Solo una vez sonrió Pedro Sánchez durante la entrevista con Antonio García Ferreras. Fue al final, cuando el periodista dio por finalizada la conversación. Una vez. Una sonrisa forzada, sin ganas. El presidente fue el emoji con la boca plana. Tenía un gesto envejecido, demasiado cansado. Un tono de calima en el rostro y en el cuerpo.

Aunque diga que son tiempos para medir las palabras, sabe que la actualidad no permite ni una broma. La pandemia no ha podido con él, pero sabe que la inflación puede derribar gobiernos. Que no tenemos cifras similares desde 1986. Y las defensas están bajo mínimos, como los lineales de los supermercados en los que antes había aceite de girasol.

Sánchez mide y por tanto no engola tanto la voz. "Eso es lo que hay que evitar", contesta ante la pregunta de si estamos cerca de una tercera guerra mundial. "Es un momento definitorio para la Unión Europea", afirma.

El entrevistador habla de distopía y él recuerda que el país presidido por Vladimir Putin es una potencia nuclear y que uno de los objetivos más urgentes es reforzar las fronteras de la UE. No hay base de maquillaje que disimule. Este hombre no puede más. Y nosotros tampoco.

Sánchez era, hasta hace un mes, un hombre decidido a dejar atrás una mala racha bastante larga. Compuesta por una pandemia, un volcán sin precedentes, una tormenta de nieve como no se recuerda, una factura de la luz inquietante, una reforma laboral que a punto estuvo de no ser. Un vicepresidente del que se libró, un líder de la oposición que también.

Se disponía a dar buenas noticias a esos a los que llama compatriotas. Los fondos europeos, la marcha del empleo, el fin de la mascarilla en interiores. Hemos vencido al virus por enésima vez. Y llega el calor y los chicos se enamoran. Pues no.

El presidente, recién llegado de La Palma de la cumbre de presidentes, ésa que Isabel Díaz Ayuso ha definido como "filfa" y que ha servido para que Núñez Feijóo asome la patita que nunca tuvo escondida del todo, llama dictador a Putin, pide que dejemos tranquilos a los rusos que viven en paz en España, anuncia que han incautado el yate de 85 metros de eslora a un oligarca ruso en el puerto de Barcelona. Habla del maldito precio del gas, de chantaje energético, afirma que Putin lleva meses preparando esta guerra. Está deseando acostarse más de lo que estaba yo, que procuro siempre dormirme antes de las once de la noche.

"No ha faltado diplomacia, ha sobrado agresión", dice al terminar una de las respuestas. No es el Sánchez al que estamos acostumbrados. Enérgico y altanero hasta en los andares. No ve demasiados motivos para la esperanza. Anuncia que el presupuesto de Defensa aumentará un 2 % y está dispuesto a tragarse ese sapo y esa contradicción. Esta vez parece lamentarlo, porque sabemos todos que el presidente del Gobierno no se caracteriza precisamente por las opiniones firmes.

Dice que no adelantará las elecciones. Y hay algo en la mirada de García Ferreras que una traduce como compasión. Este hombre no puede más. Y nosotros tampoco.