De las distintas maneras que uno tiene de querer, la escrita es notablemente superior a muchas otras. Que alguien decida que mereces un puñado de versos o de párrafos. Que se siente a escribirlos, que todo cuadre, que sacuda de emoción a quien lo lea, que piense que ojalá todos los amores y todas las miradas sean tan limpias y tiernas.

Así lo hizo Luis García Montero con su mujer, Almudena Grandes. Así lo hizo ella hablando y escribiendo sobre él, dedicándole esa frase de que no hay amor sin admiración. Hay gente que pasa de manera tangencial por tu vida y se queda. Y la transforma.

Una mañana de marzo de 2017 recogí a Almudena Grandes en la puerta de su casa. Yo iba acompañada de dos de sus amigos y ella se subió conmigo y en la parte trasera del coche. Mientras esperaba, con esa cosa mitómana que una arrastra desde la infancia, pensaba en la cantidad de veces que había estado tan cerca de ese hogar, esperando a que salieran mis hijos del campamento urbano de verano que nos hace cuadrar las vidas a los padres. Qué cosas, yo con el sándwich y el plátano de merienda y ahí arriba una mujer escribiendo libros que serán para siempre.

Recorrimos 13 kilómetros hasta llegar a la factoría de Airbus en Getafe para hablar de feminismo. Porque para eso era marzo. También estaban Rosa María Artal, Mónica Andrade, mi amiga y comadre Vanesa Jiménez. Almudena fue expansiva, generosa, contundente, lo tenía todo claro y lo contaba con alegría, como si las cosas fueran difíciles, pero no imposibles. No había pizca de resentimiento y mezclaba carcajadas con bofetadas verbales.

Yo miraba al auditorio, apenas dos meses después de haberme quedado huérfana de padre, y solo me salió eso. Decirle a mis paisanos, algunos conocidos desde la infancia, que gracias a él me sentía feminista. Y se me quebró la voz. Y ella dijo: "¡Qué bonito!". Luego vimos aviones y volvimos a casa. Pasó de una manera tangencial por mi vida y yo no sabía que iba a quedarse hasta que supe esta tarde de sábado que había fallecido.

Entonces recordé cuando leí 'Las edades de Lulú' a escondidas en el cuarto de mi hermana, a una edad en la que se supone que no me correspondía. Me acordé de 'Malena es un nombre de tango', pensé en ese concierto de Joaquín Sabina de la Plaza de Toros de Las Ventas de Madrid en el que ella también estaba, en los maravillosos ocho minutos y pico que duró su pregón de las Fiestas de San isidro. Una gata mitad madrileña y mitad roteña. En que me habría quedado a vivir en la sede del Instituto Cervantes cuando conocí al poeta que compartía su vida con ella, en su mirada cuando me dijo que iba a ser abuelo.

Ese hombre ayer besó un libro y lo lanzó al féretro de la mujer con la que compartió su vida. Se acercó y se alejó con ese andar lento, casi arrastrando los pies, de alguien roto de dolor pero también de alguien que vive sin prisa. Estaba rodeado de amigos, de familia, de lectores que son una cosa y la otra. Todos armados con un libro. Constatando eso de que Almudena, la nieta de Miss Chamberí, llegó para quedarse.