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UNOS ECOSISTEMAS ÚNICOS

Turberas: ¿aliados contra el cambio climático o bombas de relojería?

Las grandes extensiones pantanosas del norte son regiones remotas, bastante desconocidas que no veremos en ningún documental. Sin embargo en ellas puede estar una de las claves para mantener bajo control los gases de efecto invernadero.

Musgo de turbera

Rafael Medina Musgo de turbera

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Rafael Medina | @copepodo | Madrid
| 30.06.2014 08:55

Cuando pensamos en paisajes representativos de la Tierra nos pueden venir a la mente bosques, océanos, praderas o desiertos. Quizá nos olvidemos de que las regiones más septentrionales de Eurasia y Norteamérica se encuentran inmensas extensiones de ecosistemas boreales que pese a ser bastante monótonas (kilómetros y kilómetros de uniformidad) tienen un impacto muy importante a escala global.

Por ejemplo, la llegada del verano a los bosques de la taiga de estas regiones se refleja en un incremento sensible a nivel planetario de la fotosíntesis, mientras que con la extensión de las nieves a la llegada del invierno en el hemisferio norte, toda esa actividad se reduce o se detiene por completo hasta el año siguiente.

Aunque el mismo proceso se vive en las altas latitudes del hemisferio sur, allí la masa continental es mucho menor, por lo que la forma en la que están dispuestos los continentes determina este ritmo asimétrico a lo largo del año. Hay quien describe este fenómeno como la “respiración del planeta”, que podemos ver reflejada en esta animación:

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Este caso nos sirve como ejemplo para mostrar el papel que pueden tener esas grandes extensiones boreales y su impacto global. Compartiendo latitudes con la taiga encontramos también otro tipo de ecosistema cuya relevancia pocas veces tenemos en cuenta: las turberas.

Reciben este nombre ciertos humedales de agua dulce permanentemente encharcados en los que la materia orgánica se acumula a un ritmo mayor del de su descomposición. Muy frecuentemente están asociados con antiguas cuencas glaciares, por lo que, aunque se encuentran en zonas montañosas de regiones más cálidas, incluso en los trópicos, su relevancia es especialmente grande en las grandes extensiones boreales.

Las turberas son ecosistemas únicos debido a ese desajuste en la descomposición de la materia orgánica. El agua de las turberas es muy pobre en oxígeno y puede ser bastante ácida, y son estas características las que ralentizan o impiden la actividad de las bacterias descomponedoras. Las turberas están cubiertas por plantas especializadas en este entorno (como los esfagnos o musgos de turbera) que mantienen de forma activa las condiciones de acidez del agua mediante un intercambio iónico. Son un buen ejemplo de especies que “moldean” ellas mismas su propio ecosistema, impidiendo que lo colonicen otras plantas distintas.

Básicamente, la materia orgánica que acaba en una turbera se quedará allí, si nada lo impide, durante milenios. Como la descomposición no tiene lugar suficientemente rápido, las plantas de la turbera continuarán creciendo lentamente por encima del nivel actual, dejando enterrados toda la materia orgánica producida por la turbera o que haya caído sobre ella. Esto tiene varias consecuencias muy importantes.

Una de ellas es que a lo largo de los milenios, una enorme cantidad de materia orgánica se va acumulando bajo la turbera, compactándose y mineralizándose (pero sin perder el carbono orgánico, que no se ha descompuesto). Esta materia orgánica se ha usado como combustible: precisamente es conocida como turba, que da nombre al paisaje. La turba es el primer estado del carbón mineral, mucho menos eficiente que otras formas de carbón como el lignito o la antracita, pero que ha sido ampliamente utilizado por las poblaciones humanas que vivían cerca de las turberas.

Turba usada como combustible

Desde el punto de vista científico, las turberas representan unas fuentes de información de valor incalculable, pues en ellas todo tipo de restos orgánicos se han acumulado a lo largo de los siglos de forma perfectamente ordenada (los restos más antiguos en las capas más profundas, y los más recientes en las más superficiales). Muchos paleontólogos realizan sondeos en las turberas, extrayendo una columna de turba tan profunda como sea posible, y examinan la composición de cada capa (por ejemplo, buscando granos de polen o restos de madera), y de esta forma son capaces de reconstruir la vegetación y el clima del pasado.

 Sondeo de una turbera en el valle del Tena, mostrando la columna de sedimentos extraída para su estudio

Sin embargo, en lo referente al clima, quizá haya un aspecto aún más relevante relacionado con las turberas que debería llamar nuestra atención. Las turberas son tan extensas en las regiones boreales y han acumulado materia orgánica durante tantos milenios que en la actualidad pueden considerarse uno de los sumideros de carbono más importantes del planeta.

Puesto que no hay descomposición, todo el carbono orgánico que cae en una turbera queda “secuestrado”, evitando que vuelva a la atmósfera en forma de CO2. Por una parte esto es un dato muy interesante a recordar a efectos de gestión del calentamiento global: las turberas son aliadas a la hora de capturar carbono atmosférico, y mantener su buen estado de salud asegurará que sigan comportándose de ese modo.

Sin embargo, esto puede ser un arma de doble filo: todo ese carbono acumulado durante milenios está eficazmente bajo la custodia de las turberas en la medida en la que su vegetación se mantiene viva. La alteración de estos delicados ecosistemas (debido a incendios, drenaje o cambios debidos al propio cambio climático) podría detener los procesos que mantienen el agua ácida y sin oxígeno.

Si eso ocurriera a gran escala, todo ese carbono retenido durante milenios podría descomponerse y regresar a la atmósfera agravando los efectos del cambio climático.

Tanto en un sentido como en el otro, está claro que las turberas deben ser tenidas muy en cuenta en nuestro futuro inmediato.

Turbera en Canadá

 

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