Han Kang

Traducción: Sunme Yoon

Editorial: Lumen

Año de publicación original: 2013

Leed La vegetariana. Por favor. Empecemos por ahí. Esa novela merece por sí sola todo un Premio Nobel de Literatura. Una historia sencilla, la de una mujer que decide dejar de comer carne en un principio —dejar de comer simplemente, más adelante—, se convierte con el pasar de las páginas en un terremoto emocional que tú, como lector, eres incapaz de descubrir de dónde viene.

Esa habilidad para hacer crecer el desasosiego en frases sin aparente peligro se multiplica en sus poemas

Pues esa capacidad para colarse con delicadeza por entre las letras sencillas, traspasar la capa de palabras y escurrirse por sus espacios y comas, como una marea densa de algo viscoso que avanzara sin freno posible; esa habilidad para hacer crecer el desasosiego mientras una hilera de frases sin aparente peligro avanza hacia ti, se multiplica por cinco en los poemas de Han Kang.

Llega el anochecer

"Morirse / es eso terrible de acabar convertido en una cosa. / Me pregunto / por qué eso es un sufrimiento", dice la escritora surcoreana en uno de sus poemas. Y es que estos versos dibujan un anochecer material y metafórico. El paso entre dos luces, el tránsito de estar vivo a estar muerto, de la salud a la enfermedad, del dolor a la necesidad de no sentir.

Han Kang acaricia la desolación como si fuera un extraño animal miedoso. Como si, a cada roce, se encogiera cada vez más, ocultándose dentro de nosotros, temeroso. Y entonces se asume esa tristeza, se convive con ella y se buscan estrategias para poder continuar. "En anocheceres como este / guardo mi corazón en el cajón".

"Otra vez / sale la luna / tan difícil de sufrir", recita cuando la noche se convierte en un suplicio

Las referencias a la noche, a la oscuridad, a las últimas luces que iluminan una naturaleza que ahora tranquiliza, ahora altera, son constantes. "Otra vez / sale la luna / tan difícil de sufrir", recita cuando la noche se convierte en un suplicio.

Pero también hay margen para la esperanza, cargada, como siempre, de un lírico pesimismo que todo lo mancha: "(...) en medio de esa oscuridad / las aves locales /levantaron el vuelo desprendiéndose de su peso. / ¿Cuántas veces tendré que morir para volar así?".

La cárcel del cuerpo

Y todo ese dolor, ese sufrimiento, toma como prisionero a nuestro cuerpo. Víctima y culpable de nuestro mal. Y como le ocurre a la protagonista de La Vegetariana, la voz de estos poemas se siente encerrada en un organismo extraño, que le repugna y en el que no se reconoce.

"Apenas soporto decir / que tengo una cosa roja / que se encoge y dilata cada segundo / arrojando un puñado de sangre caliente"

"Apenas soporto decir / que tengo una cosa roja / que se encoge y dilata cada segundo / arrojando un puñado de sangre caliente", dice de su propio corazón. Y vuelve una y otra vez a lo tremendamente extraño que es tener un cuerpo, ser responsable de unos tejidos que se agrietan y envejecen, que se corrompen, que generan sufrimiento y dolor.

Y a la vez, el cuerpo funciona como última barrera, como muralla detrás de la cual uno se puede esconder, ocultar, tratar de esquivar toda la extrañeza que viene de fuera. "El cuchillo a medio borrar / abre longitudinalmente mis labios / y mi lengua se enrolla y retrocede / buscando una oscuridad más profunda".

Vulnerables y débiles

Hay además, en esa noche, espacio para reflexionar sobre las contradicciones de la vida. Dos poemas ponen sobre la mesa la coincidencia en el tiempo de la gestación de la propia Han Kang con la muerte de Mark Rothko. "Días antes o después / de esa madrugada en la que él se abrió las venas de las manos / (...) / mis padres fundieron sus cuerpos". Y apunta después: "No es para maravillarse / sino para entristecerse".

'Guardé mi corazón en el cajón' es un libro que condensa muy bien la literatura portentosa de Han Kang

Contradicciones también cuando quedamos a merced de lo onírico. Sueños que son capaces de trastocar nuestra realidad hasta convertir el dolor en placer y la tristeza en alegría: "Me había muerto / y caminaba por la orilla de un arroyo un día de primavera / Ah, qué bien me sentía muerta".

Guardé mi corazón en el cajónes un libro que condensa muy bien la literatura portentosa de Han Kang. Su infinita capacidad para enmarcar la vulnerabilidad humana con hechos del día a día, su descomunal sensibilidad con el ser humano, con sus contradicciones y sus debilidades, aparecen en versos lúcidos como rayos en mitad de la noche.

"Llorar / se me ha hecho un hábito, / pero las lágrimas / no me han engullido del todo". "Me olvidé sin querer, / ya no tengo a dónde más ir".

En Corea del Sur hay una mujer que, sin olvidarse de su cultura, es capaz de retratarnos a todos

Y reconforta saber que, al otro lado del mundo, en Corea del Sur, hay una mujer que, sin olvidarse jamás de su cultura, de su realidad concreta, es capaz de retratarnos a todos de un modo tan profundo. Como ejemplo, el breve poema que abre la primera parte de este libro:

Un / anochecer yo / miraba elevarse el vapor / de mi cuenco de arroz blanco. / Entonces supe / que algo se había ido para siempre. / Que ahora también / se estaba yendo para siempre. / A comer. / Y me comí el arroz".

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