Ni lo sé yo ni usted ni mucho menos, me temo, lo sabrá nunca a ciencia cierta ninguno de los nueve miembros del tribunal que, antes de fin de mes, se pronunciará sobre la culpabilidad o no de Rosa Peral y/o Albert López, respecto al asesinato de Pedro Rodríguez.

Mucho morbo

A pesar de ello; a pesar de la pugna entre lo ocurrido, lo que queremos que hubiera ocurrido, lo que queremos que no hubiera ocurrido, lo que se puede acreditar y lo que, aun no acreditado, se pueda sostener; la verdad jurídica acabará aflorando y dará por finiquitado un culebrón que ha presidido los ágapes más pantagruélicos de una determinada prensa, la que alimenta a la opinión publica famélica de morbo.

No sabemos lo que pasó. Y el juicio que está a punto de acabar no ha sido ni definitivo ni concluyente en ninguno de los sentidos contemplables o imaginables. Un juicio con claroscuros, grises, lagunas o indicios que no llegan a pruebas, siempre beneficia al imputado.

Realidad virtual pero legal

Así que, los que buscamos respuestas, tendremos que ir a abrevar al pozal de la verdad jurídica. Ni es la primera vez ni será la última. El presidente de la Audiencia de Girona, Fernando Lacaba, así me lo dijo hace años, en relación con el juicio que presidió sobre el famoso secuestro de la farmacéutica de Olot: "Quílez, sabremos la verdad jurídica, que no tiene necesariamente que coincidir con la verdad real".

Responsabilidad

No reclamo resignación, pero sí, de alguna forma, aspiro a que este caso tan enrevesado, tan goloso para los amantes de la carnaza y de un supuesto periodismo de investigación (que no es tal, porque el periodismo de investigación no existe), nos haga recapacitar sobre el poder de hacer daño que ostentamos los que tenemos el honor de blandir una pluma, micrófono o cámara, para explicarles a todos lo que vemos o lo que creemos ver.

¿Dudar?

In dubio pro reo. Ante la duda, a favor del imputado. Es una máxima del estado de derecho. Una máxima hermosa, porque lo otro, lo contrario, es el fascismo, el mismo que creó la ley de vagos y maleantes, o que prepondera el color de la piel y el estrato social del sospechoso a la hora de incriminarle o condenarle.

Asumamos que no sabremos lo que ocurrió, sino lo que creemos que ocurrió y que, además, encuentra acomodo en el Código Penal.

In dubio pro reo; pero aquí, no duda ni Dios. Cuando el fiscal interrogó a Peral y ésta, aturullada, desconcertada, ansiosa y superada por la situación se trastabilló y se enmarañó en respuestas inconexas y desconcertantes, alguien en el público soltó una sonrisa maléfica y perversa, como buscando complicidades. La estampa era muy triste, patética, sintomática de la mala salud de nuestro oficio. Ese "alguien" era periodista. "Ya lo decía yo", y la sonrisa capciosa se alargaba.

Periodismo perverso

Por desgracia, en esta época, el triunfo del periodista pasa por la militancia, por la obediencia preventiva y, a menudo, por el hundimiento del prestigio del compañero.

Por desgracia, no son cosas que se puedan disociar. ¡Qué triste! Y… ¡qué real. Así son las cosas y así hay que explicarlas… supongo. Acabe como acabe el juicio, sea cual sea la sentencia, asumo (lo hago desde hace años) que la verdad jurídica es un mal menor. Es mucho mejor que la justicia mediática. La verdad real de lo que ocurrió en Cubelles, en Foix y de rejas adentro, en dos cárceles, lo dejo, --¡quien sabe!-- para el próximo libro.