
Editorial: Libros del Asteroide
Fecha de publicación: 2026
Tío grande no es Ébano y Jacobo Bergareche no es Ryszard Kapuściński. La historia desde la que viaja el escritor no viene motivada por los abruptos cambios políticos que empujaron al periodista polaco a conocer Ghana, Tanzania, Uganda o Nigeria. Es una partida de mus en recuerdo de su hermano, Roque, asesinado en Angola, la que dispara esta novela.
En el ambiente de cartas, humo y comidas, el encargado del local donde se reúnen amigos y familiares, Amadou, le cuenta al autor la historia de cómo cruzó medio continente desde Guinea-Conakri hasta España. Un viaje de dos años que el joven emprendió con cinco compañeros y que solo culminaron dos de ellos.
Amadou le cuenta al autor la historia de cómo cruzó medio continente desde Guinea-Conakri hasta España
Aquel encuentro fortuito entre ambos hombres se convierte en una amistad, una relación que Bergareche aprovecha para conocer mejor su historia, entrevistarle y emprender un viaje a su aldea natal. En esa reunión con un miles de kilómetros mediante se escribe Tío grande, una mirada que se cruza en la pérdida y el dolor de dos hombres que dejaron una parte importante de sí mismos en algún lugar remoto del continente africano.
Guinea-Conakri
Guinea-Conakri se confunde en la ignorancia europea de tres países llamados casi igual. El lugar de nacimiento de Amadou toma el apellido de su capital, Conakri, para diferenciarse de Guinea Ecuatorial y Bissau. El desconocimiento general de lo que ocurre en casi todo el territorio africano por parte de occidente se convierte en uno de los hilos conductores de este libro.
La condescendencia pálida de quien cree que la vida puede cambiarse radicalmente domiciliando un puñado de euros al mes a una ONG
Un año después de haberse encontrado en aquella partida de mus, ambos viajan atravesando el paisaje guineano hacia Bominí, la aldea natal de Amadou. Su autor no puede evitar perderse en otros viajes previos, hacia Mali cuando era casi un adolescente junto a cooperantes de camino a una aldea de niños apadrinados. Reflexiona sobre condescendencia pálida de quien cree que la vida puede cambiarse radicalmente domiciliando un puñado de euros al mes a una ONG.
Aquel viaje se mezcla con otro a Irán, a una semana de los atentados de las Torres Gemelas, recorriendo un país a lomos de la inconsciencia del escritor que trataba de rodar un documental imposible para aquel país. Uno sobre ancianos que tomaban la determinación de suicidarse a base de láudano, ambas cosas prohibidas terminantemente por la sharía, la justicia islámica.
Un año después de haberse encontrado en aquella partida de mus ambos viajan hacia Bominí
De nuevo parece que dialoga con Kapuściński, en pleno análisis del ascenso del ayatola en El Sha o la desmesura del poder. Pero no hay grandes gestas, solo algunos errores sonrojantes, una huida de la policía que le hizo recobrar la noción de que ser europeo fuera de Europa anulaba el privilegio innato de ser blanco.
Fuera de casa
Lo pone en contraposición con otro viaje, esta vez a Estados Unidos, a Austin. Bergareche se reencuentra con su propia sombra, persiguiendo inversores más rubios que él con los que poder salvar de la quiebra la startup en la que trabajaba, sintiendo la condescendencia de quienes trataba de convencer.
Reconoce que le habría encantado gritarle a aquellos yanquis que se negaban a escucharle, decirles que su vida en España era otra, con amigos, con una red de contactos, con una seguridad al fin y al cabo que desaparecía fuera de casa.
Bergareche entiende el orgullo de quien regresa a donde tiene nombre, apellidos y amigos
Así es como se siente Amadou entre barajas de naipes y humo en el momento en que los dos hombres se conocen en el barrio de Chamartín. Unas páginas después, el guineano pasea por su Bominí natal y Bergareche entiende el orgullo de quien regresa a donde tiene nombre, apellidos y amigos; de quien también necesita verse reconocido después de tanto tiempo fuera.
Una mezquita sobre la arena
Jacobo Bergareche recuerda el archiconocido poema de Kavafis para instarnos a pensar en Ítaca como algo humilde: "Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado". Así es el regreso para ambos hombres. Uno que espera encontrarse con una extensión de la dignidad de aquel hombre que lo ha sacrificado todo para salir adelante; el otro que tiene la esperanza de que algo de la vida de los suyos haya cambiado gracias a su entrega.
Amadou ve cómo el dinero que envía a sus padres se pierde entre familiares codiciosos, se malgasta o no evita que enfermen. Piensa que la vida allí es incluso más sencilla que la suya en España, trabajando y soportando el desprecio y la condescendencia de una pobreza que nunca le abandonará ni a él ni a los suyos.
En su visita a su aldea natal, el guineano le enseña al escritor la mezquita que su abuelo empezó a construir. Un edificio inacabado que se extiende al lado de otro provisional, delimitado con ramas en el suelo. Las personas entran y salen de su perímetro imaginario durante los oficios religiosos con la misma solemnidad que si se adentrasen en Hagia Sophia.
Ese edificio extraño, dibujado sobre la arena, también es la patria. Un lugar que podría ser barrido por el viento en cualquier momento, con unos límites extraños, capaces de desbordarse o hacerse muy pequeños. Una linde dibujada sobre la nada, que nos oprime cuando estamos dentro de ella, que evocamos siempre que nos quedamos fuera y a la que sabríamos regresar siempre, incluso sin tener claro el camino de vuelta.
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