Hace quince años Apple todavía se llamaba Apple Computers Inc. Claro, entonces todavía vivía exclusivamente de sus ordenadores tras unas cuantas incursiones -fallidas casi todas- en otros mercados de la electrónica de consumo.

Hace quince años, la cuota del mercado de ordenadores de Apple era baja, muy baja. Se sustentaba en buena medida en el público profesional: diseñadores, fotógrafos y creativos en general apuntalaban las ventas de los Mac. Apple les devolvió el gesto durante años con productos orientados a ellos: el sufijo “Pro” acompañó a varios Mac y software como Aperture o Final Cut Pro fue durante años la referencia.

En 2007 ocurrieron dos cosas: Apple anunció el primer iPhone, y cambió su nombre oficial a “Apple Inc.”. Muy sintomático que se cargase el “Computers” de dicho nombre.

Ahora, todo ha cambiado.

Ocho años más tarde han tenido lugar dos acontecimientos: el MacBook Pro de 17”, el preferido por los profesionales, fue descontinuado (es decir, no se presentan nuevas versiones). Su software profesional para creativos ha sido abandonado casi por completo, e incluso su 'suite' de ofimática -iWork- ha sido marginada hasta el punto de llevar a Microsoft a que presentase Office en el evento del iPad Pro este año.

Y esto nos lleva al siguiente punto: el iPad Pro.

El iPad Pro es la sublimación del iPad como dispositivo para trabajar, cinco años después de la llegada del primero. Ahora bien: ¿realmente sirve para trabajar? Y la pregunta clave: si es así, ¿para qué profesión?

El clamor popular, acostumbrado a revoluciones como la que supuso el iPhone original, puede ver con buenos ojos el futuro de la productividad en el iPad Pro. Pero hay un matiz importante: el hardware, el 'form-factor', es irrelevante en comparación con el software, que aporta de verdad las posibilidades de un dispositivo. Y aquí entra otra protagonista llamada Surface Pro 4.

Las Surface pueden parecer en esencia el mismo producto que el iPad Pro: una pantalla táctil de unas 12 pulgadas, una funda con teclado, y unas especificaciones potentes. Pero hay una diferencia demasiado grande: Surface Pro es un ordenador en formato tablet, iPad Pro es una tablet con aspiraciones, pero con sistema operativo móvil. Y ahora mismo, el sistema operativo de escritorio es el que sirve para trabajar en la inmensa mayoría de los casos.

Para entender lo que puede ocurrir con este iPad Pro, bajemos de tamaño. El iPad mini fue muy exitoso en sus inicios, allá por 2012 y 2013: permitía comprar un iPad a quien no podía o quería gastar el dinero que costaba el 'grande', daba a los propietarios de un iPhone (4 pulgadas entonces como máximo) una pantalla algo mayor con iOS, e incluso permitía venderlo como lector de libros vitaminado.

En 2014, Apple renovó sus iPhone con tamaños mayores y las ventas del iPad Mini se desplomaron. Si a eso le unimos que el ciclo de renovación de un iPad es largo, ya sabemos qué dispositivo se queda sin silla en este juego musical. Simplemente, los nuevos iPhone canibalizaron las ventas del Mini.

Ahora, con el iPad Pro se puede repetir el escenario… hasta cierto punto. Hablar del iPad Pro como el futuro de la productividad y el trabajo en movilidad está muy bien, pero el presente es hoy, y la mayoría de profesiones necesitan (y necesitarán durante un tiempo) un sistema operativo de escritorio.

iOS ha mejorado mucho últimamente y cada vez más aplicaciones sacan partido de él y de las posibilidades de la pantalla táctil del iPad Pro, pero es distinto decir que con él se puede trabajar bien para ciertas tareas, y es bastante satisfactorio de hecho, y otra cosa es querer inflar las expectativas y pretender que cualquiera pueda sustituir su Mac o PC por uno.

Microsoft ha encontrado el camino con una Surface mejor en cada generación y una excelente aceptación, pero la propuesta de Apple no es comparable. Si una tablet con iOS será capaz de satisfacer las exigencias dentro de otros cinco años es una incógnita. De momento, Surface y iPad Pro juegan en distintas ligas, igual que MacBook y iPad Pro.