Los templos góticos se erigieron durante décadas como centros religiosos y comerciales. Se convirtieron en el centro de la vida de las ciudades desafiando con la altura de sus naves las edificaciones circundantes y precedentes.

Era una época habitualmente denostada por su oscurantismo, debido al punto de vista renacentista que se impuso posteriormente. Pero también fue una época en la que nacieron unos edificios impresionantes que no tenían precedentes previos.

Obviamente no salieron adelante sin muchos problemas, como muchos derrumbes en plena construcción y grandes pérdidas de vidas de los que trabajaban en las obras. En algunas ocasiones se caían las naves (Palma de Mallorca), en otras la cabecera (Saint-Denis) y, en la mayoría de ellas, el crucero (Burgos, Pamplona, Sevilla...)

¿Existían reglas de construcción?

Como no existen testimonios escritos de la época no se puede definir qué método usaban los arquitectos, que permanecen anónimos para nosotros. Muchos se quedan en la explicación reduccionista de que fueron la simple intuición y los sucesivos hundimientos los que sirvieron para corregir los errores.

Dejar edificios con siglos de historia a merced de la “potra” del momento o a una explicación 'darwiniana' (“solo los aptos sobreviven”) no parece algo con lo que nos quedemos satisfechos, ¿verdad?

El arquitecto e investigador Santiago Huerta Hernández aclara un poco este asunto en un artículo. En él afirma que los maestros constructores conocían muchas reglas geométricas y también la esencia de la construcción en fábrica. Tenían constancia de “la adecuada colocación de los pesos, el equilibro de empujes y contrarrestros”, señala en su texto.

Pero vamos a ver cómo “improvisaban” de una manera más gráfica.

La revolución fotoelástica

La fotoelasticidad permite estudiar el comportamiento de una estructura frente a las cargas que tiene que soportar, sin necesidad de analizar el objeto 'in situ'. Con un modelo a escala realizado con plásticos transparentes, una fuente de luz y dos láminas que polaricen esta última es suficiente.

¿Quién iba a decir que una fuente luminosa iba a arrojar luz sobre la estructura de las catedrales? Pues hace treinta años se utilizó esta técnica experimental para analizar la estructura de Notre-Dame de París y los resultados fueron sorprendentes.

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Este montón de franjas de colores que veis se obtienen tras aplicar al modelo pequeño unas cargas proporcionales a las que está sometida la estructura arquitectónica en la realidad.

Las zonas con mayor densidad de franjas son las que soportan más tensión, algo que puede entender cualquiera sin conocimientos técnicos.

El estudio, realizado por Robert Mark y William W. Clark, sugirió que se tuvo que cambiar el método de construcción sobre la marcha por el empuje del viento y otros problemas estructurales. Y es que cuanto más alto se construye, mayor es el riesgo que se caiga el edificio.

Esto último nos puede parecer de cajón pero es algo que los maestros constructores tuvieron que aprender con la práctica para lograr edificios bastante más altos y esbeltos que los románicos.

Entonces en Notre-Dame se sacaron de la manga un nuevo elemento: los arbotantes. Son arcos que descargan sobre un contrafuerte exterior el empuje de las bóvedas.

Si os fijáis en la imagen superior son los arcos de ambos extremos los que soportan más carga... justo los que no tenían pensado colocar al principio de la construcción.

Además, entre cada arbotante pudieron abrir grandes ventanales y colocar las vidrieras de colores que tanto nos impresionan al dejar pasar la luz del sol. Pensad en las de León, que son una auténtica joya.

Al final resulta que en el Medievo eran bastante más apañados de lo que nos suelen enseñar.