Han pasado casi 50 años desde que el hombre pisara por primera vez la Luna, pero las instituciones espaciales más destacadas del mundo no quieren posponer demasiado una nueva visita. Esta vez más duradera y fructífera que las protagonizadas por los tripulantes de las misiones Apolo a finales de los 60.

La NASA y las agencias europea (ESA), japonesa (JAXA), canadiense (CSA) y australiana (ASA) han planeado el viaje para dentro de unos cuatro años como parte del programa Artemis. Los principales objetivos de esta iniciativa son enviar una misión tripulada y establecer una base permanente para explorar el polo sur del satélite natural terrestre.

Pero el viaje no será a cualquier precio. Ante la gran proliferación de empresas y otras entidades espaciales de diversos países, la NASA ha lanzado una serie de [[LINK:EXTERNO|||NOFOLLOW|||https://www.nasa.gov/specials/artemis-accords/index.html|||reglas para garantizar un “futuro seguro, pacífico y próspero”]].

Bautizados como acuerdos de Artemis, esta serie de principios, basados en el Tratado sobre el Espacio Exterior de 1967, deben ser ratificados por todos los participantes en el periplo lunar. El objetivo es garantizar que trabajan bajo criterios de paz, transparencia e intercambio de información en las actividades de exploración, científicas y comerciales.

La Luna vista desde la Estación Espacial Internacional | NASA

Una lista de objetos espaciales

Entre otras cosas, los socios internacionales que se sumen al programa deberán compartir los datos científicos públicamente y registrar todos los posibles objetos espaciales de su propiedad para evitar posibles interferencias con esta y otras misiones futuras.

Uno de los requisitos consiste en incluir los artefactos como satélites, sondas, módulos de aterrizaje, vehículos o equipos de investigación en el Registro de Objetos Lanzados al Espacio Exterior de las Naciones Unidos. Una lista que actualmente contiene alrededor del 87% de los objetos construidos por el hombre que hoy circulan por el cosmos.

Al tenerlos controlados de esta forma, tanto los miembros oficiales de las misiones como los aficionados a la astronomía o la caza de estos objetos pueden vigilar su situación y buscarlos si en algún momento se pierde su pista.

Otra norma a cumplir es la protección de los artefactos y sitios con valor histórico. Por ejemplo, las zonas donde se produjeron los primeros aterrizajes en la Luna durante el programa Apolo y los restos que allí dejaron.

Paseo espacial durante la misión Apolo 12 | NASA

Aunque parezca simple, el objetivo de conservar intactas los posibles vestigios de anteriores exploraciones espaciales no es tan sencillo: el satélite natural terrestre alberga ya casi 190.000 kilogramos de restos dejados por el hombre. Una cifra a la que también han contribuido en gran medida las sondas robóticas enviadas durante programa soviético Luna entre 1958 y 1976.

Asimismo, los acuerdos de Artemis incluyen normas para la búsqueda y explotación de recursos espaciales y sobre la gestión de la basura especial. Muchas de ellas son similares a las que aparecen en el Tratado sobre el Espacio Exterior y, básicamente, establecen qué pueden hacer y qué no los países.

Otro punto importante es la asistencia en caso de emergencia, como parte de la responsabilidad civil que rige cualquier programa espacial. Las empresas e instituciones que los firman se comprometen a cumplir con los acuerdos también recogidos en el Tratado sobre el Espacio Exterior sobre el rescate de astronautas, su regreso a la Tierra y la recogida de los objetos desplegados.

Con estas pautas, tanto nuevas como ya establecidas, la NASA busca que la exploración espacial continúe basándose en la cooperación entre países y en la búsqueda del bien de la humanidad en su conjunto.