Michael Jordan tiene unos cuantos títulos en su haber. Es, por ejemplo, el jugador de la NBA con más títulos de máximo anotador. Fue seis veces campeón de la liga americana y jugó 14 veces en el All-Star. Hay quien le considera el mejor atleta del siglo XX, y méritos no le faltan, desde luego.

Lo que quizá no sea tan conocido es que Jordan, además, revolucionó la moda deportiva. En sus años al frente de los Chicago Bulls, el jugador decidió vestir unos shorts más largos de lo normal. Por qué nadie le llamó al orden es un misterio. Quizá simplemente era demasiado bueno y, en fin, ¿para qué montar un escándalo por unos calzones?

Fuera como fuese, el hecho es que Jordan marcó tendencia y todos los jugadores acabaron copiando sus calzones, que hoy son el estándar en la NBA.

Pero lo cierto es que Jordan no estaba interesado en la moda deportiva. Si vestía aquellos pantalones tan largos era por pura necesidad. Y es que el genial baloncestista llevaba otros shorts debajo: los de la Universidad de Carolina del Norte, su primer equipo. Eran sus pantalones de la buena suerte.

No es, por supuesto, el único caso de un deportista fuera de serie con supersticiones absurdas. Hay quien asegura que todos los grandes tiene, al menos, una superstición. Si no la hacen pública es quizá por pudor o quizá simplemente para no gafarla.

¿Pero son los deportistas más supersticiosos que el común de los mortales?

"No, no hay ninguna persona que carezca de ilusiones de causalidad, de sesgos cognitivos, de supersticiones". Lo dice Helena Matute, responsable del Laboratorio de Psicología Experimental de la Universidad de Deusto.

"En algún momento, todos tenemos esa sensación de que algo nos está funcionando cuando en realidad no es verdad. Es como las ilusiones ópticas: no por saber que existen dejaremos de tenerlas. Pero, de la misma manera que nos sabemos incapaces de medir a ojo el tamaño de un piso, deberíamos saber que tampoco estamos capacitados para medir a ojo cuándo un remedio nos está funcionando y cuándo no".

En pleno siglo XXI, muchos aviones siguen careciendo de fila 13 y algunos hoteles pasan de la planta 12 a la 14, omitiendo el número del mal fario. Ésta, a diferencia de la de Jordan, es una superstición cultural, transmitida a lo largo de generaciones.

Y, sin embargo, no hay diferencia alguna entre la fe en los calzones de la Universidad de Carolina del Norte y el miedo a los gatos negros o a romper un espejo o a pasar bajo una escalera. Al menos desde un punto de vista psicológico.

Pero, ¿por qué somos supersticiosos? ¿Por qué cae nuestro cerebro en estas ilusiones de causalidad?

"Digamos que estamos hechos para buscar causas", dice Matute. "Y normalmente lo hacemos muy bien, pero a menudo nos pasamos de listos y detectamos más causas de las que realmente existen. Es uno de esos sesgos cognitivos que todos tenemos, errores que cometemos debido a la configuración de nuestro software mental. En este caso, el sesgo produce una ilusión de causa-efecto o una ilusión de control".

La ilusión de control es un error de apreciación de nuestra mente por el cual nos creemos capaces de influir en situaciones sobre las que, en realidad, no tenemos control alguno.

Estos fallos se producen en todos los ámbitos de la vida, pero son particularmente evidentes en el mundo del juego. Hay jugadores que lanzan los dados con determinada mano, que barajan las cartas determinado número de veces o que juegan siempre al mismo número de la lotería. Necesitamos, de algún modo, creer que tenemos algún control sobre el caos.

Pero, ¿de donde procede este error? O, dicho de otro modo, ¿cuándo empezamos a ser supersticiosos? Hay quien considera que siempre lo hemos sido y que, de hecho, la superstición fue una enrome ventaja en el pasado.

"Por supuesto que fue útil", dice Matute, "Y mucho. Piensa en el caso del curandero de la tribu, que administraba remedios sin tener ni idea de cuáles iban a funcionar y cuáles no. A veces había suerte y eso salvaba vidas ¡Había que confiar en él, era la única opción!"

Hoy, sin embargo, la superstición, lejos de resultar beneficiosa para nosotros, representa un peligro. Las pseudociencias, como las llamadas terapias alternativas se basan precisamente en ese sesgo cognitivo, en esa dificultad que tenemos para distinguir correctamente las consecuencias de nuestros actos.

"A mí me ha funcionado", dice alguien que ha mejorado de, por ejemplo, un dolor de espalda tras someterse a una sesión de reiki ¿Pero cómo sabe que ha sido por la terapia? ¿Cómo puede saberlo? ¿Y si su dolor se ha mitigado por el paracetamol que se tomó antes o después? ¿Y si ha sido sencillamente por el reposo?

"Hay quien a día de hoy sigue confiando ciegamente en la intuición del curandero y en los remedios no comprobados", dice Matute. "Pero esa confianza carece hoy de sentido. Es peligrosa incluso, pues la ciencia va corrigiendo poco a poco todos los errores de aquellos curanderos y chamanes, y ofreciendo remedios basados en la evidencia científica."

Michael Jordan, por cierto, acabó quitándose los shorts de la universidad. Y siguió ganando partidos.