En un solo milímetro cúbico de cerebro hay más de 50.000 neuronas y centenares de millones de conexiones sinápticas. El cálculo total más aproximado establece en 100.000.000.000 (10^11) el número total de neuronas incluyendo cerebro, córtex y encéfalo.

Es una cifra que nos permite desarrollar aproximadamente una capacidad de memoria de 500 petabytes y la posibilidad de procesar un exaflop de datos. A día de hoy ningún supercomputador es capaz de procesar esa cantidad de datos

Cuando un ictus o accidente cerebrovascular deja sin oxígeno a una parte de este entramado neuronal millonario, la zona muere por isquemia y destroza millones de conexiones cerebrales. Si sobrevive al episodio, el cerebro intenta adaptarse y buscar nuevos atajos entre las conexiones supervivientes provocando cambios, muertes y olvidos irreversibles.

Es quiere decir que las consecuencias en el carácter, comportamiento y capacidades cognitivas del individuo son absolutamente imprevisibles, más allá de detectar y localizar la zona del cerebro donde se ha producido la matanza. Estas son algunos casos sorprendentes de cambios en pacientes que han sobrevivido al ictus.

Mr. Happy, el hombre que no puede dejar de sonreir

Malcolm Myatt, un camionero británico de 70 años, sufrió en 2004 un ictus que le afectó a la sensibilidad de la parte izquierda de su cuerpo. La isquemia se produjo en su lóbulo frontal, el encargado de controlar las emociones. Desde entonces es incapaz de sentir tristeza y una inmensa mueca preside su rostro.

Pero no todo es tan simpático. No solo ha perdido la tristeza, también ha ganado graves problemas de memoria a corto plazo. Olvida cosas que ha hecho en el mismo día. Pero Malcolm ha convertido su principal secuela en una ventaja para intentar superar su enfermedad: no deprimirse le ayuda.

Malcolm tuvo suerte. Los pacientes que sufren una isquemia en esta zona del cerebro suelen perder la capacidad de detectar la emociones también en otras personas. Pierden la empatía, toda sensibilidad emocional y suelen ser absolutamente apáticos.

Malcolm Myatt junto a su mujer

Isabel, la mujer que olvidó el catalán

El 28 Febrero de 2004 Isabel Palomeque, una joven enfermera de 24 años, sufrió un ictus mientras cenaba en casa de unos amigos, también sanitarios. Su cara se destensó, empezó a balbucear y la parte derecha de su cuerpo dejó de responder. Inmediatamente entró en una fase de oscuridad -coma- que duraría 14 días y 14 noches. Había sufrido una hemorragia masiva debido a una malformación congénita de algunos vasos sanguíneos de su cerebro.

Isabel se despertó en el hospital con mucho frío, sin pelo, pesando solo 40 kilogramos y la angustia de no poder ni comunicarse ni moverse. Su rehabilitación acababa de empezar.

Según cuenta en su libro, ‘Alta sensibilidad’, cuando despertó sólo podía decir cuatro palabras: ‘estoy’, ‘sinceramente’, ‘fish’ y ‘clapping’. Su principal síntoma era una afasia severa o pérdida de capacidad del habla. Perder la conexión total entre pensamiento y habla es de hecho la principal angustia de los que han podido superar el ictus.

En tres meses consiguió dejar la silla de ruedas y los ataques epilépticos para así poder volver al ‘colegio’ a leer y escribir. Isabel pasó por el Instituto Guttmann, un hospital especializado en el tratamiento de personas con daño cerebral, donde iniciaría la larga rehabilitación.

Le sigue costando mucho leer y escribir. Una de las secuelas de la afasia de Isabel fue perder su capacidad de expresarse en catalán, no así en castellano. Puede leer y comprender el idioma pero no puede hablarlo. Tampoco el inglés que sabía. Los expertos confirman que no es una secuela extraña, sobre todo si el idioma aprendido después de la primera infancia y las conexiones sinápticas de la memoria son más débiles.

El ingeniero que se convirtió en artista

Ken Walters era un ingeniero inglés de éxito hasta que en 1986 una escavadora le partió la columna vertebral en un accidente de obra. Las secuelas del accidente le tuvieron de visitas hospitalarias durante casi una década. Una de ellas fue el accidente cerebrovascular de 2005, probablemente debido a todos los medicamentos que tomaba contra su colección de trastornos y dolores.

Durante aquel ingreso, con medio cuerpo paralizado, el señor Walters se despertaba cada madrugada para dibujar entre los papeles que usaba para comunicarse garabatos y dibujos abstractos. Nunca antes había mostrado ninguna pericia en ello ni interés especial por el arte. Desde entonces ha desarrollado un nuevo instinto artístico que cultiva como terapia en su calvario… y como profesión.

Ahora es artista y diseñador profesional, trabaja para IBM, Java y otras grandes compañías a quien vende sus diseños e infografías 3D.

Según los médicos muchas veces los cerebros accidentados se reprograman para evitar la zona dañada, nuevos atajos que rodean la zona muerta y crean nuevas conexiones que estimulan pequeñas habilidades nuevas que antes no existían.

Un estudio de la Universidad de Lund y el Instituto Karolinska de Suecia comprobó (al menos en ratones) que los astrocitos empiezan a crear nuevas neuronas en la parte lesionada del cerebro.

Confusión mental. Una de las obras de KenWalters

Cuando la sintonía de 'James Bond' te produce desmesurada euforia

Los accidentes cerebrovasculares producidos en el tálamo pueden desencadenar interferencias cognitivas como la sinestesia. La percepción del mundo se distorsiona al mezclarse los sentidos dañados. Se oyen colores y se ven sonidos. Todo ello desde la perspectiva del enfermo.

Un paciente de 45 años del Hospital St. Michael de Toronto sufrió un ictus que le condujo a la sinestesia tan solo nueve meses después. El paciente, anónimo, sufría episodios de euforia histérica cada vez que escuchaba el sonido de instrumentos agudos (de latón o metálicos) como los que se oyen en la sintonía de 'James Bond'. A la vez su cerebro interpretaba el sonido como destellos azules periféricos: sufría alucinaciones visuales al escuchar la banda sonora.

El paciente fue sometido a un experimento por el neurocientífico Dr. Tom Schweizer junto con un grupo de control. Al examinar la actividad cerebral con imagen de resonancia magnética funcional detectaron que el cerebro del sinestésico se activaba en las zonas referidas a la navegación espacial, la memoria, el procesamiento visual y el auditivo. En es resto del grupo se activaron sólo las zonas referidas a la corteza auditiva.