El cerebro supone solo el 2% del peso corporal de las personas. Sin embargo, este porcentaje no se corresponde con su papel en el funcionamiento del organismo.

A veces actúa desde la sombra, pero con su batuta química, el encéfalo dirige la inmensa mayoría de procesos que nos mantienen vivos (la digestión, el movimiento, etc.), además de aquellos que nos caracterizan como seres humanos (el habla, el razonamiento, etc.).

Con tanta actividad, es lógico pensar que el cerebro pueda llegar al agotamiento. Las sensaciones que tenemos entonces son muy distintas a las que notamos cuando la fatiga es muscular, pero también indican claramente que algo no anda bien. ¿Quién no ha sentido alguna vez que está mentalmente cansado, que no puede focalizar ni concentrarse?

Combustible y mucha química

La composición del cerebro no se parece a la muscular. Su estructura está formada por neuronas, células especializadas en transmitir información a través de mensajeros químicos y señales eléctricas. Sin embargo, aunque no es un músculo, el cerebro también necesita energía.

Cuando estamos en reposo, el encéfalo puede consumir entre el 20 y el 25% de la energía total que necesita el cuerpo de un adulto para funcionar (alrededor de 350 o 450 calorías). En los niños, el porcentaje es aún mayor: puede superar el 60%. Esto lo convierte en el órgano más energéticamente exigente del organismo.

Su principal combustible es la glucosa, que convierte en una compleja molécula orgánica (el ATP) que las células transforman en energía. El problema viene cuando el cerebro consume toda la glucosa disponible para él. Entonces disminuye también la acción de la dopamina, el neurotransmisor responsable de la motivación y la atención.

Como demostraba un estudio publicado en el 2018, si bien no se cansa como los músculos, cuando el cerebro trabaja mucho puede agotarse químicamente. De esta manera, perderemos la voluntad y el ánimo para continuar con nuestras ocupaciones.

El consumo de energía del encéfalo humano con relación al resto del cuerpo ronda el 20% | Tumisu I Pixabay

¿Consumimos más energía si pensamos mucho?

El cerebro está diseñado para automatizar las tareas, ya que necesita invertir gran cantidad de energía al enfrentarse a situaciones nuevas o información desconocida. Por eso, en cuanto puede, abandona las conocidas como funciones ejecutivas (necesarias para tomar decisiones y solucionar problemas) y pone el modo automático.

Por ejemplo, aprender a tocar un instrumento o idear un movimiento maestro en ajedrez va a requerir un mayor esfuerzo mental que aquellas rutinas que llevamos a cabo diariamente. Sin embargo, no tiene por qué ser la causa de la fatiga.

En realidad, la energía que consume el cerebro para lidiar con las situaciones nuevas o para aprender una tarea es muy pequeña en comparación con la que utiliza globalmente para llevar a cabo sus múltiples funciones en el organismo. No hay que olvidar que este órgano permanece activo incluso mientras dormimos.

Cada neurona está conectada a otras 100.000 de su clase formando una red. Cuando el cerebro está agotado, disminuye el flujo de sangre y la actividad eléctrica en esta estructura. Para reanimarlo, sin embargo, no basta con comer algo o beber café. Tomar alimentos o estimulantes puede ayudar, pero la actividad celular es más compleja.

Para que la glucosa sea utilizada eficientemente por las células, tienen que cumplirse varias condiciones y pasos, de forma que la interrupción o mal funcionamiento en cualquiera de ellos puede interrumpir el proceso e impedir que las neuronas reciban o transformen correctamente el combustible.

Por otro lado, el estrés desempeña un papel fundamental en la sensación de fatiga cerebral, ya que provoca un aumento de los niveles de cortisol, una hormona que, si se presenta en exceso, puede influir en nuestra capacidad para concentrarnos y en la memoria.

Aunque los científicos todavía no han conseguido desentrañar por completo el funcionamiento del cerebro ni las causas y soluciones del agotamiento mental, descansar lo suficiente, llevar una dieta adecuada y evitar el estrés y la sobrecarga de trabajo pueden evitar que nos sintamos mentalmente exhaustos.

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