Un supervolcán es un tipo de volcán con una cámara magmática inusualmente grande. En términos geológicos, se caracterizan por tener un índice de explosividad volcánica (VEI, por sus siglas en inglés) de ocho, el valor más alto de la escala. Esto significa que, en una sola erupción, pueden llegar a expulsar más de 1000 kilómetros cúbicos de materiales.

Aunque hoy en día existen un buen puñado de estos gigantes magmáticos, hace miles de años que no presentan una actividad intensa. No obstante, si alguno de los más grandes entrase en erupción, las consecuencias podrían ser catastróficas para los habitantes del planeta.

Para conocer los posibles efectos solo tenemos que mirar al pasado. Hace unos 200 millones de años (entre los periodos Triásico y Jurásico), un supervolcán entró en erupción con tal fuerza que provocó la desaparición del 75% de las especies de la Tierra. Y no solo eso. El brutal estallido causó la separación de Norteamérica y África y la formación del océano Atlántico entre ambos continentes.

Las erupciones, que se sucedieron durante 600.000 años, ocurrieron en la bautizada como provincia magmática del Atlántico central (CAMP). Se trata de la mayor provincia ígnea conocida y estaba compuesta, principalmente, por basalto. Se extendía a lo largo de 11 millones de kilómetros cuadrados en Pangea, desde Brasil hasta Francia, África y Norteamérica.

Acumulaciones de basalto en Marruecos relacionadas con la provincia magmática del Atlántico central | Marzoli I Wikimedia Commons I Dominio Público

Pero las consecuencias más devastadoras del fenómeno no se debieron a la lava ni tampoco a la interminable lluvia de cenizas que tiznó el terreno. El verdadero problema para el medio ambiente a nivel planetario fue la ingente cantidad de gases expulsada por esta formación natural.

Entre otros, los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera aumentaron hasta límites intolerables para los seres vivos. Pocos organismos pudieron sobrevivir y recobrar el equilibrio tras el apocalipsis (que, curiosamente, vino seguido por la aparición de los dinosaurios).

Por qué pasan desapercibidos

Los supervolcanes se forman cuando el magma del manto asciende hasta la corteza, pero es incapaz de romper esta rígida capa de la Tierra. Se origina así una creciente acumulación del material que ejerce una presión cada vez mayor sobre la corteza. Cuando esta no puede soportarla más, se produce las violentas erupciones.

Estos fenómenos geológicos pueden darse en los denominados puntos calientes (zonas de alta actividad volcánica), como la Caldera de Yellowstone (EE. UU.), o en áreas de subducción (donde una placa tectónica se desliza bajo otra). Un ejemplo de este último caso es el de un supervolcán situado en el lago Toba (Indonesia).

Aunque no se ha establecido oficialmente una fuerza mínima para clasificar a los supervolcanes, se han identificado, al menos, dos tipos que merecen tal nombre: las ya mencionadas provincias ígneas y las erupciones masivas. Ambas son capaces de cubrir grandes áreas con lava y cenizas volcánica y llegar a provocar un cambio climático, incluso, una pequeña glaciación.

La catástrofe más reciente de este tipo fue la erupción del volcán Oruanui, uno de los muchos presentes en la zona volcánica de Taupo (Nueva Zelanda). Se produjo hace unos 26.500 años y es considerada la mayor erupción volcánica conocida en los últimos 70.000 años, con un VEI de 8.

La gran cantidad de material expulsado cubrió gran parte de la región conocida como isla Norte con una capa de roca de hasta 200 metros de espesor. Además, casi toda Nueva Zelanda se vio afectada por la intensa lluvia de cenizas generada por la explosión.