El día que mi madre entró en la UCI supe que ya no saldría. No por ninguna aparición mística ni espiritual, sino porque su cuadro clínico era insuperable. Lo sabía yo y más aún los médicos internistas. No había nada que hacer y no puedo creer todo lo que hicieron para intentar que saliera adelante y que sus últimos días fueran más llevaderos.
El baile constante y frenético de enfermeras, auxiliares, doctoras y personal de limpieza atendiendo los boxes que tiene la UCI en el Hospital de Fuenlabrada es abrumador, cuando mi madre ingresó ni siquiera estaban todos ocupados y el personal que atendió a las seis personas que llegué a contar como máximo era impresionante.
No podía quitarme de la cabeza en los huecos que el dolor me dejaba cómo alguien de nuestra familia humilde, de clase trabajadora, podría pagar una sola hora de esta atención incansable y costosísima. Mi madre estuvo conectada setenta horas a una máquina de diálisis para paliar el fallo renal agudo que la llevó a ingresar y que comenzó de manera constante a encharcar los pulmones que tenía afectados después de cuatro años con un cáncer de pulmón inoperable.
Perdí la cuenta de las bolsas de sangre y plaquetas que le pusieron, y que tengo que agradecer a todos los donantes, porque no podrían suministrarle heparina y el filtro se coagulaba constantemente (lamento si no explico el proceso de manera precisa).
Le han suministrado decenas de medicamentos para intentar que orinara y recuperar los riñones, para bajarle la tensión. Le han hecho radiografías para comprobar que los catéteres estaban bien colocados, ecografías para ver el líquido almacenado, punciones para quitarle líquido de los pulmones solo para que respirara un poco mejor, electrocardiogramas para ver lo que sufría el corazón.
La UCI ha sido también un lugar de miles de cuidados íntimos y cariñosos: estirarle la sábana entre cuatro para no moverla y no agobiarla, darle crema en el cuerpo para soportar las horas sin moverse, limpiarla, lavarla, cambiarle los bolos, acariciarle el pelo y colocárselo para que estuviera guapa con la máscara de oxigeno porque seguía siendo coqueta y también de eso estaban pendientes. De que no perdiera su humanidad. De que estuviera cuidada. De que se sintiera querida.
Nunca voy a olvidar a Erine, una enfermera que le retiraba por una esquinita la mascarilla de oxígeno para darle chupitos de agua con una jeringa que a mi madre le sabían a gloria y agradecía acariciando con la mirada. Se lo he dicho a ella. Ella ya sabe que será siempre de mi familia. Que me tendrá cuando me necesite.
Pero lo dejo escrito para que lo sepa todo el mundo porque si algún día alguien tiene la desgracia de ver a un familiar en una UCI se va encontrar con trabajadoras maravillosas como ella. Erine es tan luminosa que sin conocer de nada a mi madre la trató como si fuese la suya. Eso no tiene precio ni aunque pudiéramos pagarlo. Pero es que tampoco podríamos pagarlo. Ni yo ni ninguna de las familias que estábamos compartiendo planta.
Tampoco voy a olvidar a esa mujer musulmana que en el box de al lado de mi madre le cantaba canciones tradicionales árabes a su marido con una dulzura que nos acompañaba a todos. La vulnerabilidad nos hacía cómplices a todos los familiares. Nos acariciábamos un brazo cuando se hacía demasiado duro, sonreíamos por encima de las mascarillas.
Hemos ofrecido tantos gracias que sonaban como una melodía que acompañaba el coro de pitidos de las válvulas obstruidas, viales vacíos e irregularidades en los monitores. Es difícil de explicar, pero hay cierta paz en una UCI. Muchos somos conscientes de que nos estamos despidiendo y respetamos el descanso del de al lado, siempre hay una educación ceremoniosa, un trato amable y paciente. Hay belleza entre tanta incertidumbre y la única certeza de que la muerte es una realidad cercana.
El dolor de la pérdida de una madre es inenarrable, no tengo palabras para describirlo y por eso ni siquiera voy a intentarlo. Pero sí puedo politizar lo que me duele con un agradecimiento eterno al personal sanitario del Hospital de Fuenlabrada y a esa sanidad pública que es lo más maravilloso que tenemos y que solo somos capaz de entender cuando nos vemos en una situación grave.
Es imposible comprender lo afortunados que somos de tener un sistema de salud que nos cuida y atiende sin mirar lo que podemos pagar y sin atender el beneficio y la eficiencia que puede proporcionar gastarse miles de euros en hacer lo posible por mejorar las últimas horas de una mujer de clase trabajadora totalmente desahuciada.
Por eso no podemos permitirnos perderlo ni dejar que haya mercaderes de nuestro dolor. Quiero que el cariño y la atención con la que han cuidado a mi madre lo tengan todos los pacientes sin depender del origen ni del dinero en sus cuentas. Defendámoslo como defendemos a nuestras madres. Ojalá este agradecimiento como trinchera de defensa de la sanidad pública.



