
Editorial: Anagrama
Fecha de publicación: 2026
Como viene siendo habitual cada septiembre, la rentrée va acompañada de seísmos literarios, de conversaciones doctas sobre la necesidad de que se publique tal o cual libro. La última viene a colación de la última novela de la canaria Andrea Abreu, autora de uno de los libros revelación del año pandémico, Panza de burro, que vendió 80.000 ejemplares y agotó 40 ediciones, convirtiéndose por el camino en motivo de discusión de aquellos meses de encierro.
'Panza de burro' vendió 80.000 ejemplares y agotó 40 ediciones
Discusión que giraba en torno a cómo estaba escrito el libro y el léxico canario, casi hablado, que derramó en sus páginas después de investigar y recopilar miles de expresiones y palabras. La buena noticia es que el estilo estaba en el centro del debate, en la oralidad, en el registro escogido y en un juego de lenguaje tan espectacular como polarizador. Rara avis teniendo en cuenta que cuando se discute sobre libros, se suele uno olvidar de leerlos y se centra más en quienes los escriben.
Ahora publica Pajaritos preñados seis años después del éxito de su primera novela. Deja el sello Barrett y lo hace en Anagrama, aunque es continuista con el compromiso de la tarea empezada con aquel primer texto, duplicándolo en volumen y número de expresiones. Un más difícil todavía que ya ha provocado debates, antes incluso de que se secase la tinta de su edición definitiva.
Ansina escrito
Sus protagonistas son Cathaysa, de 16 años y en plena ebullición hormonal, a quien conocemos el mismo día de su cumpleaños. Su padre, El Tiznado, trabaja como chatarrero, debatiéndose con los demonios del alcoholismo y la locura por la custodia de su propia vida. Entre ambos está Engracia, la madre de Cathaysa y quien más ha sufrido los desmanes del padre.
Abreu pone el foco en padre e hija, alternando la narración entre ambos, y esta se desborda en su oralidad, sin guiones ni pausas, mezclando el estilo indirecto a través de un narrador al que sentimos casi mover los brazos mientras intercala expresiones como "se sentía desinquieto con una jormiguilla" o dice del Tiznado que "anda porai de trulenque" y "sabe más que siete viejas".
Abreu pone el foco en padre e hija, alternando la narración entre ambos, y esta se desborda en su oralidad, sin guiones ni pausas
Las imágenes que evocan la literalidad de sus expresiones se pegan a los cuerpos de los protagonistas, la escritora les pone a trajinar a través del mismo campo semántico que sale de sus pensamientos. Aquí hay sexo, hay golpes y vísceras, sin saber muy bien si están ahí porque las palabras estaban antes de todo aquello o la realidad se ha acercado hasta confundirse.
Puedo decir sin miedo a equivocarme que este es el texto más físico que he leído nunca. Como ejemplo, resuelve su autora una pelea multitudinaria en sus primeras páginas casi golpeando el teclado al tiempo que escribe. Aparecen comas y puntos donde no deberían, sintiendo la misma rabia y urgencia de quienes están recibiendo la golpiza.
Resuelve su autora una pelea multitudinaria en sus primeras páginas casi golpeando el teclado
Un ejercicio de literalidad que podría ser la página negra de Laurence Sterne en Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy —el escritor irlandés dejó una página en negro en su novela de 1759 para expresar el duelo por la muerte de uno de sus protagonistas—. Porque si algo consigue Abreu es colocarnos en el centro mismo de las cosas, sin posibilidad de pasar de puntillas por las vidas de sus protagonistas.
Pobres gentes
Ya con Panza de burro, el asunto de la oralidad provocó reacciones adversas. Hubo quien tachó al texto de artificioso e irreal, tachando de rebuscadas las expresiones y canarismos usados por la autora. Es importante señalar que el relato se centra en el norte de Tenerife, en plenos años 90 de desarrollo turístico en la isla, aunque en una región alejada de las grandes cadenas hoteleras, donde el analfabetismo y la pobreza eran parte del día a día de muchas poblaciones.
