
Pablo Ortiz de Zárate
Editorial: Destino
Año de publicación original: 2026
Visualiza en tu cabeza el Perro semihundido de Goya, una de sus más famosas pinturas negras, aquellas con la que decoró la Quinta del Sordo, la casa que fue testigo de aquellos años de su vida en la que la locura se hizo con las riendas de su genio. ¿Qué escena crees que representa? Lo que veas en ella, dice el periodista y educador de arte Pablo Ortiz de Zárate, dice más de tu estado de ánimo y de tu forma de ver el mundo que de la propia pintura.
El arteSano, que se publica ahora, habla de cómo esta y otras famosas pinturas pueden conectarnos con nosotros mismos y ayudarnos a entender lo que nos pasa y, si lo necesitamos, sanar la herida. El autor nos ofrece una visita a los museos distinta a las que estamos acostumbrados, una visita no por épocas, estilos ni autores, sino por sentimientos. Desde el amor, la depresión, la soledad y el miedo, todo lo que sentimos ya lo ha sentido alguien antes y las pinturas son una muestra de ello.
Los ojos no engañan
Dice Pablo Ortiz de Zárate que lo importante de un retrato no es que se parezca al retratado, sino que sepa trasmitir las emociones y el carácter de la persona real a la que representa y que en eso, El caballero de la mano en el pecho es insuperable. Este de El Greco es, posiblemente, uno de las obras más famosas del Museo del Prado y de la historia del arte, puesta como ejemplo de lienzo que no solo supo retratar a una persona, sino a toda la sociedad española de la época.
'El arteSano' habla de cómo las pinturas pueden conectarnos con nosotros mismos y ayudarnos a entender lo que nos pasa
Tal y como lo conocimos muchos en nuestros libros del colegio, el retrato era tan oscuro que apenas se percibía como una cabeza y unas manos flotando en un mar oscuro, como la propia España del siglo XVI.
Tras su restauración allá a mediados de los años 90, descubrimos que el fondo no era negro, sino gris y que, aun siendo un cuadro que trasmitía bastante seriedad, no era tan oscuro como lo habíamos conocido. Se desató entonces una polémica hoy ya superada, como suele ocurrir siempre hasta que nos acostumbramos a la nueva imagen.
Visto hoy, el cuadro sigue siendo un prodigio y uno de los protagonistas de El arteSano. En él, el periodista Ortiz de Zárate nos pide que nos fijemos en dos detalles fundamentales: la mirada y las manos. El párpado izquierdo, ligeramente caído, nos habla de una mirada triste.
La postura de la mano, ligeramente apoyada sobre el pecho, nos habla de una persona delicada. En conjunto, este caballero con la mano en el pecho resulta un hombre ciertamente melancólico. Las manos y los ojos serán, a partir de ahora, los dos primeros elementos que tendremos que observar en cualquier cuadro. Ahí está la clave de lo que se quiere trasmitir.
Alguien ya pasó por esto antes
Aparte de su trabajo como divulgador de arte, Pablo Ortiz de Zárate organiza visitas guiadas a museos y explica cómo son muchas las ocasiones en que ha sido testigo de las lágrimas de un visitante frente a un cuadro. Ver explicado sin palabras en un lienzo aquello que nosotros hemos sentido y no hemos sabido explicar nos emociona porque nos dice que no estamos solos, que alguien ya estuvo ahí y nos comprende. Y entender esto, quizá pueda cambiar algo dentro de nosotros.
A lo largo de las páginas de El arteSano leeremos sobre la pena, el amor, el desamor, el miedo, la enfermedad y la esperanza. En torno a este último sentimiento es una de las anécdotas que se recogen en el libro que dan sentido a toda su lectura. Es la que tiene que ver con El canto de la alondra de Jules Breton y con el actor Bill Murray.
Cuenta el autor que durante la promoción de una de sus películas, se le preguntó a Murray si recordaba alguna vez en la que el arte le hubiera cambiado la vida. Él cuenta que sí, que cuando empezó a dedicarse a la actuación en Chicago sintió que no era bueno y estaba decidido a morir.
No hay que saber de arte para emocionarnos con el arte y este libro es la prueba.
Dice que un día comenzó a andar sin rumbo con esta idea en la cabeza y se topó con el Art Institute de Chicago, entró y allí vio un cuadro que representa a una mujer joven trabajando en el campo al amanecer. Una mujer cuya vida no parece que le fuera a deparar nada extraordinario, pero que, sin embargo, tenía una nueva oportunidad cada vez que salía el sol.
Sentirse atravesado por la esperanza que trasmitía esa pintura le animó a seguir adelante con su vida. Si Bill Murray no hubiera cruzado aquella calle, si hubiera ido por otra ruta o se hubiera sentado en un parque o hubiera decidido acabar con su carrera o con su vida en ese momento, la historia hubiera sido otra. Pero Bill Murray se cruzó con un lienzo de un artista francés pintado un siglo antes que alguien adquirió para esa institución.
Como dice Máximo Décimo Meridio en Gladiator, "lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad". No hay que saber de arte para emocionarnos con el arte y este libro es la prueba.
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