Diputado, pague la casa. Ya no le quedan excusas para intentar birlarle la pasta a los constructores de su chaletazo en pleno centro de Madrid. Mucho criticar las casas ajenas, pero al menos el coletas se lo pagaba él. Ya no puede eludirlo, el Tribunal Supremo ha sentenciado en última instancia que el 'simpa' que el próximo Marqués de Valtierra quería perpetrar no va a poder producirse. La condena, por lo civil pero condena, es la perfecta muestra del comportamiento de una casta privilegiada que ha querido actuar con las cartas marcadas también en democracia poniendo en práctica lo aprendido en casa desde que sus antepasados hicieron méritos haciendo trampas.

Iván Espinosa de los Monteros es la máxima expresión de VOX. El pijo con castellanos que emula la estética obrera haciéndose fotos con casco de albañil mientras actúa de capataz y debe todo su patrimonio a la herencia y posición de su familia, que hizo fortuna durante el franquismo por la cercanía y participación de algunos de sus miembros en el genocidio fascista. Un tipo con nombres compuestos que habla bien gracias a la educación carísima que los privilegios de su familia le ha pagado en colegios y universidades en el extranjero. Puro VOX.

Los Espinosa de los Monteros defienden la obra de la dictadura y de su familia porque sin esos cimientos no hubieran levantado su casa, aún mejor sin pagar. Muchos de su estirpe fueron afines al régimen, desde Álvaro Espinosa de los Monteros, capitán de navío y traductor de Franco, al que el dictador despreciaba llamando 'El enterado', hasta el hermano de su bisabuelo, quizás el más famoso y el más tétrico de toda la prole. Eugenio Espinosa de los Monteros y Bermejillo era el general encargado de liderar la Columna de Orden que entró en Madrid tras la victoria fascista el 1 de abril de 1939. El órgano tenía como objetivo fundamental crear un estado de represión y miedo mediante la limpia exhaustiva de todos los republicanos que quedaran en Madrid tras la caída del gobierno democrático. Una de las órdenes dadas por el general Espinosa de los Monteros fue publicada en el ABC el 2 de abril de 1939 y tenía como objetivo obligar a todos aquellos que hubieran tenido algún tipo de colaboración con los republicanos a presentarse voluntariamente en alguno de los campos de concentración temporales que se instalaron por todo Madrid.

La labor represora de la Columna de Orden del general Espinosa de los Monteros colaboró de manera muy estrecha con el Servicio de Información y Policía Militar (SIPM), hasta hacerse uña y carne. Ambas organizaciones se encargaban de realizar unos informes de conducta que eran toda la base necesaria para que los tribunales sumarísimos condenaran a muerte a cualquier demócrata madrileño. Uno de esos casos, al que conviene poner nombre, es el de Aniceto González Siguero, condenado a muerte porque un policía declaró que le veía mucho por la checa del cine Europa sin que hubiera más pruebas que varios delaciones cruzadas que le situaban por la zona.

Las artes para la represión de Espinosa de los Monteros y Bermejillo fueron premiadas con varios cargos en consejos de administración de las empresas del régimen. Unas dádivas que sirvieron a toda su familia para ser uno de los apellidos reconocibles también cuando el genocida falleció y mantener una posición de preeminencia social ganada a sangre y fuego. El padre del actual diputado, Carlos Espinosa de los Monteros, fue nombrado en el año 1976 para un puesto de responsabilidad en el INI que le sirvió también para que Felipe González le nombrara presidente de Iberia -porque los Espinosa de los Monteros no le hacen asco al dinero aunque llegue del PSOE- y así poder medrar en diferentes consejos de administración para fraguarle al actual diputado de VOX la posición que se cree merecer por esfuerzo propio.

Ese es el mérito y el aprendizaje familiar del condenado por el Tribunal Supremo a pagar lo que tendría que haber pagado sin denuncia mediante. Los crímenes de lesa humanidad de sus familiares es difícil que se paguen, pero al menos le toca pagarse la casa, que es lo que hace la clase obrera a la que intenta copiar disfrazándose, una clase que sí vive de su esfuerzo y no del ajeno.