Desde que la misión Apolo 11 puso a Neil Armstrong y a Buzz Aldrin en suelo lunar, cientos de artículos, libros, documentales y programas de televisión se han empeñado en negarlo. El nagacionismo del alunizaje es una de las teorías conspiratorias más difundidas en la Red, y casi todo el mundo ha oído hablar de ella.

Incluso hay personas que han hecho de ello su fuente de ingresos. Es el caso de Bart Sibrel, un cineasta estadounidense que ha rodado dos documentales sobre el tema ampliamente difundidos en televisiones de todo el mundo: 'A funny thing happened on the way to the Moon' y 'Astronauts gone wild'.

Sin embargo, la mejor película sobre la conspiración lunar es obra de un cineasta franco-tunecino llamado William Karel. En 2002 rodó el documental 'Operación Luna', donde personalidades de la talla de Donld Rumsfeld o Henry Kissinger "desvelaban" que el programa Apolo fue una gran farsa, y que fue Stanley Kubrick quien rodó las películas lunares. Incluso la viuda del genial cineasta admitía la estafa y contaba la tensión que pasó su marido los días previos al rodaje. Por supuesto, todo era una broma. 'Operación Luna' es un estupendo falso documental ('mockumentary') producido por Canal ARTE que mucha gente sigue tomándose en serio.

Si bien las teorías de la conspiración nunca desaparecerán (porque siempre habrá gente demasiado aburrida o demasiado imaginativa), hay pruebas suficientes como para aceptar que Armstrong y Aldrin sí caminaron por la Luna el 21 de julio de 1969. Aquí tienes las cinco principales:

1. El reflector

No solo la bandera quedó en la Luna tras la marcha de Armstrong y Aldin. También dejaron tras de sí un sismógrafo y un reflector láser. Este último es, de hecho, una de las pruebas más contundentes del alunizaje del Apolo 11.

El LR-3, que así se llama, se utiliza aun hoy en día para medir la distancia exacta de la Tierra a la Luna. El reflector fue diseñado por la NASA de tal manera que reflejase la luz en la misma dirección de la que procede. Basta, por tanto, con lanzar un rayo láser desde un telecopio y contar el tiempo que tarda en regresar a la fuente para calcular la distancia entre los dos cuerpos celestes. El sistema es muy simple pero extraordinariamente sencillo: su margen de error es de solo 3 centímetros (y estamos hablando de una distancia de unos 385.000 kilómetros).

Si decides comprarte un supertelescopio y quieres buscar el espejo por tus medios solo tienes que apuntar a las siguientes coordenadas lunares: 0,67337º N, - 23,47293º E.

2. Las rocas

Los astronautas del Apolo 11 volvieron sin extraterrestres pero, a cambio, se trajeron rocas. Un montón. 22 kilos en total.

¿Pero acaso esas rocas no pudieron ser recogidas en un monte terrestre cualquiera? Pues no, porque resulta que son mucho más antiguas que ese monte. De hecho, la roca lunar más reciente es más antigua que la roca terrestre más antigua que hayamos encontrado jamás. Algunas de ellas tienen 4.600 millones de años, que es más o menos la edad del Sistema Solar.

Si visitas la NASA, quizá puedas ver un fragmento de armalcolita, un mineral lunar cuyo nombre es el apócope de los astronautas que lo encontraron: Armstrong, Aldrin y Collins.

Espejo en la Luna

3. La gente y el dinero

El Programa Apolo costó 110 mil millones de dólares a las arcas públicas estadounidenses, y se calcula que unas 400.000 personas trabajaron en él de manera directa o indirecta. Eso, para hacernos a la idea, es un cuarto de la población actual de Barcelona.

Solo la Estación Espacial Internacional (ISS) puede mirar a la cara semejantes números. Su presupuesto, calculado hasta 2015, es de 150 mil millones. La comparación, sin embargo, es injusta, ya que el proyecto de la ISS está financiado por Estados Unidos, Rusia, Japón, Canadá, Brasil y casi todos los países europeos.

Parece evidente, por tanto, que un proyecto que supuso la colaboración 400.000 personas durante casi una década difícilmente pudo ser un bulo.

4. La herencia

Si tienes una cámara de extraordinaria calidad en el bolsillo es, en buena medida, gracias a la carrera espacial. Lo mismo puede decirse de la maquinaria inalámbrica y del tejido de polímeros (ese del que están hechas las chaquetas de los bomberos).

La exploración espacial aportó multitud de innovaciones a nuestro día a día. Esto no fue algo exclusivo del Apolo 11 ni tampoco del Programa Apolo, sino de los titánicos esfuerzos económicos e intelectuales que las dos potencias desarrollaron por conquistar el espacio.

En lo que se refiere al lado estadounidense, son muchos los productos que nacieron o se desarrollaron fruto de la I+D aeroespacial de aquellos años. La transmisión de imagen y sonido vía satélite es un ejemplo evidente.

Esto no prueba que se llegara a la Luna, cierto, pero sí demuestra que toda la tecnología que requirió la misión Apolo 11 existía realmente en 1969.

5. La URSS

Bien, supongamos que todo lo anterior fue manipulado por un montón de tipos siniestros con trajes negros. Que el Apolo 11 nunca orbitó la Luna, que las rocas lunares están creadas en laboratorios subterráneos supersecretos, que el espejo fue lanzado desde la Tierra por un hombre realmente forzudo y que 400.000 personas fueron sobornadas para que no revelaran el engaño. Si todo fue una gran farsa, si existía la más mínima posibilidad de que los Estados Unidos no hubiesen llegado a la Luna… ¿por qué la Unión Soviética no lo dijo? ¿Por qué no expresó ni tan siquiera una leve sospecha?

Es fundamental recordar que eso que hoy vemos como uno de los mayores hitos de la Humanidad no era más que una competición, una metonimia política por la cual quien controlase el cielo controlaría el mundo entero. Desde que Kennedy dijo aquello de "we choose to go to the Moon" ("elegimos ir a la Luna"), nuestro satélite se convirtió en la meta.

La fotografía de Neil Armstrong haciendo el saludo castrense frente a la bandera estrellada en Mare Tranquilitatis supuso, en cierto modo, el final de la carrera espacial. Desde aquel momento, el espacio fue perdiendo interés para el gran público. En 1975, astronautas de las dos potencias colaboraron en una misma misión, la Apolo-Soyuz, algo impensable seis años antes. La Guerra Fría tocaba a su final, y la Luna seguía brillando.