Su propia imagen les causa inquietud o disgusto

Su propia imagen les causa inquietud o disgusto

Cortar con tu propia imagen: hablamos con gente que no se quiere volver a ver ni en fotos ni en espejos

Su propia imagen les causa inquietud o disgusto, no se reconocen o sencillamente están mejor sin exponerse a ella. Evitan los espejos y las fotografías y si alguien les toma un retrato prefieren no saber nada de él. Para algunos es una decisión tan antigua que no recuerdan exactamente cuándo la tomaron, para otros se trata de una mala relación con el paso del tiempo. Hablamos con personas que no quieren volverse a ver.

Cortar con tu propia imagen
Cortar con tu propia imagen | Getty Images

ELISA VICTORIA | Madrid | 19/02/2019

Para Carlos, de 54 años, el rechazo de su propia cara empezó hace décadas: “A partir de los catorce o quince años mi reflejo me empezó a afectar muy negativamente. Tuve un grave problema de acné y se me cubrió la cara entera de granos, las mejillas, la nariz, la frente, la barbilla, todo. Probé muchos remedios hasta que me harté y empecé a pasar del tema, a no mirarme, a actuar como si nada, y mi vida fue a mejor en todos los sentidos. Considero que fue una buena decisión. Sentí alivio, pude pasar página”.

“Tras varios años, casi diez, el acné empezó a remitir y pensé que me podría reconciliar con mi imagen pero tenía la cara llena de cicatrices y agujeros que tampoco me hacían sentir bien. Así que preferí mantener la costumbre, no me costó trabajo".

"Tengo una imagen mil veces más nítida de mi cara de niño que de esta mañana. Durante años sólo me miré para afeitarme, ver algún problema en la piel o algo así, pero no me llegaba a mirar la cara entera, sólo zonas concretas, y nunca pasaba de ahí. Ahora llevo barba y es más fácil todavía. Me lavo y me seco sin tener que verme”, añade.

Para Juana, de 66, el proceso de rechazo empezó mucho más tarde: “Para mí tiene que ver con el envejecimiento claramente. Hasta los 35 años o así yo siempre me sentí muy bien conmigo misma, me veía guapa, bien, más gorda, más flaca, embarazada, porque tengo tres hijos, pero siempre bien. Pero a partir de los cuarenta cuando me arreglaba en el espejo se empezó a volver raro".

"Me disgustaba y se me quitaban las ganas de hacer cosas. Era como si no me reconociera y eso me causaba cierto terror. Y me di cuenta de que tenía tanta destreza peinándome, maquillándome y vistiéndome que ya no necesitaba verme, que podía hacerlo igual sin la ayuda del reflejo. Más tranquila estoy mil veces. Fotos tampoco quiero y con eso sí hay más problema porque hay gente que se lo toma mal”, explica.

Estoy en mi derecho

Las fotografías de grupo son un recuerdo que muchos aprecian y Juana encuentra dificultades de comprensión en entornos con poca confianza: “Mi familia y mi entorno cercano están acostumbrados y no se le da importancia, incluso se ríen y ya está porque les digo que estoy en mi derecho a imaginarme a mí misma como si tuviera veinte años y les hace gracia".

"Alguna vez pueden salir a darme el sermón de que estoy muy guapa y no debería andarme con complejos tontos y eso pero me dejan rápido, ya saben lo que hay. Pero la gente que no conoces mucho se puede poner muy pesada y me molesta. Insisten muchísimo y resulta incómodo, le temo al típico momento de la foto de grupo en la que no quiero salir", dice.

"Hay gente que se lo toma como algo personal, como que no quiero salir con ellos y que no tengo interés en recordar el momento junto a ellos. No tiene que ver con eso. Las fotos no son un deber de buena educación ni nada. Si a alguien no le gusta hay que respetarlo. Alguna vez me he dejado llevar y luego para qué, puf, me he arrepentido”, afirma.

Subir al ascensor con la vista al suelo

“No me suelen dar mucho la brasa con las fotos”, explica Carlos a su vez, “la mayoría de la gente sabe que no salgo en fotos y punto, y si me insisten contesto con tanta seguridad que de inmediato saben que no hay nada que hacer, que es una especie de principio. Aunque alguna vez se han aprovechado de que estaba contento para suavizar la cosa y sacar la cámara. Tampoco me ha molestado pero no quiero que las publiquen en ninguna red ni que me las enseñen. Con eso me basta.”

Pero el mundo está plagado de reflejos, ¿cómo lo hacen para evitarlos?

“Estoy muy entrenado para entrar en los ascensores con la vista en el suelo”, explica Carlos, “pero a veces te coge el reflejo por sorpresa, en un cristal muy limpio o en un espejo en un lugar inesperado. Lo evito de inmediato. Lo poco que llego a ver me causa extrañeza pero me lo suelo tomar con humor. No siento curiosidad. Estoy más tranquilo así.”

“Los espejos me los veo venir”, coincide Juana, “y los reflejos casi que también. Llega un momento en que vas siempre a lo tuyo y no te fijas en eso. Si te reconoces apartas la mirada rápidamente y ya está. Aunque a veces un solo segundo puede ser perturbador y alterarte varios días, la verdad.”

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