Todos los años sale un cantante que, sin saber por qué, conecta de una manera muy extraña con la gente. Seguro que todos estamos pensando en el reciente ejemplo de Rosalía, una mujer que practica una especie de flamenco fusionado con el trap, el jazz y mil cosas más, y que, sin mucha lógica, engancha a un montón de orejas ansiosas de escuchar algo diferente en este mundo de lo precocinado y la franquicia.

Y, nada más saltar el fenómeno, el sistema trata de absorberlo, de explicarlo, de justificar cómo ellos, expertos en fabricar los moldes de las cosas que encajan a todos, tengan la forma que tengan, han podido dejar escapar esa fórmula que, sorprendentemente, no incluye ninguno de los ingredientes que ellos habían considerado indispensables.

No es este el sitio para hablar de Rosalía pero, ya que he empezado por aquí, déjenme decirles que su música tiene, independientemente de que guste o no, una calidad de ejecución sólo empatada a la libertad de prejuicios con la que está compuesta e interpretada. Una libertad que se da de tortas con todas esas verdades absolutas que se defienden en pro de lo que la gente dice que le gusta, lo que vota la mayoría, los 'likes' masivos de los que hemos aprendido a sacar conclusiones en esa búsqueda alquimista de la fórmula perfecta.

Con Parásitos ha vuelto a pasar. Una película coreana que juega desde que comienza a no darnos ni una sola cosa de la que esperamos, casi cada diez minutos su director nos saca de la zona de confort en la que acabamos de entrar pensando que ya dominamos el mensaje a patadas, a carcajadas o a base de plagas bíblicas. Ya había ocurrido un par de años antes con esa maravilla de película que es 'Los últimos Jedi', un trofeo a los troles de la saga galáctica del director de 'Puñales por la espalda', el mejor título para un autor que busca todo el rato poner el dedo en la parte del ojo que más pueda molestar a quien se sienta en el cine esperando ver lo que ha decidido que quiere ver, y con el depósito de la intransigencia bien relleno para evitar que entre nada de aire fresco.

Parásitos sigue provocando desmayos en aquellos pisos elegantes llenos de gente de barba perfilada perfectamente que estudia la manera de llegar al corazón mirando con mucha atención en una página de excel. Ahora, después de hacer historia en los Oscar recibiendo cuatro Oscar (la primera vez que una sola persona recoge tantas estatuillas en una misma noche) y consiguiendo a la vez el Oscar a Mejor Película y a Película Internacional, los señores de corte de pelo impecable se volverán a reunir para modificar la fórmula. Resulta que faltaba un poco de eso, un chorrito de lo otro, cuarto kilo de más allá...

Y de nuevo empezarán a tratar de fabricar industrialmente lo que un señor, en un cuartito, con el pelo revuelto, la barba descuidada y toda la falta de prejuicios que fue capaz de acumular, ha logrado. No lo conseguirán, les faltan justo los ingredientes que no pueden añadir, porque carecen de ellos: imaginación, libertad de creación, ausencia de ganas de gustar a todo el mundo y ausencia de la responsabilidad de justificar unos beneficios. Por eso los Parásitos lo intentan, pero no lo suelen lograr.