El método científico es el camino más corto y con más garantías entre el hombre, la verdad y el conocimiento del medio. Pero. como también es una obra suya. a veces falla, se manipula en beneficio de sus autores o de grandes lobbys o, simplemente, no se cumplen sus principios. Es entonces cuando todo se vuelve en contra de la ciencia y de la credibilidad del método.

No hay nada peor para un científico que el ser traicionado por otro como él para conseguir una financiación o el honor de una portada en Nature. A continuación, cinco estudios que hicieron todo lo posible por manipular la norma en su beneficio. Las consecuencias todavía las estamos sufriendo.

La homeopatía de Jennifer Jacobs

En 1993 la doctora Jennifer Jacobs inicia una serie de trabajos [1] [2] sobre homeopatía y sus beneficios para la diarrea aguda infantil. Sus 10 estudios publicados siempre versan sobre el mismo tema y siempre concluyen que la homeopatía es superior al placebo.

Su primer estudio se realiza en Nicaragua con una muestra relativamente pequeña y se publica en una revista médica alternativa. No tiene mucho impacto. Los siguientes estudios (de la misma autora) iban creciendo en muestra y apoyándose en los anteriores para darse credibilidad. Los estudios se basaban siempre en el mismo tipo de ensayo diseñado por la autora con tratamientos homeopáticos.

El problema fue cuando la doctora Jacobs publicó un metanálisis (conjunto de estudios) basados siempre en sus anteriores publicaciones y financiado por Boiron que sí tuvo la repercusión necesaria para convertirse en la biblia científica de todo defensor de la homeopatía. Hasta hoy.

Varios científicos y médicos han publicado en revistas, esta vez de prestigio, análisis y contraestudios que desmontan el procedimiento analítico de Jacobs. El sistema experimental utilizado por la doctora tenía fallas en el método, en el diagnóstico, en el tratamiento de selección, en la interpretación de los resultados, y en los comentarios editoriales de los autores. En definitiva, no seguía el método científico de manera rigurosa aunque sirviera datos y resultados que lo pareciesen y estuvieran arbitrados.

Un fraude de Nobel

En 1986 la bióloga brasileña y profesora de patología Thereza Imanishi-Kari publicó en la revista Cell junto con el premio Nobel de Medicina de 1975 David Baltimore un artículo científico sobre inmunología.

Según este estudio, se podía alterar el sistema inmunológico de un ratón con un gen para que el animal produjera anticuerpos para un determinado virus o bacteria. Todo un pelotazo científico apadrinado por un Nobel que sugería que el sistema inmunológico humano también podría ‘modelarse’ genéticamente para protegerse de las infecciones.

El problema del pomposo estudio surgió cuando una becaria de su mismo laboratorio llamada Margot O’Toole intentó reproducir el experimento y fue incapaz de conseguir los mismos datos de David y Thereza. Comenzó entonces la lucha entre David y Goliat (con los personajes cambiados) y todo el aparato mediático del Nobel hasta que la pobre becaria y sus  ‘ingenuidades’ claudicaron y acabó abandonando por un puesto de telefonista.

El rumbo cambió cuando la Oficina de Integridad Científica dio la razón con un artículo a las tesis de O'Toole y el caso llevó a declarar a Baltimore al mismísimo Congreso de los Estados Unidos. Al final, curiosamente, fue la patóloga Imanishi-Kari la declarada culpable del fraude científico, y aunque la reputación de Baltimore se vio empañada, en una apelación de 1996 se determinó que el estudio de la pareja no contenía datos fraudulentos aunque sí errores ya reconocidos por ambos.

El SIDA y sus patentes

Uno de los mayores problemas de las investigaciones o estudios sospechosos es que se generan argumentos para los detractores de las teorías implicadas. El caso más llamativo de la historia de la medicina es la implicación de Robert Gallo en lo que ha trascendido, erróneamente, como 'el Fraude del SIDA'.

El científico estadounidense fue acusado de perjurio y fraude en la patente de la prueba que servía para detectar el virus de la inmunodeficiencia humana y de utilizar muestras contaminadas y del laboratorio de su principal competidor. En una carrera por llevarse todos los honores del descubrimiento y así empañar los logros del francés Luc Montagnier, el científico norteamericano hizo también declaraciones falsas en la solicitud de patente para la prueba de SIDA.

Al final, el Nobel por el descubrimiento del virus de inmunodeficiencia humana se lo llevó Montagnier en 2008, en un claro reconocimiento a su trabajo y en detrimento del de Gallo.

La historia que ha trascendido para los negacionistas es que el descubrimiento del virus fue un fraude. Que el VIH no causa el SIDA y que su descubrimiento se basa en una investigación fraudulenta llena de irregularidades. Desgraciadamente en esto último tienen razón.

Ser el primero a toda costa

En marzo de 2004, el equipo científico del veterinario surcoreano Hwang Woo-Suk anunciaba a bombo y platillo que en sus laboratorios habían conseguido clonar un embrión humano. Había nacido un nuevo héroe mundial, avalado por la prestigiosa revista que publicó los estudios: Science. Los surcoreanos se adelantaban así en la carrera mediática científica más importante desde que el hombre pisó la luna.

Poco después de tan asombroso descubrimiento el mismo equipo presentó a “Snuppy”, el primer perro clonado de la historia. Los fondos privados y públicos llovieron para el laboratorio del señor Hwang.

En diciembre de 2005 saltó la liebre. El director del Hospital Mizmedi de Seúl, Roh Sung-il declaró tener evidencias de que las células madre del estudio de Hwang eran falsas. Ante el revuelo causado por la polémica el primer ministro tuvo que organizar un comité científico investigador para aclarar el asunto.

Éste encontraría serias deficiencias, pruebas simuladas y datos fraudulentos en los trabajos de Hwang. Las evidencias más graves eran que el ADN de las células madre no corresponden con el del paciente donante declarado en el estudio.

La inteligencia de Sir Cyril Burt

Durante mucho tiempo se creyó que el cociente intelectual se heredaba, pasando de una generación a la siguiente. Todo, gracias a los trabajos del psicólogo inglés Cyril Burt

El reputado científico aseguraba no sólo que la inteligencia es hereditaria, sino que el desarrollo o los condicionantes del entorno de crecimiento tiene muy poco que ver con ella.

El científico, galardonado con el título de Sir por todo su trabajo, logró encontrar hasta 53 parejas de gemelos monovitelinos para demostrar su teoría. Todos estos gemelos se desarrollaron y crecieron por separado pero tenían exactamente el mismo cociente intelectual tras pasar las pruebas de Burt. Nadie se atrevió a refutar su trabajo porque era imposible encontrar o competir con un grupo de control de ese tamaño

No fue hasta después de su muerte en 1971 cuando se detectó el fraude. Otro psicólogo británico llamado Leslie Hearnshaw descubrió, al revisar la correspondencia de Burt, la autoconfesión de sus fraudes. Había manipulado las cifras de los test realizados a las parejas de gemelos. Nada de extrañar en un científico que decía tener pruebas irrefutables de que los hombres eran más inteligentes que las mujeres o que los protestantes más que los judíos.