Ramón Starc

Editorial: Candaya

Año de publicación original: 2026

El 20 de diciembre de 2001, miles de argentinos salieron a la calle a golpear las puertas de los bancos. Querían su dinero. El gobierno de Fernando de la Rúa lo había confiscado dos semanas antes con una medida que pasaría a la historia como el corralito: los ahorros de millones de personas seguían existiendo sobre el papel, pero nadie podía tocarlos. Un día tenías dinero. Al siguiente, no. La ficción sobre la que se asienta toda la economía mundial se había roto en pedazos.

Starc tenía diez años cuando el corralito reventó Argentina. Lo que vio por televisión, dice él, eran zombis

Ramón Starc tenía diez años. Lo vio por televisión. Y lo que vio, dice él, eran zombis.

Starc lleva cinco años viviendo en España. Cursó el Máster de Narrativas de la Escuela de Escritores de Madrid, y fue allí donde empezó a gestarse Que se vayan todos, su primera novela, que Candaya publica ahora. La poderosa imagen de los zombis que el autor cuenta no es casual ni gratuita. La sostiene con una precisión casi clínica: "Los argentinos eran zombis con hambre en ese momento".

Gente que golpeaba cristales, que saqueaba supermercados, que le robaba al bazar de la esquina porque a ellos les había robado uno más grande. La violencia en cadena de quien no tiene nada que perder. Y debajo de todo eso, la certeza que nadie quería verbalizar: la pobreza que vino después del corralito produjo más éxodo que la dictadura de Videla. "Porque la pobreza es lo que más mata", dice Starc.

Siete calles, siete historias, una plaza

La estructura de la novela es tan precisa como la estructura de las calles donde se originó todo. La Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada, tiene siete accesos. Siete calles. Siete capítulos. Uno por cada entrada al epicentro de los disturbios del 20 de diciembre. Y, como lectores, estamos invitados a entrar al libro por el que prefiramos, en el orden que queramos, como si la novela también fuera un espacio público que, cada cual, puede recorrer a su manera.

Dentro de esos siete capítulos conviven personajes que no tienen nada en común excepto el momento y el lugar: el heredero de un banco que empieza a preguntarse cuánto tiene que ver su familia con todo esto, un periodista joven que quiere contar los hechos como el novelista que quisiera ser, un funcionario atrapado en las cloacas de un juzgado, un espía que busca a otro espía, un comerciante chino que se huele que van a venir los saqueos y no piensa quedarse sin hacer nada, una jubilada y un albañil alcohólico que cocinan a diario una olla para cincuenta personas, y un grupo de ciegos que se odia con un grupo de sordos. Y en medio de todo, una chica a la que le gusta el rock.

Siete calles llevan a la Plaza de Mayo. Starc ha escrito un capítulo por cada una. El lector elige por dónde entrar

Ese catálogo de personajes suena a novela coral de manual. Pero no lo es, porque Starc entiende algo que su generación parece haber olvidado: el humor es siempre mejor herramienta que la solemnidad, especialmente cuando se cuentan cosas que duelen. La oralidad de sus páginas, con todos sus modismos rioplatenses, su ritmo veloz y sus ironías, se parece más al Osvaldo Soriano de No habrá más penas ni olvido que a cualquier ejercicio de ficción política solemne.

Un país que implosiona

Starc se hace una pregunta explícita: ¿qué es lo que ocurre cuando la vida de un país y la vida de las personas que viven en él se van al garete a la vez? La novela intenta responderla desde abajo, desde las vidas concretas de gente concreta que un miércoles se levantó y descubrió que las reglas habían cambiado de la noche a la mañana. No hay tesis política. No hay discurso. Hay personajes que navegan el caos con los recursos que tienen, que a veces son muy pocos.

No hay tesis política. No hay discurso. Hay personajes que navegan el caos

Argentina lleva décadas exportando crisis al imaginario colectivo mundial. El corralito, la suspensión de pagos, los cacerolazos. Son imágenes que todo el mundo reconoce y que muy poca ficción ha sabido habitar desde dentro, desde la pequeña escala de lo que le pasa a una jubilada o a un albañil o a un comerciante chino cuando el país se cae. Que se vayan todos lo hace. Y lo hace con la energía de alguien que tenía diez años cuando todo explotó y lleva veinte años sin poder quitarse esa imagen de la cabeza.

Sigue el canal de Ahora Qué Leo en WhatsApp para estar al tanto de todas nuestras reseñas, reportajes y entrevistas.