El rótulo de un telediario resumía la fiesta en tres palabras: "Aplausos y abucheos". Que, si una lo piensa bien, es también el compendio de casi cualquier vida. Como también puede ser un partido de fútbol, una corrida de toros y el desfile del 12 de octubre desde siempre, porque suele haber alguien que no agrada, que nos estropea el paisaje. La cabra de la Legión si desobedece, un señor demasiado alto que nos impide ver bien, un ministro al que culpamos de nuestros males, alguien mal peinado, al que se le olvida el protocolo, un presidente del Gobierno socialista.

Fue a Mariano Rajoy a quien se le escuchó resumir el desfile con un concepto mucho más sencillo y rotundo: "Coñazo". Y siempre estaremos a favor de la sinceridad en esta casa. Porque los actos institucionales suelen ser eso: un plomo bastante insoportable que consiste en estar varias horas de pie o varias horas sentado sin poder moverte, ir al baño, fumarte un cigarro o vestir con esa sudadera que ya de tantas lavadoras se ha acabado por adaptar a nuestras lorzas.

Encima, te toca volver a reunirte con los mismos de siempre, a los que ves cada semana, algunos incluso a diario. No hay conversación posible porque en 48 horas no ha pasado nada nuevo, salvo algún fueguecito en redes sociales sin importancia.

Y por si fuera poco, nosotros. Periodistas, analistas, artistas, cómicos, tuiteros todos. Seres en busca del segundo de gloria, la mejor interpretación posible del asunto. ¿Se ha visto o no la bandera republicana en el cielo madrileño? Ay, qué risa. Corre, escribe de eso antes de que alguien se te adelante.

Por cierto, ¿han sido más o menos los abucheos de este año? ¿El cinturón metálico de la reina Letizia estaba a la altura de la policía de la moda? ¿Acaso no fue gélido el saludo entre Isabel Díaz Ayuso y Sánchez o fue peor el del paleto presidente y José Luis Martínez-Almeida? ¿Y Leonor, no debería haber venido tal y como está la monarquía, al borde del derrumbe?

El debate es agotador, pero resulta mucho más ligero si se observa desde la distancia. El desfile me pilló en la sierra de Cazorla, en medio de una carretera serpenteada que convertía treinta y tantos kilómetros en hora y media de trayecto. Mucho sol, bastantes coches, algún que otro ciervo, miles de olivos, canciones de Sabina al pasar por Úbeda porque a previsibles no nos gana casi nadie.

El desfile sucedía mientras buscaba un mirador en el que hacerme fotos y un lugar en el que comprar (más) aceite que repartir al llegar a casa. Otros años, el desfile ha sido un motivo excelente como cualquier otro para echar la mañana, tomarse luego el aperitivo, dar las gracias por un día festivo y desear que al siguiente sea lectivo. Como es casi siempre la excusa perfecta para soltar lastre, orgullo e ira en los grupos de Whatsapp, en los hilos de Twitter.

Son tiempos malos para el relativismo. Son tiempos para el todo o la nada. Porque para algunos, celebrar el 12 de octubre te convierte indefectiblemente en un asesino, en alguien peligrosísimo, antidemocrático, pasado de moda y de rosca. Es otro tipo de genocidio, dirán algunos, porque hablamos de gente que concibe esa parte de la historia que comienza en el reinado de los Reyes Católicos como una conquista sin precedentes y sin matices. Fue un éxito, y punto. A ver quién se atreve a criticar a Isabel y a Fernando, guardianes de la moral y hacedores de esa España que expulsó a moros y a judíos y nos hizo quizá más poderosos, como también más pobres. En esa parte de la historia victoriosa pero excluyente me hallo yo ahora, dando vueltas a lo que estudié en el colegio y estudian mis hijos, pero sin soliviantarme demasiado con ello. Pido perdón.

Pero en este mundo absurdo y pueril de cero a cien, me resisto a demonizar a esos hombres y mujeres que siguen ayudando a los afganos a huir de infierno, a los que acuden a La Palma cuando toca, al incendio de Sierra Bermeja, los que entraron en las residencias cuando nadie más quería hacerlo, los que dignifican un oficio que contará con tantas manzanas podridas como el nuestro.

Conceptos como hispanidad y patria me resultan líquidos, confusos, como nítida me resultó la mirada que la reina de España le lanzó al presidente del Gobierno mientras algunos, sin duda los más respetuosos con las instituciones y el Estado de Derecho, le llamaban okupa, entre otras lindezas. Fue no una, sino dos miradas las que le dirigió. No sabemos si para comprobar que Sánchez estaba como siempre, sin alterarse por nada. O quizá para decirle con los ojos: "Si ya lo dijo Rajoy, esto es un coñazo".