La muerte de James D. Watson, ocurrida este mes de noviembre, devuelve a la actualidad una de las historias más fascinantes y complejas de la ciencia moderna. En 1953, junto con Francis Crick, publicó en Nature el modelo de la doble hélice del ADN, transformando la ciencia moderna y nuestro modo de entender la vida.
El hallazgo no fue únicamente una descripción elegante de una forma, sino que ofrecía una explicación convincente de cómo se almacena, copia y transmite la información genética. ¿Por qué la estructura del ADN es tan especial? ¿Por qué conocerla fue tan crucial? ¿Cuáles son algunas de sus implicaciones actuales más relevantes? ¿Por qué Watson se retrata como un héroe y también como un villano?
La forma del ADN y por qué importa
Cuando hablamos de la estructura del ADN, decimos que es una molécula compuesta por dos cadenas enrolladas una alrededor de la otra formando una hélice —de ahí el nombre "doble hélice"—. Se puede visualizar como una escalera de caracol en la que la barandilla está formada por un esqueleto de azúcar (desoxirribosa) y fosfato, y los peldaños están formados por bases nitrogenadas unidas mediante enlaces de hidrógeno (adenina (A) con timina (T), y guanina (G) con citosina (C)). Una peculiaridad de esta escalera es que los peldaños se pueden romper por la mitad, separando las dos hélices como quien abre y cierra una cremallera. Esta arquitectura posee varias propiedades vitales para la biología.
1. Almacenamiento de información
La secuencia de las bases (A, T, G, C) sobre una cadena actúa como un “alfabeto” que codifica la información genética: cuatro letras que describen cómo somos. La forma helicoidal y la complementariedad de las cadenas permiten que la secuencia de bases se conserve y se lea como un manual de instrucciones.
2. Mecanismo de copia (replicación) confiable
Una de las grandes virtudes de la doble hélice es que cada una de las dos cadenas puede servir de molde para sintetizar una nueva cadena complementaria. De este modo, al separar las dos hebras, la célula puede generar dos moléculas de ADN idénticas: cada hija conserva una hebra "antigua" y una hebra "nueva". Esta propiedad —la replicación semiconservativa— fue uno de los mecanismos que el modelo de Watson-Crick inmediatamente sugirió.
3. Estable, compacta y reparable
La doble hélice ofrece una estructura que es químicamente estable dentro de la célula: la barandilla actúa como una armadura protectora de las bases. A su vez, las bases se apilan unas sobre otras dentro de la hélice mediante interacciones hidrofóbicas y fuerzas de Van der Waals, como si fueran las páginas bien comprimidas de un libro, lo que le da una estructura compacta, resistente y difícil de romper espontáneamente. Además, la presencia de dos cadenas complementarias permite que, si una hélice sufre daños o mutaciones, la otra pueda servir de referencia para su corrección. Estudios posteriores han mostrado que su estructura facilita los mecanismos de reparación del ADN.
4. Relación entre forma y función
El descubrimiento de la estructura puso en evidencia que "la forma importa" en biología: la geometría de la molécula condiciona qué puede hacer, cómo se hace y cuándo.
Por todas estas razones, conocer exactamente cómo era la molécula de ADN —no sólo saber que existía— abrió la puerta a entender la herencia, la variabilidad genética, la mutación, la evolución, e incluso la biomedicina. La estructura del ADN es el punto de arranque que permitió decodificar la vida a nivel molecular.
Watson y la importancia del conocimiento interdisciplinar
Watson, junto con Crick, desarrolló el modelo del ADN mediante la construcción de maquetas físicas. Para llegar a él tuvieron que interpretar imágenes de difracción de rayos X y comprender las reglas fundamentales de varios tipos de enlaces químicos, en especial los que rigen el emparejamiento específico entre bases. Por eso este hallazgo es un buen ejemplo de lo importante que es contar con conocimientos que vayan más allá de la propia disciplina, como la física y la química. La contribución de Watson radica en convertir varios datos sueltos en una imagen coherente: una molécula que explicaba tanto el almacenamiento de información como su transmisión.
Aplicaciones del descubrimiento
El conocimiento de la estructura de la molécula de ADN reverbera hoy en múltiples frentes. La medicina personalizada y genómica nos permite entender nuestra herencia genética, mutaciones causantes de enfermedad, predisposiciones y proponer tratamientos dirigidos. La biotecnología y la edición genética, con tecnologías como CRISPR, se apoyan en la comprensión de la estructura, la replicación y la reparación del ADN.
