Cuando pagas un café, compras una nevera o un teléfono móvil y pagas, el dependiente te entrega un ticket de caja o, si lo solicitas, su correspondiente factura. El mundo analógico es así de raro. Pagas, pides factura y te la dan al minuto. Cuando realizas la compra en una tienda online, casi siempre esperas que suceda lo mismo, gracias a la magia del pdf y el correo electrónico.

Sin embargo, he realizado una prueba. Compro en Amazon.es un libro electrónico. Te voy a contar en primera persona el periplo que cualquier consumidor debe afrontar para que la empresa de Jeff Bezos, el paradigma de la compra en un clic, me entregue una factura con su correspondiente base imponible e IVA cuando le adquiero un e-book..

Prepárate, porque si compras en Amazon.es, dicha factura te llegará del Gran Ducado de Luxemburgo. Amazon Media EU SARL es la denominación social que tiene allí la tienda online para pagar menos impuestos y ganar más dinero en la Unión Europea, grabando a sus clientes el 3% de IVA luxemburgués para libros y el 15% para el resto de productos.

Pero entremos en el laberinto administrativo de Amazon. Compro la versión en e-book de ‘Rayuela’, de Julio Cortázar. Cuando culmino el pedido y descargo el archivo digital, me llega por correo electrónico un “recibo de compra”, con el importe, pero sin detallar el IVA.

Atención: esto no es una factura del IVA”, indica en el pie del documento.

Buceo entonces en la web para solicitar factura. Descubro que en la pestaña ‘Mis pedidos’ puedo pedirla. Incluso hay un vídeo, así, como para torpes. No obstante, sorpresa.

“Dependiendo del tipo de pedido, tendrás dos opciones:

Si la copia de la factura de IVA está disponible para tu pedido, verás la opción Imprimir factura de IVA a la derecha de la pantalla.

Si la copia de la factura de IVA no está disponible, solo aparecerá la opción Imprimir recibo de compra”.

De acuerdo, pulso el botón ‘¿Necesitas imprimir una factura?’ y, de nuevo, me remite a… ¡un recibo sin IVA!

Busco un teléfono de atención al cliente. Llamo. Explico. Quiero una fac-tu-ra de mi compra. Un teleoperador me pasa con otro teleoperador. Espero cinco minutos. Explico. Quiero… Me pasan con otro teleoperador.

Cuando hablo, finalmente, con mi último interlocutor, me dice que “investigará mi solicitud”, y que esta petición la tiene que consultar con “un departamento especial”. Me mantengo otros cinco minutos esperando.

¿Cuántos consumidores tendrán tanta paciencia para reclamar su factura a Amazon y perder la mañana? Dudo que existan muchos. Me siento un extraterrestre. Pero mantengo una conversación cordial con el teleoperador de ese “departamento especial”.

“¿No puedo obtener mi factura vía web?”, pregunto. “No”, me dice. “¿Ni por mail?”, insisto. “No”, replica el empleado de Amazon. Y aquí es cuando logró una respuesta final.

Me piden mis datos, NIF, nombre, dirección, etc. Me dicen que tendré mi factura en un plazo máximo de… ¡dos semanas!; y que me la enviarán por “correo postal”.

¿Dos semanas? Me sorprendo de que la empresa adalid del comercio electrónico quiera remitirme una factura mediante correo tradicional.

“Sí, también se la podemos enviar inmediatamente por fax”, añade. ¿Fax? ¿Quién tiene fax? Bromeo y les digo que la última vez que vi uno fue en los años 90. Silencio dramático al otro lado del teléfono.

Después de 15 minutos, logró que Amazon.es me prometa una factura. Es seguro que me la remitirá desde Luxemburgo. Allí, el IVA no es como en España. Allí, el IVA es del 3% para libros y para e-books (15% para el resto), frente al tipo impositivo del 21% español.

¿Ello redunda en productos más baratos para el consumidor? Pues no. Por ejemplo, la compra que he hecho de ‘Rayuela’ vale 3,79 euros, con IVA incluido.

El caso de los e-books es un caso especial, pero descriptivo. Amazon gana más dinero desde Luxemburgo.

En España, existe la ley del precio fijo para los libros. Es decir, los editores determinan un importe de venta con IVA incluido para cada título. Sin embargo, como el IVA en nuestro país es del 21% y Amazon aplica el 3% de Luxemburgo, pues la tienda online se queda como beneficio el 18% restante. Ni el editor ni el escritor ve un céntimo de ese porcentaje.

Por cierto, sigo esperando mi factura de Rayuela, por correo postal, con IVA y base imponible y matasellos del Gran Ducado de Luxemburgo.