Los ojos de algunos animales como las ranas, los conejos y los caballos se encuentran colocados a ambos lados de la cabeza. Gracias a esta disposición, tienen un campo de visión más amplio, de manera que pueden localizar fácilmente a los depredadores. Sin embargo, no pueden percibir en profundidad como las especies que los tienen en el centro del rostro, como los humanos.

Cada uno de nuestros ojos capta una fotografía un poco distinta del mundo, que se proyectan en sendas retinas. A partir de ellas, el cerebro es capaz de procesar la información y recomponer una imagen en tres dimensiones. Este fenómeno, conocido como estereopsis, nos permite, por ejemplo, calcular automáticamente cómo de lejos está un objeto.

Para hacer posible esta visión 3D, los ojos deben trabajar coordinadamente. Como en la mayoría de animales con visión binocular (aunque no en todos), esto significa que se mueven sincronizadamente, a la misma velocidad y buscando la misma dirección. Pero ¿cómo lo conseguimos sin ni siquiera ser conscientes de ello?

El sistema nervioso maneja los hilos

El cerebro es el responsable de orquestar los movimientos oculares y garantizar su máxima precisión. Cada cuenca dispone de seis músculos conectados con el globo ocular que, al contraerse, lo giran en diferentes direcciones.

Así, los rectos superior e inferior mueven el ojo hacia arriba y hacia abajo, respectivamente; el recto medio lo mueve hacia dentro (hacia la nariz) y el recto lateral lo mueve hacia el exterior (el rabillo de ojo). Por su parte, los oblicuos superior e inferior se encargan de rotar el ojo.

Los diferentes músculos deben ser estimulados simultáneamente y con la intensidad adecuada para conseguir llevar la mirada a un punto concreto y evitar que veamos doble. El cerebro lo consigue enviándoles señales a través de tres nervios craneales: el oculomotor, el troclear y el abducente.

Los diferentes músculos que rodean el ojo lo rotan en distintas direcciones | FreePhotos/Pixabay

En la regulación y coordinación del movimiento participan diferentes áreas cerebrales del córtex y el mesencéfalo, entre otras. Sin embargo, no nacemos con esta capacidad totalmente desarrollada. Durante los primeros meses de vida, el cerebro de los bebés la va perfeccionando gracias un proceso de aprendizaje. La mayoría de personas la mantienen intacta hasta la vejez, aunque se va deteriorando poco a poco con los años.

El cerebro continúa recopilando datos sobre el funcionamiento y las piezas de este mecanismo durante toda la vida, cambiando parámetros para ajustarlo si es necesario. Por ejemplo, si uno de los músculos crece más rápidamente que el resto, es capaz de dar las órdenes necesarias para cambiar su longitud en cuestión de semanas o meses para compensar cualquier posible discordancia.

Este calibrado y ajuste ocurre continuamente a partir de la información que el cerebro obtiene, así puede perfeccionar el movimiento de los ojos. La longitud de los músculos oculares cambia tan a menudo, que la mayoría de las proteínas que albergan tienen menos de un mes de vida y muchas ni siquiera superan 10 días.

Los movimientos que nos permiten ver

Los ojos alternan entre diferentes tipos de movimientos para conseguir que veamos nuestro entorno con la mayor resolución posible.

Cuando observamos detenidamente una escena para explorarla, nuestros ojos ejecutan rápidos movimientos denominadas sacadas. Nos permiten construir un mapa mental y que los detalles sean captados por la fóvea, la parte central de la retina, que contiene una gran cantidad de fotorreceptores del color.

Entre sacadas, el ojo permanece más o menos fijo. Pero incluso en esos momentos sigue haciendo pequeños movimientos imperceptibles (microsacadas, microoscilaciones y otros movimientos erráticos) para que podamos percibir todos los detalles. Además, el llamado reflejo vestíbulo-ocular es otro movimiento ocular que sirve para compensar los movimientos de la cabeza y estabilizar la imagen en la retina.

El movimiento de los ojos es un factor fundamental en la percepción de las imágenes y cualquier fallo puede provocar problemas o discapacidades visuales.