Más palabras hay en los personajes de Chejov y Dostoievski que las que las pobres gentes en las que basaban sus libros dirían en toda su vida
Más palabras hay en los personajes lúgubres y empobrecidos de Chejov y Dostoievski que las que las pobres gentes en las que basaban sus libros dirían en toda su vida. El Tiznado no observa el mundo a través de los ojos de la escritora, lo hace con lo que más a mano tiene: la chatarra olvidada entre la basura de quienes tienen más que él y los signos que la naturaleza le arroja como "los vuelvepiedras en los bajíos de la mar corri-corri como centellas".
Porque las plantas y los animales están por todos lados. Su protagonista ve en la pesca una noche signos fatales, en el tamaño exagerado del jurel que acaba de sacar del agua o en el vuelo estático de un cernícalo que interpreta como un símbolo de una pérdida económica inminente —unas páginas más tarde le perdemos sentado frente a una máquina tragaperras—.
Cathaysa pergeña con la naturaleza también, pero con la propia que todavía desconoce y se materializa en el deseo que le aflora
Cathaysa pergeña con la naturaleza también, pero con la propia que todavía desconoce y se materializa en el deseo que le aflora cuando ve al Higo Pico, un joven del que se enamora cuando cumple los 16 años. Ese mismo lenguaje convierte su cuerpo en "solo carne revoltadilla retorciéndose arriba de una col de orilla" y la deja "ya con todo el chocho desvarado como la pretina de un pantalón de chándal viejo".
Unas páginas después, cerca del clímax que siente por primera vez en su vida, recuerda a las frutas, redondas y perfectas, que su madre había llevado ese mismo día como ofrenda a la Virgen del Socorro. Frutas compradas en el mercado, muy distintas a las que comen habitualmente ella y sus padres, mezclando la vergüenza de clase con ese placer nuevo que la hace mirar por primera vez a las cosas buscando morderlas y hacerlas suyas.
Pajaritos preñados
La portada evoca estas poblaciones del norte de la isla través del trabajo fotográfico de Lili Ana Ramos y su serie This is Acentejo, cuyo espíritu resume en "antipostales", instantáneas que escapan de la imagen idealizada de las islas, enfrentándose a la gentrificación y la presión turística: "El territorio está cambiando rápidamente, sufre de asfixia frente a una supuesta modernidad que, otra vez, viene de lejos o de muy lejos", reza la página web de Ramos.
El Tiznado observa el sur tinerfeño, de las alemanas que devora con la mirada en las playas de arenas importadas, finas y blancas que nada tienen que ver con la piedra oscura y volcánica de la isla. Sus personajes se detienen a echar un "fisco de vino" en uno de los pocos bares canarios que quedan, conscientes de que cuando atraviesan un límite invisible la isla ya no es para ellos.
Cuando atraviesan un límite invisible la isla ya no es para ellos
Observa el progreso porque lo rapiña, rebusca en las cunetas lo que otros no quieren para decorar su casa y cuelga de sus paredes sombreros mexicanos, carteles y neones de esa nueva vida que se abre paso. Pero nada sabe de dicho progreso y este no le espera. Cathaysa sabe que su futuro es convertirse en Engracia, su madre. Emular los errores, entregarse al Higo Pico y "raspar el cemento pegotiado de sus pantalones".
Hay una sensación general de ese Naturalismo del Germinal de Zola, de la negación del libre albedrío para sus protagonistas, condenados a la pobreza heredada y transmitida a través de su prole. Esa pobreza termina de confundirse con las palabras y las expresiones, las mismas que les atan a sus pasiones, que maceran sus conclusiones o cristalizan sus miedos.
Esa pobreza termina de confundirse con las palabras y las expresiones, las mismas que les atan a sus pasiones, que maceran sus conclusiones o cristalizan sus miedos
Es el graznido de los pajaritos preñados que anidan en la cabeza del Tiznado los que le impiden ver la realidad tal y cómo es. La locura de uno la puede heredar su hija. Los traumas del alcoholismo, la pobreza y la exclusión social se transmiten con la misma fuerza irremisible que las supersticiones, igual que el lenguaje que las ata a la tierra de la que viven y en la que mueren.
Esa conexión con la tierra es la que en última instancia completa a Pajaritos preñados y lo convierte en un texto vivo, que nos obliga a oler y sentir mientras leemos. Más allá de polémicas, artificios y cabriolas varias, quien se aventure a leer este libro tendrá que estar cómodo en la piel de sus protagonistas y dispuesto a recorrerlo con algo más que ojos.
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