Mary Beard

Traducción: Silvia Furió

Editorial: Crítica

Fecha de publicación: abril de 2026

Es un día de mayo de 1938, en el interior del Panteón de Roma la luz cae desde su óculo. El hombre que acaba de entrar en su interior pide quedarse solo, la comitiva que le acompaña le abandona en sus pensamientos. Solo queda a su lado quien hasta ese momento ha sido su guía, Ranuccio Bianchi Bandinelli, y el silencio bajo la imponente cúpula se le atraganta en presencia de quien un año después desataría la Segunda Guerra Mundial: Adolf Hitler.

El arqueólogo italiano, marxista y miembro de comités antifascistas en Italia fantaseó con la idea de un atentado durante la visita del Führer a la capital. Aquel viaje sirvió al propósito del fascismo italiano de generar un vínculo histórico con el nazismo y la noción de una Europa que resurgía desde los cimientos de los estudios clásicos. Pero Bandinelli sabía que quienes desempolvaban la historia, lo hacían solo para reclamarla como propia.

La Antigua Roma que hoy visitamos es la que el Duce quiso mostrarnos como parte de su proyecto político

La Antigua Roma que hoy visitamos es la que el Duce quiso mostrarnos como parte de su proyecto político, unido a otro arqueológico que fantaseó con una Roma que se daba la mano con su tiempo; la cúpula que Hitler observaba aquel día era un reflejo de las que Albert Speer diseñaba para su Berlín soñado; y los discursos de los antiguos estadistas de la Ciudad Eterna se llevaban usando, desconsideradamente, para apoyar ideas a cada cual más nefasta.

En Clásicos sin filtros, la historiadora y divulgadora Mary Beard recorre muchas de estas anécdotas para explicar cómo la Antigüedad ha sido manoseada por nuestros propios intereses. Un libro que trata de desmontar la visión pálida y virtuosa de un mundo que solo conocemos a través de las consideraciones de quienes previamente trataron de mirarse a través de la historia.

Salve anglicus

No solo Hitler y Mussolini soñaron con codearse con Escipión o Julio César. El Imperio Británico se autoproclamó, durante sus momentos de mayor expansión, como baluarte de los estudios clásicos. Espolios aparte, la cultura clásica era un conocimiento fundamental para quien pretendiese postularse como representante del orden colonial y cuanto más se desenterraba, más griegos y romanos se sentían los antiguos britanos.

Curioso esto último, en parte, porque Britania fue la piedra en la sandalia romana (caligae en el caso de las que portaban los legionarios), incapaces de conquistar todo su territorio y forzados a construir un muro para contener a sus indígenas. Así el Imperio Británico jugaba a un doble juego en el que invasores e invadidos se cristalizaban bajo una misma identidad, tan tramposa como todas las que han intentado reclamar dicho mundo como propio.

El Imperio Británico se autoproclamó como el baluarte de los estudios clásicos

La Nueva Delhi de Edwin Lutyens es un buen ejemplo de ello. Beard nos recuerda la cantidad de edificios civiles que Lutyens levantó en la ciudad, siguiendo el orden racionalista sustentado en columnas clasicistas, estatuas y calles en damero. Imponiendo un orden 'occidental' que recordaba a sus habitantes bajo qué yugo se encontraban, de forma similar a cómo había funcionado la romanización en la Antigüedad.

John Collingwood Bruce escribió un incendiario artículo titulado Las ventajas prácticas resultantes del estudio de la arqueología en el que ironizaba sobre la supuesta 'utilidad' que el Imperio podía brindarle a los descubrimientos históricos en clave de rigurosa coña y llegando incluso a citar la utilidad de los suelos calefactados romanos en la fría Crimea, donde las tropas británicas combatían y morían a montones. Porque, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?

Latinistas y racistas

Si de algo han servido dichos estudios ha sido para segregar a las personas. Durante años, el latín y el griego se convirtieron en vehículos que permitían atravesar estratos sociales e instituciones de enseñanza. Codearse con la alta sociedad significaba hacerlo a través de Virgilio u Homero. Así el estudio de estas lenguas quedaba relegado a las personas de alta alcurnia, perpetuando el clasismo clásico. Y no solo por una cuestión financiera, también de género.

Solo un hombre adinerado podía referirse 'correctamente' en latín en público

La historiadora señala el verdadero origen del sistema de acentuación en latín, inventado cientos de años más tarde por los monjes copistas bizantinos en el siglo VII d.C. Este complicado compendio de reglas solo era enseñado a los hombres en la Inglaterra del siglo XIX, y su buen uso resultaba fundamental a la hora de ocupar una posición en un ámbito público. Por lo que solo un hombre adinerado podía referirse 'correctamente' en latín en público. Saquen sus propias conclusiones.

Alexander Crummel, un sirviente negro estadounidense, fue un paso más allá y en 1830, después de escuchar a un senador blanco decir que cuando "un negro conociese la sintaxis griega, creería que son seres humanos y debían ser tratados como tal". Crummel consiguió 26 años más tarde convertirse en el primer estudiante negro en graduarse en Cambridge, estudiando precisamente griego antiguo y dedicando su vida a la lucha por los derechos civiles.

Aguantarnos la risa

Beard dedica buena parte de este libro a intentar deshacer los lazos que unen a los estudios clásicos con el auge del fascismo y el uso y abuso de su iconografía con fines propagandísticos. La clave de la historiadora es la de no caer en el anacronismo que nos hace buscarnos a nosotros mismos en aquellos hombres que tomaron sopas antes de que Cristo fuese monaguillo.

"La antigüedad no es ni de izquierda ni de derechas", explica en lo que podría ser la frase candidata a la obviedad del mes, pero que conviene, tristemente, recordar en tiempos de amnesia fachorra. Escribe también la divulgadora sobre cómo en el proceso de tirarnos de nuestros propios pelos para desenterrar el pasado, nos encontramos con lo más desalmado y lo más virtuoso todo al mismo tiempo.

"La antigüedad no es ni de izquierda ni de derechas"

Porque si algo tiene de provechoso estudiar el pasado no es justificar las crueldades del presente, sino comprender mejor que hoy y siempre hemos estado sujetos a los mismos miedos, tiranías y momentos patéticos. Como aquel de Lucio Casio Dion, quien tras observar cómo el emperador Cómodo masacraba cientos de animales enjaulados en su particular cacería amañada, dedicó a las primeras filas de senadores un saludo, espada en ristre con el cuello de una avestruz sujeto con la otra mano.

La imagen de aquel hombre, infantiloide, como diciendo "sois los siguientes", después de haber demostrado una puntería que solo rivalizaba con su incompetencia para enfrentarse con las bestias en igual batalla, le provocó a Dion un ataque de risa. Y dado que la risa habría supuesto una sentencia de muerte en aquella situación, a toda prisa tuvo que meterse una hoja de parra en la boca para aguantar la carcajada.

Porque igual que entonces, quienes tratan de transmitirnos miedos son tan patéticos como sus intenciones: primorosos herederos de un orden anterior, hijos de una loba a la que las tetillas ya le duelen de tanto como las han mordisqueado los nazis y fascistas que se empeñan en convertir la historia de la humanidad en su particular estercolero ario.

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