Un vídeo de escasos cinco segundos puede expresar tantas cosas que no hay palabras en la RAE para narrarlo con precisión, ni con palabras que nos dejen decir los viejos académicos ni con aquellas que nos dé la gana usar sin su permiso. Arturo Pérez Reverte, el hombre con el que sueñan todes cuando duermen con sus maridos, firmaba libros en la feria. Una azafata rubia, con mascarilla, cogía los libros de los admiradores de Reverte y los limpiaba antes de dárselos al escritor para que los firmara. Los cogía, preguntaba el nombre a la persona que esperaba a dos metros en una línea marcada en el suelo, los firmaba y se los devolvía a la azafata. Que ya no los limpiaba. Los gérmenes del escritor no contagiaban. No sabemos si era higiene o clasismo, pero sí lo que parecía.

 

Protocolo COVID dirán. Hubiera bastado para eso con que Pérez Reverte se pusiera mascarilla, pero como es un señor libre y recio, pues nanay. Algo que sí hicieron el resto de escritores y escritoras que no tenían a nadie que le limpiara las miasmas de la plebe y que incluso daban la mano a aquellos que hacían colas interminables para lograr ese recuerdo. Qué menos. Dos guardaespaldas, una azafata que le limpie y los lectores sin poder acercarse. Es difícil decir tanto de uno mismo que practicando ese ejercicio supremo de profilaxis soberbia que marca la diferencia entre la literatura y el estrellato. Pérez Reverte con su lenguaje descarnado habitual diría de otros al ver semejante estampa que actuó como un gilipollas, pero yo soy un señor. No digo palabrotas. Eso, y que mi editorial, que es la misma que la del académico, me pidió que no me metiera con autores de mi misma firma. Y yo soy muy bien mandado.

Estoy seguro que Arturo Pérez Reverte no fue el encargado de establecer esa aberración estética, pero tiene el genio suficiente para tener algo de empatía y cercanía con quien le lee para decir que no quiere que nadie le limpie los libros y ponerse mascarilla para permitir que se le acerquen. Es cuestión de clase, no de estilo. Clase en cuanto a privilegio y soberbia. A sentirse superior y pretender que su firma o presencia merece una escuadra a su alrededor. Una semana antes, Leonardo Padura firmaba en silencio, sentado, con parsimonia, sin ruido. Sin exigir ser más. Sin creerse más.

La literatura brinda el arte de ofrecer lo imaginado, y hay que reconocerle a Reverte la capacidad que tiene para contar historias. Leí muchas suyas hace tiempo, me firmó Cabo Trafalgar cuando no me conocía y solo era un admirador sumiso, dejó de saludarme en las librerías en las que nos encontrábamos como la Méndez o Sin Tarima cuando pasé a poner en cuestión su discurso rancio y desfasado. Me subí a sus barbas, me pensé con derecho. Siempre he seguido leyéndole. De hecho, siempre he esperado una historia del hombre al que los fachas se dirigen con un "Don Arturo". Un relato sobre un plumilla sin escrúpulos, al estilo del periodista de la película El gran carnaval, que llega tarde a una ejecución en una cárcel de una guerra cualquiera y pide a los asesinos que saquen otra partida para poder ofrecer algo a su periódico. La ficción tiene que parecer realista, una de esas historias de "hijosdeputadelaguerra" que tanto le gustan y tan bien se le dan. Yo lo leería. La idea es gratis.

La Feria del Libro terminó. Con ella la sensación de que es un espacio destinado a que los que más tienen tengan más y que aquellos que sobreviven en el mundo cultural con ilusión y precariedad sirvan de atrezzo para las grandes editoriales y los autores estrella. En la feria también había clases, de autores, de autoras y editoriales, y sobre todo de librerías. Era algo que se intuía, pero que ha quedado claro con las declaraciones sin vergüenza del director del evento.

Los grandes autores, autoras, youtubers e influencers saben, o deberían saber, que sus firmas en la feria solo sirven para engordar su ego, hacer ganar más dinero a las editoriales a las que le sobra y ponérselo más difícil a las pequeñas editoriales y librerías. Las firmas deberían darse en las casetas de las librerías pequeñas o que no hubiera. Los grandes autores, con la carrera hecha y el bolsillo cubierto, harían bien en publicar en editoriales humildes porque la literatura también es compromiso, tener como valor la igualdad, la redistribución de la riqueza y decidir a quién se apoya cuando se puede elegir también es creerse la cultura. Que nadie les limpie los libros. Que las mesilla se llenen desde las librerías de barrio.