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ES UN VERDADERO FENÓMENO DE LA NATURALEZA

El animal que lleva 40 millones de años sin practicar sexo

Solo existen hembras en su especie. No practican sexo desde hace unos 40 millones de años. Su genoma fue objeto de estudio para determinar cómo habían sobrevivido tanto tiempo. Y, a falta de sexo, se reproducen así.

Rotífera bdelloidea

M. Shribak y I. Arkhipova, MBL. Rotífera bdelloidea ‘Adineta vaga’

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David González Torres | Coveritmedia @dgonzaleztorres | Madrid
| 07.07.2015 13:24

Su hábitat es la humedad. Tejas mojadas, charcos en las grietas, musgos. Se doblan como sanguijuelas o reptan como una simple oruga por esas aguas. Suelen tener formas diversas; las más habituales, la de un escudo o la de una copa de vino. Solo a través de un microscopio podríamos verle los ojos.

El animal en sí se llama rotífera bdeloidea. Henry Baker la bautizó en el siglo XVIII, así, insecto o animal 'con ruedas', porque parece que tuvieran un par de ellas para desplazarse en mundo acuático. Este aspecto evolutivo tiene su razón de ser. Hace más de 40 millones de años que no practica sexo. Y quien domina toda la especie son las hembras, según el primer genoma secuenciado, publicado en Nature.

No hay machos en la especie y, por eso, su manera de reproducirse tiene entusiasmados desde hace dos siglos a los científicos. ¿Cómo lo hacen sin sexo? Se clonan una y otra vez, como algunas babosas, pulgas de agua o caracoles.

No en vano, su vida asexuada haría pensar que la clonación las llevaría a duplicarse, triplicarse o quintuplicarse sin freno, de manera exponencial. Al contrario, porque ello hace que sea plato de gusto de hongos u otros organismos dañinos, parásitos que ejercen una especie de función de control de natalidad.

“Los experimentos científicos muestran lo que les sucede a las rotíferas cuando se les permite proliferar: acaban acosadas por agentes infecciosos. La magia, sin embargo, es que siguen entre nosotros. Sobreviven tras millones de años”, escribe Jules Howard en su ensayo ‘Sexo en la Tierra’ (Blackie Books).

Esta amenaza es lo que las mata; pero también lo que las mantiene vivos y en permanente evolución. Cuando se secan las charcas o la humedad en la que habitan, las rotíferos se deshidratan para sobrevivir a los parásitos, pero también para preparar su mutación.

Es allí cuando roban otro ADN –transferencia genética horizontal-. Cuando regresan las lluvias, su rehidratación los resucita y las hembras se dividen en otras hembras.

Son como un zombi, un metazoo zombi y volador, que, además, espera una racha de viento para colonizar nuevos territorios, lejos de sus enemigos; y, por el camino, durante millones de años, se han apropiado de ADN de otras bacterias o vegetales (de lo que tocan, respiran o comen) para crear más de 460 linajes.

“No está mal lo que han conseguido. Ni persiguen a sus parejas, ni establecen relaciones de dominación y sumisión. Ni tienen problemas. Van donde los lleva el viento. Viven de gira, Son el Bob Dylan del reino animal”, añade Howard en su libro.

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