
Rafael Tarradas Bultó
Editorial: Espasa
Año de publicación original: 2026
En el despacho de un enorme castillo italiano hay una mirada que lleva años observando al dueño de la casa. Una mujer pelirroja, de piel muy blanca y vestida de dorado. Se trata de 'Colomba Corsini', una obra de Sandro Botticelli y uno de los mayores tesoros de la familia que habita allí. Pero esa mirada desaparece de un día para otro. Lo que para los Viel es memoria familiar, para el régimen de Mussolini es una oportunidad: obsequiar a Hitler y ganarse su confianza.
El falsificador, la nueva novela de Rafael Tarradas Bultó, narra la historia de una de las cientos de familias judías arrastradas por el fascismo en Europa antes de que estallase la Segunda Guerra Mundial.
El cuadro como arma diplomática
Todo comienza en 1938, cuando una cena en el castillo de los Viel acaba convirtiéndose en el preludio de un robo. Tras la visita de altos cargos del Gobierno italiano a la residencia familiar, el padre recibe una carta: el Botticelli ha sido elegido para ser mostrado al Führer durante su visita a Italia. Lo que durante generaciones había sido una herencia en vida pasa a convertirse, de la noche a la mañana, en moneda de cambio entre regímenes.
Lo que para los Viel es memoria familiar, para Mussolini es una oportunidad de ganarse la confianza de Hitler
Hay algo que Tarradas Bultó maneja muy bien y que no abunda en la novela histórica: la manera en que el arte ha funcionado como herramienta de poder no aparece como lección sino como amenaza concreta. Ver cómo la obra que lleva décadas colgada en el despacho de tu padre puede convertirse, de repente, en un regalo diplomático para un dictador es inquietante de una forma muy específica. No es la gran historia de la guerra. Es algo mucho más doméstico y por eso duele más.
Flavia, la que se queda
Cuando el padre decide huir a Suiza con el resto de la familia, Flavia elige quedarse. No está dispuesta a ceder lo que considera suyo. Es ese gesto el que define a la protagonista: una mujer que sigue tomando decisiones sobre su propia vida cuando todo a su alrededor intenta arrebatárselas.
Flavia decide quedarse cuando todos huyen. Es ese gesto el que la define
Para recuperar el Botticelli, Flavia recurre a Juan Rezola, un falsificador español al que conoció años atrás durante unas vacaciones en España. El arte los unió entonces y el arte los vuelve a unir ahora, aunque las circunstancias sean otras. Rezola es también el único romance que removió algo dentro de ella, en un matrimonio que nunca le generó demasiadas emociones.
El plan que urden juntos, sustituir el original por una falsificación perfecta antes de que acabe en manos de Hitler, es a la vez una operación de rescate y algo parecido a una segunda oportunidad que ninguno de los dos sabe muy bien cómo manejar.
El arte como personaje
Las referencias a Botticelli, Guido Reni o los Carracci no son decoración: construyen la época, la clase social y la identidad de una familia que se ha definido durante generaciones por lo que posee y por lo que eso significa. El cuadro no es solo un Botticelli. Es la prueba de que los Viel existieron, de que tuvieron una vida antes de que el fascismo decidiera que no merecían tenerla.
El cuadro es la prueba de que los Viel tuvieron una vida antes de que el fascismo decidiera que no merecían tenerla
Tarradas Bultó también apunta, con mucha sutileza, cómo los judíos italianos estaban perfectamente integrados en la sociedad antes de que el régimen empezara a recortarles las libertades poco a poco. En el caso de Flavia, hasta algunos sacerdotes católicos se convierten en aliados. Un detalle pequeño que dice bastante sobre la Italia de aquellos años: la maldad no llegó sola, pero tampoco lo hizo la resistencia.
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