Lo normal es que la digestión no se note. Si acaso un leve sopor postprandial esas veces que nos pasamos comiendo y luego acabamos siendo víctimas del sueño y de la siesta. Pero lejos de este tipo de situaciones, la digestión no debería suponer un problema y cuando lo supone, puede convertirse en un verdadero calvario. Más teniendo en cuenta que esto “del comer” lo hacemos varias veces cada día, 7 días a la semana, 12 meses cada año.

Hasta el 24% de las mujeres y el 19% de los hombres temen el momento de comer, ya que padecen algo que últimamente se escucha mucho: el síndrome del intestino irritable. Una dolencia que suele aparecer antes de los 35 años. Pero ¿a qué nos estamos refiriendo?

Se suele diagnosticar SII (Síndrome del intestino irritable) a aquellas personas que presentan un cuadro de síntomas crónico y que aparece frecuentemente que se caracteriza por el dolor abdominal y/o cambios en el tránsito intestinal, bien sea con episodios de estreñimiento o de diarrea. También puede aparecer sensación de hinchazón o distensión abdominal sin necesidad de que haya ningún tipo de alteración en el intestino ni ninguna causa de infección que lo justifique.

Dicho así parece simplemente una digestión pesada, pero quien lo padece sabe de la limitación de la calidad de vida que puede acarrear, incluso limitando la vida social, aumentando el absentismo laboral, dificultando la actividad física y empeorando la percepción de la salud que tienen quien lo padece.

Hoy en día no sabemos la causa exacta que genera este tipo de problema ni un mecanismo único que lo explique. Parece que el origen más aceptado a nivel científico es que exista alteraciones de la motilidad intestinal, una mayor sensibilidad digestiva o incluso que sea el reflejo de problemas psicológicos. También hay otras teorías que lo relacionan con intolerancias alimentarias, alteraciones hormonales e, incluso, factores de herencia genética.

Al no saber el origen exacto, su tratamiento se hace también difícil, ya que se suele enfocar a paliar los síntomas. Desde tratamiento con fármacos, hasta cambios en la dieta de los pacientes que les ayude a mejorar los síntomas.

La primera medida es identificar y evitar todos aquellos alimentos y bebidas que desencadenen o empeoren los síntomas, como el tabaco, café, especias, alcohol, la tónica, sobras de sobre, el cacao, derivados lácteos, quesos, yogurt, bollería, pasteles, helados o mantequilla.

Otra medida que suele recomendarse es suplementar la alimentación con salvado de trigo. Entre 4 y 8 cucharadas mezclado con los alimentos y bebidas, para tratar de regular el tránsito intestinal. También ayuda evitar comidas copiosas, recomendando hacer comidas más frecuentes y menos abundantes.

Evidentemente todo lo que son bebidas con gas y alimentos flatulentos como la col, garbanzos, lentejas, cebollas, puerros, guisantes o frutos secos hay que buscar la cantidad que se tolere sin que empeore los síntomas.

Por último, tanto la actividad física regular, evitando el sedentarismo, como evitar situaciones que pongan nerviosos a los pacientes o le estresen también ayuda a evitar brotes. Porque, como hemos comentado, parece que el factor psicológico también tiene una gran influencia.