Los humanos tomamos aire para respirar entre 17.280 y 23.040 veces al día. Aunque no siempre lo hacemos de la misma manera: podemos inhalar profundamente, hacerlo por la nariz o por la boca. Y algo parecido ocurre cuando exhalamos.

Si bien es un acto involuntario al que, en general, no le prestamos demasiada atención, la respiración tiene variados e importantes efectos en nuestro cuerpo. Basta con pensar en la desagradable sensación de ahogo, incomodidad e incluso ansiedad que sentimos cuando no podemos respirar bien debido a un catarro o una alergia.

Las fosas nasales contribuyen a filtrar, humidificar y calentar el aire, preparándolo para su viaje a los pulmones. Pero los beneficios de inhalar por la nariz van mucho más allá: provoca la liberación de diferentes hormonas, cambia el ritmo del latido del corazón e, incluso, afecta al almacenamiento de recuerdos.

Una nariz inteligente

El volumen de aire que circula en un solo sentido por las fosas nasales es de entre 6 y 8 litros por minuto, aunque puede llegar a los 60 litros. Tanto las estructuras de la nariz (como la válvula nasal) como los tejidos con capacidad eréctil que presenta se encargan de regular este flujo de aire.

Además, los estímulos nerviosos, posturales e incluso hormonales influyen en el ciclo respiratorio nasal, que se caracteriza por la congestión y descongestión alterna de las cornetas nasales y las zonas eréctiles del tabique. Esto se traduce en que siempre hay una fosa nasal que respira y otra que descansa.

Aunque todavía se desconoce el mecanismo exacto de regulación de este curioso fenómeno en el cerebro, se cree que, entre otras cosas, contribuye a mantener el equilibrio en el organismo.

Cuando respiramos por la fosa derecha, la circulación se acelera, aumenta la temperatura corporal, la glucosa en sangre y los niveles de cortisol (la hormona del estrés) y aumenta la presión sanguínea. Sin embargo, cuando lo hacemos por la fosa izquierda, se da el efecto contrario: baja la presión sanguínea, la temperatura se reduce y disminuye la ansiedad. Nada de esto puede suceder si respiramos por la boca.

Cuando estamos congestionados, no obtenemos los beneficios de respirar por la nariz | Andrea Piacquadio para Pexels

El efecto relajante de una exhalación

Así, durante la fase de inhalación, el sistema nervioso simpático provoca en general una ligera aceleración del ritmo cardíaco. Por el contrario, cuando expulsamos el aire de los pulmones, estimulamos el nervio vago, que a su vez contribuye a la liberación de un neurotransmisor que causa la desaceleración de los latidos a través del sistema nervioso parasimpático.

Cuando exhalamos, todo el cuerpo se calma. De ahí que funcionen los métodos de relajación basados en la respiración. Además, cuando tomamos una respiración profunda, el diafragma desciende y provoca un abundante influjo de sangre en la caja torácica. Cuando expulsamos el aire, este gran volumen de sangre se distribuye por el resto del organismo.

Varios estudios han demostrado la capacidad de las respiraciones lentas y profundas para disminuir los niveles de estrés y mejorar la capacidad de tomar decisiones. Además, el ritmo con el que tomamos y liberamos el aire altera la actividad de ciertas áreas del cerebro.

Cuando inhalamos, se estimulan neuronas del córtex olfativo, la amígdala y el hipocampo, implicados en el procesamiento de las emociones, los recuerdos y los olores. El miedo o el estrés, que aumentan el ritmo de la respiración y hacen que empleemos más tiempo tomando aire, podrían inducir una respuesta más rápida en el cerebro ante un posible peligro.

Como vemos, respirar es mucho más que introducir y expulsar el aire de los pulmones. Aunque el cuerpo no necesite ayuda para realizar esta función vital, nuestro organismo y nuestra mente pueden beneficiarse si le prestamos un poco más de atención.