muy rápido, de ahí su relevancia ante una situación climática tan urgente como la actual.

Se estima que disminuir un 30% las emisiones de metano de aquí a 2050 reduciría el calentamiento 0,2oC. Por eso la Unión Europea y los Estados Unidos acordaron reducir sus emisiones firmando el Compromiso Mundial sobre el Metano, ahora suscrito por 100 países tras la cumbre del clima COP26 celebrada en Glasgow.

El metano se produce principalmente por reacciones de descomposición de materia orgánica y como subproducto de oxidaciones incompletas. El 40% de las emisiones actuales de metano son de origen natural; provienen de humedales, ríos y lagos, y de fuentes geológicas como volcanes o filtraciones naturales de gas. El 60% restante deriva de actividades humanas. Las principales son la agricultura, la ganadería, los vertederos y los combustibles fósiles.

En humedales, pantanos o ciénagas, el agua crea una película que impide el contacto con el oxígeno. En esas condiciones anaerobias, las bacterias metanogénicas se alimentan de materia orgánica muerta, predominantemente vegetal, liberando metano (y otros gases en menor proporción) durante el proceso de descomposición. Cuando se riegan cultivos ocurre un proceso similar. El agua impide que el oxígeno llegue al suelo, lo que provoca que las bacterias anaerobias degraden la materia orgánica generando metano. Esto sucede sobre todo en cultivos que requieren inundación, como el arroz.

Los estiércoles también contribuyen a la producción de metano. Los rumiantes (vacas, ovejas, cabras…) generan metano durante la digestión, en la fermentación de los alimentos en el rumen (metano entérico) mediante la que transforman vegetales no comestibles para los humanos en productos de alto valor nutritivo, como carne o leche. Los vertederos producen metano como consecuencia de la putrefacción y descomposición de la materia orgánica.

La extracción, producción y uso de combustibles fósiles también genera metano, incluida la quema de biomasa y, por supuesto, los incendios forestales, ya que las combustiones incompletas además de CO2 producen metano.

El efecto invernadero se multiplica a sí mismo. Esto quiere decir que cuanto más aumenta la temperatura del planeta, más gases de efecto invernadero acaban en la atmósfera, haciendo que la temperatura aumente cada vez más. El deshielo provoca la liberación de estos gases, y en concreto, la destrucción del permafrost causada por el calentamiento global está contribuyendo de forma significativa a la liberación de metano.

El permafrost es un capa del subsuelo que se mantiene congelada. Ocupa el 24% de la superficie terrestre. Ahí se acumulan animales, vegetales y microbios congelados. Al descongelarse por culpa del aumento de temperaturas, comienzan a pudrirse desprendiendo grandes cantidades de metano. Parte de este metano asciende a través del suelo y se libera lentamente a la atmósfera. Otra parte se acumula en burbujas bajo el agua o bajo lagos congelados, liberándose de forma explosiva.

Además del impacto que tiene el derretimiento del permafrost en el calentamiento global, también supone un peligro sanitario. La salud medioambiental está siempre relacionada con la salud animal. Podrían resurgir virus y bacterias del pasado, erradicadas o desconocidas, que hasta ahora se habían mantenido congeladas en el permafrost, protegidas del oxígeno y la luz.

Parte del metano emitido a la atmósfera se elimina de forma natural. El principal sumidero está en las capas bajas de la atmósfera. A temperatura ambiente el metano es estable, pero los radicales hidroxilo que se forman en el aire húmedo son capaces de destruirlo. Así es cómo se elimina de forma natural el 80-90% del metano. El resto se transporta por corrientes ascendentes hasta la estratosfera, donde la radiación ultravioleta posibilita las reacciones con otras moléculas. Una pequeña porción se filtra en el suelo y es destruida por microorganismos.

La Unión Europea lleva casi tres décadas tomando medidas que han ayudado a mitigar las emisiones antropogénicas de metano, reduciendo a la mitad las derivadas de vertederos y aguas residuales. También se ha logrado reducir significativamente el metano liberado en prácticas agrícolas incluyendo sistemas mejorados de gestión del estiércol, el compostaje, digestores anaeróbicos, nuevos piensos para el ganado, selección genética de rumiantes de baja emisión... Sellar y sanear minas de carbón, pozos de petróleo y gas abandonados, también ayuda a reducir las emisiones de metano. Además, actualmente se están implementando estrategias innovadoras para captar metano u oxidarlo a dióxido de carbono.

Aunque el CO2 es el gas que más está contribuyendo al calentamiento global, poner el foco en el metano es una cuestión estratégica y una respuesta de urgencia. La promesa de la reducción de emisiones de CO2 está lejos de cumplirse, y aunque se lograse una reducción sostenida, los efectos en la temperatura global tardarán al menos un siglo en observarse; mientras que la reducción drástica del metano es más fácil de conseguir a corto plazo y sus efectos, aunque menores, sí serán notables en tan solo una década.