Y no ha pasado nada. No ha sido noticia. No ha generado conversación. Ningún medio de comunicación de relevancia ha ocupado parte de su tiempo en atender una denuncia de ese porte. Esta semana Gabriel Rufián, diputado de ERC, subió al estrado en el Congreso y comentó que le habían agredido en Madrid. Esta fue su declaración literal: "A mí me han pegado por Madrid. A mí me han pegado, me han pillado del cuello por Madrid. Yo voy con gorra y con mascarillas por Madrid. Sobre todo en puertos y aeropuertos, que son zonas muy peligrosas para alguien como yo. A mí me han insultado, me han amenazado, a mis hijos". Gabriel Rufián lo dijo este martes en el marco de una iniciativa del PSOE para tratar las amenazas y el acoso que sufren mujeres que se dedican a la comunicación.

Después de escucharlo supuse y esperé que su denuncia generara debate y polémica, que en los debates en los que a veces se comenta que una paloma ha cagado al alcalde de Madrid se planteara en serio qué es lo que pasa para que un representante del pueblo soberano haya sido agredido sin que ocurra absolutamente nada y sin sentir la solidaridad de todo el espectro político. Pero no ocurrió nada. Consulté todos los medios de comunicación y tan solo fue recogida por medios de segundo orden en las típicas notas que se escriben para farmear visitas por las redes sociales.

Pasaron varios días y pregunté a Gabriel Rufián un poco espantado porque un diputado haya expresado en la sede de la soberanía popular que ha sido agredido por motivos políticos andando por las calles de Madrid y que su confesión haya pasado desapercibida. Rufián me contestó un poco apesadumbrado, en cierto modo por la costumbre de su día a día teniendo que esconderse para no ser agredido, y me contestó que era la primera vez que un periodista le preguntaba por esos episodios a pesar de que ya lo denunció en un medio de comunicación hace unos meses.

Intento encontrar razones para que el hecho de que un diputado denuncie que le han agredido y no genere revuelo, y la verdad es que no soy inocente y encuentro varias explicaciones. La primera es esa costumbre de las democracias liberales de ocultar aquello que pone en cuestión su verdadera condición, esa costumbre enervada en su acervo de esconder todo lo que incomoda porque de otra manera se demostraría que existe una democracia de varias velocidades en la que las clases, el origen y la condición importan. Democracias en las que no todos tenemos los mismos derechos.

Pero creo que ocurre algo mucho peor. No genera conversación porque la mayoría cree que Gabriel Rufián se lo merece. Se piensa que no está mal que se le agreda por haber sido partícipe del desafío a la unidad nacional que supuso el procesismo y por algo aún más grave, que no pide perdón por su condición de clase y altera en sus intervenciones a quienes creen que el poder les pertenece por cuna. En el fondo disfrutan con ver sometido a su enemigo. En el caso del diputado de ERC se une también la disputa entre los partidos independentistas en la que muchos de los medios de comunicación en Cataluña, con las inercias de sometimiento al mundo convergente, les interesa transmitir que Gabriel Rufián vive muy bien en Madrid para intentar desacreditarle ante los conflictos políticos entre Junts y ERC.

Gabriel Rufián asegura que le han agredido tres veces siendo diputado. Una de ellas ocurrió en los actos por el aniversario de un medio de comunicación, que no me ha querido revelar, en el que al acceder sintió que alguien le dio una patada por la espalda. Alguien saltó y metió una patada por detrás a un diputado. Esa situación la vio mucha gente. No se quedó en algo oculto, pero no se informó de ello, no se generó una alerta informativa ante el hecho de que el portavoz de ERC en Madrid fuera agredido de esa forma.

La segunda vez que fue agredido ocurrió en la Puerta del Sol a las puertas de la presidencia de la Comunidad de Madrid donde un individuo se encaró con Gabriel Rufián y le agarró del cuello, el diputado intentó zafarse y al hacerlo el tipo le arañó, tuvo que intervenir la policía que está en la puerta de la antigua sede la Dirección General de Seguridad. En ese momento la gente comenzó a grabar y Rufián se fue para que no pareciera que ademas él había sido responsable de que eso ocurriera. El agredido se tuvo que ocultar y escapar.

La tercera vez que fue agredido ocurrió en el interior de un AVE. El diputado se encontró con un grupo de personas que sabía que le ocasionarían problemas por su demostración patriota estética así que ni siquiera ocupó su asiento, pero en un encuentro casual en un pasillo del tren un personaje se encaró con el diputado al reconocerle y le empujó lanzándole contra la puerta de los aseos. El barullo propició que se unieran más pasajeros para increpar e insultar al político catalán. Si en España se pudiera linchar no faltarían participantes. Entiendan todos que esto no es normal si queremos hablar de una democracia en la que todos participen en igualdad de condiciones.

Los periodistas en demasiadas ocasiones queremos ser los protagonistas, confundiendo nuestro papel, y dejamos pasar la gravedad de situaciones mucho más relevantes ocupando horas de debate en la opinión pública sobre lo que nos pasa. No quiero decir que no sea grave la persecución y acoso que sufren comunicadores y periodistas, sino que es preciso ponderar y poner nuestro trabajo al servicio de lo que es verdaderamente importante y no dejar pasar una denuncia tan extremadamente importante como la que hizo en el Congreso de Diputados y revelarnos con nuestro trabajo para que ocupe el espacio el debate público que se merece. Este artículo es mi aportación para que lo que narró Gabriel Rufián no caiga en el olvido vergonzante que se ha dado esta semana.

No es necesario advertir de qué tipo de agenda informativa tendríamos el día en el que un diputado de derechas en este país fuera agredido. No tres veces, solo una. Sería bastante incómodo para nuestra democracia reconocer que a los diputados de izquierdas se les puede agredir, hasta tres veces, sin que eso suponga un debate a todos los niveles en el panorama político y mediático español. Hay muchos responsables de que eso, se reconozca o no, es lo que ocurre en la democracia española.

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