
Elvira Mínguez
Editorial: Espasa
Año de publicación original: 2026
Hay monstruos que comparten espacio en nuestro interior y que nos acompañan desde que nacemos. Pero hay otros monstruos que se aprenden con los años. El monstruo de esta historia es de los segundos.
Matilde es una madre que protege demasiado. Antes lo sospechaba. Ahora lo sabe. Y lo empieza a temer. Su hijo tiene cinco años y ella vive en una permanente alerta. Como si algo pudiera romperse en cualquier momento. Ese exceso —de cuidado, de miedo, de control— es el primer hilo del que tira La educación del monstruo. La pregunta natural no tarda en aparecer: ¿de dónde viene todo esto?
Tres tiempos, tres capas, una misma pregunta: ¿Cómo se construye la violencia?
La respuesta obliga a mirar dentro de sus recuerdos. Obliga a mirar a su madre, Águeda, que emigró a la Alemania de los años sesenta y vivió en una casa compartida donde un adolescente que conoció allí aprendió demasiado pronto qué significa la humillación. Y obliga a mirar todavía más dentro de la propia Matilde. A una infancia en un Valladolid de los años setenta atravesada por el miedo colectivo a un violador de niñas que nadie logra detener.
Tres tiempos, tres capas, una misma pregunta: ¿Cómo se construye la violencia?
Puzle temporal
Elvira Mínguez levanta esta novela sobre una arquitectura tan ambiciosa como cristalina: son tres líneas temporales que dialogan entre sí. No es un mero juego formal, es una forma de pensar el problema porque cada época añade una pieza. Por un lado tenemos la memoria adulta —Matilde intentando entenderse—, por otro el origen familiar —Águeda emigrante en Alemania— y por otro el trauma infantil reprimido —el miedo colectivo vivido en Valladolid—.
El jurado del Premio Primavera le ha otorgado el galardón a esta novela en este 2026
Aquí no se intenta resolver un misterio, sino reconstruir una herencia. La novela avanza como una investigación íntima en la que cada recuerdo no explica, complica. Porque aquí no hay un culpable, sino un entramado de silencios, omisiones y aprendizajes torcidos.
Es por todo esto que acabamos de escribir por lo que el jurado del Premio Primavera le ha otorgado el galardón en este 2026. Ellos hablan de "un mundo de silencios y sospechas que atraviesa dos generaciones". Y esta es probablemente la mejor puerta de entrada. No estamos ante un thriller, sino ante algo más incómodo.
La memoria del miedo
Lo que hace Mínguez en La educación del monstruo no es tanto contar una historia como seguir el rastro de una emoción: el miedo. Cómo se instala, cómo se transmite, cómo se normaliza.
La violencia no es un accidente, sino un proceso: se aprende, se tolera y se hereda
La novela insiste en una idea que la atraviesa de principio a fin: la violencia no es un accidente, sino un proceso. Algo que se aprende, que se tolera, que se hereda incluso sin palabras. Y es ahí donde este libro se vuelve especialmente perturbador.
Porque desplaza el foco: el monstruo deja de ser "el otro" —el desconocido, el criminal— para convertirse en algo más cercano, más difuso, más difícil de señalar con el dedo.
Elvira Mínguez
Hay algo en la escritura de Elvira Mínguez que viene claramente de su trayectoria como actriz. Una atención muy precisa al gesto, al silencio, a lo que no se dice. No es casual. Mínguez es una intérprete con décadas de carrera y un Goya, que ya en 2023 debutó en el mundo de la novela con La sombra de la tierra, una novela que ya estaba muy marcada por la atmósfera y la densidad emocional.
Hay algo en la escritura de Elvira Mínguez que viene de su trayectoria como actriz. Una atención muy precisa al gesto, al silencio
Si aquella ópera prima tenía algo de raíz —de paisaje, de herencia rural—, La educación del monstruo amplía el foco. Es más ambiciosa, más estructurada, más consciente de su propia arquitectura. Mantiene, eso sí, una constante: la exploración del pasado como forma de entender el presente.
Hay también una continuidad en el tono. Una prosa intensa, visual, con ecos de nuestra tradición española. Con estos mimbres, no es casual que haya voces que ya la han vinculado con tótems como su paisano Miguel Delibes o Camilo José Cela a la hora de retratar ambientes y personajes atravesados por lo social y lo íntimo a la vez.
Buenas referencias
Es difícil no pensar leyendo esta novela en libros que hayan trabajado la violencia desde la memoria. Por ejemplo, El corazón helado de Almudena Grandes, por esa idea de que el pasado no se hereda limpio. O Patria de Fernando Aramburu, por la forma en que el miedo se instala en la vida cotidiana. Incluso, buscando otro ejemplo que se salga de la literatura, la película Las niñas, de Pilar Palomero, por ese retrato de infancia en un contexto opresivo.
Pero quizá el eco más claro está en cierta narrativa contemporánea que se pregunta no tanto qué pasó, sino cómo fue posible que pasara. Y es ahí donde la novela de Mínguez encuentra su lugar.
Incomodidad
Ya os hemos dicho que no es esta una novela precisamente cómoda. Pero es que tampoco pretende serlo. Hay algo profundamente inquietante en su planteamiento. El mal no llega desde fuera, sino que se construye dentro del entorno de los propios personajes. Y que hay una cadena, a veces invisible, que conecta generaciones.
La novela funciona como un intento de mirar de frente aquello que normalmente evitamos
La propia autora ha insistido en esa idea de memoria como herramienta para enfrentar el mal, como una forma de "reconstrucción personal y colectiva". La novela funciona exactamente así: como un intento de mirar de frente aquello que normalmente evitamos. Ese monstruo que llevamos dentro. Y una vez localizado pensar en cómo se forma, quién lo educa. Y, sobre todo, quién mira hacia otro lado mientras ocurre.
Porque al final, la pregunta no es dónde está el monstruo. La pregunta es: cuándo empezó a serlo.
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