Sin ese conocimiento inicial, no tendríamos la base para pensar en modificar genes de organismos vivos de todo tipo. Además, dado que la molécula puede conservar la información de un organismo y sus ancestros ha permitido usar ADN para identificar personas (ciencia forense), trazar linajes (genealogía) y estudiar la evolución de especies (biología evolutiva).
Todo este conocimiento y sus aplicaciones suscitan debates éticos de gran relevancia, como el derecho a acceder y compartir la información genética de un individuo, qué usos se puede hacer de ella o hasta dónde es legítima la edición genética. Mientras el conocimiento del ADN multiplicaba sus aplicaciones, su principal descubridor acumulaba también controversias.
Luces y sombras de Watson
La figura de Watson ha dado muchos tumbos, pasando de héroe a villano. Ha sido un hombre de opiniones fuertes y controvertidas, que no ocultaba su ideas supremacistas con respecto a sexo y raza. En 2007, en una entrevista con The Sunday Times, afirmó que era "pesimista sobre África porque todas nuestras políticas sociales se basan en la idea de que su inteligencia es la misma que la nuestra, cuando todas las pruebas dicen que no es así", comentario que le costó la suspensión de su puesto en el Cold Spring Harbor Laboratory.
Años después, en un documental de 2019 (American Masters: Decoding Watson), reafirmó esas mismas ideas, insistiendo en que las diferencias de cociente intelectual entre razas son genéticas, lo que llevó a que el laboratorio revocara definitivamente todos sus títulos honoríficos.
También había expresado en el pasado opiniones misóginas —por ejemplo, que las mujeres científicas no son tan reconocidas porque son menos ambiciosas que los hombres— y comentarios discriminatorios sobre la homosexualidad. Watson defendía sus opiniones basándose en la interpretación —sesgada— de estudios genéticos. Las afirmaciones de Watson, documentadas en entrevistas y en su propio libro Avoid Boring People (2007), le valieron la condena pública y el aislamiento institucional en los últimos años de su vida.
Las opiniones de Watson, aunque alejadas del consenso científico, sirvieron para provocar interesantes discusiones en la comunidad científica sobre el valor de la autoridad — no hay que confundir la libertad de opinar con la autoridad científica, y que una hipótesis sin evidencia no deja de ser una creencia personal—, y también sobre cuestiones epistémicas y éticas profundas — dado que es posible que un hallazgo científico sea verdadero y a la vez inmoral, ¿cómo habría que afrontarlo? —.
Fotografía 51
Entre todo el escándalo público, y la tendencia actual de recuperar las historias de mujeres que fueron opacadas, con frecuencia se ha acusado injustamente a Watson de apropiarse del descubrimiento de la científica Rosalind Franklin. En la historiografía de la ciencia circulan diversos relatos, algunos más sencillos de lo que permiten los hechos. Uno de ellos es que la fotografía de difracción de rayos X conocida como "fotografía 51", tomada Raymond Gosling —siendo alumno de Rosalind Franklin— fue "robada" por Watson para llegar al Nobel, o que Franklin fue sistemáticamente excluida aunque merecedora del premio.
El panorama real es más matizado. Es cierto que la imagen de Franklin y Gosling proporcionó datos muy relevantes para entender la estructura del ADN; sin embargo, afirmar que Watson robó el Nobel o que Franklin "merecía" el premio ignorando complejidades —como que los premios Nobel no se conceden póstumamente (Franklin falleció en 1958 y el Nobel a Watson se concedió en 1962), ni que el descubrimiento fue colectivo— empobrece la narrativa.
La fotografía 51 fue importante por lo que Watson supo interpretar en ella. Además, la ciencia no funciona con un único héroe, sino como red de contribuciones diversas. Reconocer que Franklin mereció mayor visibilidad no implica adoptar una versión simplista de víctima y villano. Aunque es indudable que el entorno dificultaba el reconocimiento de las mujeres, también es justo reconocer que no todas las científicas del siglo XX eran excelentes. Revisar la historia de la ciencia no implica idealizar a todas las figuras olvidadas, sino situarlas con justicia en el contexto real de sus méritos y limitaciones.
Considerar el contexto histórico y las dinámicas de reconocimiento enriquece la historia de la ciencia. Y en este sentido, Watson representa tanto el logro extraordinario como la complejidad humana detrás de la ciencia.



