Lorenzo G. Acebedo

Editorial: Tusquets

Fecha de publicación: 2026

Poco o nada sabemos de Lorenzo G. Acebedo, una suerte de Thomas Pynchon riojano, escondido tras un seudónimo y una parca biografía que nos habla de la vocación monacal interrumpida por la ausencia de fe y el amor de una mujer. Un argumento que bien podría ser parte de una película de Almodóvar o de la misma pluma de su creador, quien ha encontrado en su protagonista —el poeta Gonzalo de Berceo— un álter ego al que poner a pergeñar sus aventuras a través del medievo.

En la tercera entrega de las andanzas de Berceo, Una tumba en Al Ándalus, mezcla la toma de Córdoba de Fernando III el Santo con la búsqueda de un antiguo códice

En la tercera entrega de las andanzas de Berceo, Una tumba en Al Ándalus, mezcla la toma de Córdoba de Fernando III el Santo con la búsqueda de un antiguo códice mahometano. Una suerte de Philip Marlowe en Al Ándalus, rodeado de intrigas que mezclan personajes históricos con otros soñados, todo con una dosis de documentación que solo rivaliza con la cantidad de humor que su autor derrama en sus historias.

El bastón de Dios

El poeta medieval Gonzalo de Berceo se convierte aquí en detective, con más ingenio que fe y más ganas de vino que un prelado al final de la liturgia. Imaginen una mezcla entre El nombre de la rosa de Eco, protagonizado por el Wilt de Tom Sharpe y con la dedicación y el detalle del León el Africano de Amin Maalouf. Ahora borren esa imagen de su cabeza y pónganse a leer porque Acebedo ha demostrado ser un espécimen único en nuestras letras.

Como es habitual en un buen thriller, la mecha de esta historia la prenden tres asesinatos. Tres muertes inconexas en un principio que se irán mezclando con la trama. La primera es la de Lope, la que abre el libro, un musulmán converso que fallece apaleado por la muchedumbre en el zoco de la ciudad andalusí, acusado de haber ayudado a los cristianos a tomar la ciudad.

Como es habitual en un buen thriller, la mecha de esta historia la prenden tres asesinatos

La otra ocurre a escasos metros de la vivienda de nuestro protagonista, en San Millán de la Cogolla. Esta segunda le llega a otro amigo, Yusef y a la niña que estaba a su cargo. Un homicidio violento y brutal, con la huella desconocida de quien ha hecho de la muerte su propio oficio. Todavía consternado por el hallazgo de los cuerpos, Gonzalo de Berceo no tendrá tiempo de velarles, porque el rey necesita verle cuanto antes para una misión especial en Córdoba.

La ciudad andalusí se encuentra en pleno asedio cristiano de la mano de Fernando III y la victoria depende de la capacidad de Berceo de localizar y traducir un antiguo texto, el códice Wallada, en cuyo interior está la clave de un arma definitiva, capaz de doblegar cualquier ejército: el bastón de Dios.

Córdoba sitiada

Con estos ingredientes, cocina Lorenzo G. Acebedo una sabrosa mistura de humor, historia e intrigas, tan bien escrita como hilada. Haciendo acopio de personajes históricos, deformados y caricaturizados a placer. Así conocemos a Alvar de Colodro —héroe histórico del sitio de la ciudad y el primero de los hombres de Fernando en pisar la ciudad— convertido aquí en un almogávar sin escrúpulos, brutal e implacable.

También el predicador Odón de Cherinton se convierte en una pieza fundamental de la intriga. Acebedo lo dibuja como un ávido consumidor de vino, líquido elemento de esta saga, también mezclado con las intenciones de Fernando y el códice, aunque por razones muy distintas a las de su majestad.

Lorenzo G. Acebedo hace acopio de personajes históricos, deformados y caricaturizados a placer

Y no son los únicos. El gobernador de Córdoba, Ibn Hud; la poeta Wallada bint al-Mustakfiasí, autora del códice que buscan a ambos lados del asedio; así como el pensador árabe y creador de autómatas mecánicos, Al Jazari, aparecen y participan de una trama que transforma su extensa documentación histórica en una oportunidad para hacer más reales a sus personajes de lo que las crónicas fueron capaces de delinear.

Buen ejemplo de esto último es el propio Fernando III. "El santito" es, en la imaginación del escritor, un monarca acomplejado, de miras estrechas, estrábico y tan brutal como el resto de la soldadesca cristiana que le rodea. Un juego de contrastes con la Córdoba de los poetas, médicos y matemáticos que vive sus horas más bajas entre avaros que solo desean salvar sus posaderas reales antes de que caigan las murallas de la ciudad.

Una tumba en Al-Ándalus

Lorenzo G. Acebedo irrumpió en el panorama literario como un soplo de aire fresco. No hay portadas generadas por IA, armaduras brillantes en las que ver reflejado nuestro tiempo de supremacismos cristianos y reconquistas onanísticas en libros que ponen a unos como rectos hombres de armas y a otros como salvajes bereberes. Y en su tercera novela después de La taberna de Silos y La santa compaña sigue demostrándolo.

No hay portadas generadas por IA, armaduras brillantes en las que ver reflejado nuestro tiempo de supremacismos cristianos y reconquistas onanísticas

Desde Una tumba en Al-Andalus, la Córdoba medieval cobra vida en pleno asedio cristiano. En la toma de la Axerquía, el aroma de los jardines, la grandiosidad de los palacios, el bullicio de los zocos y demás tótems de la cultura andalusí. Resulta a veces tan estereotipada como la del lado cristiano, lleno de hombres brutales, poco dados al aseo y enfermos de la fiebre de la espada. Con la salvedad de que no hay propaganda aquí, sino ingenio y un libro muy bien escrito.

Todo el mundo falla en lo que escribe Acebedo. Todos pecan y tienen más o menos razones para comportarse como un infiel. Berceo está más preocupado por el bebercio que por el evangelio y no es para menos. Al héroe que nos presenta nuestro autor no le mueve ni la fe ni los estandartes. Ávido lector y conocedor de las lenguas mahometanas, no tiene problema alguno en recorrer y hablar con todos los lados de la historia.

Lo que está claro es que entre Acebedo y Berceo el reparto de hostias a discreción haría de cualquier eucaristía un campo de tiro sin cuartel

Será quizás por la vocación monacal de su protagonista, o bien por la que abandonó su autor, pero lo que está claro es que entre Acebedo y Berceo el reparto de hostias a discreción haría de cualquier eucaristía un campo de tiro sin cuartel, más bullicioso que cualquier diócesis y más repleto de vino que ninguna sacristía.

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