Lo llaman ?el séptimo continente?. En medio del Océano Pacífico, entre Hawaii y California, una inmensa isla de plástico ocupa 1,6 millones de kilómetros cuadrados. O, lo que es lo mismo, tres veces el tamaño de Francia, lo que la convierte en la mayor concentración de basura del planeta. Y no para de crecer, alimentada por el incesante volumen de desperdicios que generamos los humanos a nivel global. Los estudios alertan de que, de cara a 2050, habrá más plástico que peces en el mar.

Que el plástico contamina los mares lo sabemos desde hace tiempo. Que el tiempo que necesita para degradarse (más de un siglo, en el caso de las bolsas) es incompatible con nuestra manera de generarlo, es una obviedad. Y sin embargo, no ha sido hasta hace bien poco que hemos empezado a tomar conciencia del problema. Entre otras cosas, espoleados por las normativas que empiezan a imponerse desde las administraciones.

España prohibirá las bolsas de plástico no biodegradables en 2021. Del mismo modo, ese año marcará también el fin de los artículos de plástico de un solo uso, como platos, cubiertos, bastoncillos de algodón y envases de poliestireno para alimentos, que la UE ha decidido eliminar de raíz.

Las preguntas que surgen son muchas: ¿Se puede vivir sin plástico? ¿Cómo? ¿Cuáles son las alternativas? ¿Estamos preparados para este cambio de modelo?

?Vivir sin plástico hoy en día es prácticamente imposible?, señala Carlos Arribas, de Ecologistas en Acción. ?Sí: la gente toma cada vez más conciencia del problema: se empiezan a generalizar las compras a granel y cada vez son más los que compran productos frescos llevándose un tuper. Pero la solución no está en manos del consumidor, sino de las grandes envasadoras y cadenas de distribución?.

Para el portavoz de Ecologistas en Acción, ?vivimos una situación de impass: la industria todavía no garantiza la biodegradabilidad de los nuevos materiales en los que se está trabajando. Nos consta que se están buscando alternativas, pero aún no las hay?.

Entre esas alternativas, los plásticos cuya fabricación no procede del petróleo, sino de productos vegetales como el maíz o la patata. ?Los llamados bioplásticos suponen una avance, pero lo cierto es que no se puede garantizar su grado de biodegradabilidad?, explica Arribas.

?Todos los estudios aseguran que son degradables en condiciones industriales, con determinada temperatura o un cierto grado de humedad. Pero si se abandonan en el medio natural, no se puede garantizar esa degradabilidad. Por tanto, no se puede garantizar que sea una alternativa sostenible?, apunta Arribas.

Más allá de los bioplásticos están los materiales naturales como el lino, el cáñamo o la fibra de coco, cuya fabricación requiere mucha menos energía que el plástico tradicional, y a los que muchos señalan como el futuro. Arribas pone el foco también en materiales de siempre, como el papel o el cartón. ?El problema es que muchas veces son materiales compuestos que incorporan una capa de plástico, por lo que volvemos a las andadas?, lamenta.

Más que buscar materiales que se degraden con mayor facilidad, la alternativa es otra. ?Reciclar está bien, pero es muy importante poner el foco en la reutilización?, señala Arribas.

Y pone un ejemplo: ?En Alemania, la Coca Cola se vende en envases de pet reutilizables: el usuario devuelve los envases en perfecto estado y obtiene una pequeña cantidad de dinero que pagó al adquirir el producto. Es el llamado sistema de depósito, devolución y retorno de envases (SDDR), que se ha demostrado muy útil y que aquí no adoptamos. La consecuencia es obvia: la mayor parte de los residuos plásticos no acaban en el contenedor amarillo, sino en el vertedero, abandonados en el medio urbano o en el medio natural?.

Alba García, de Greenpeace, coincide en este punto: ?El verdadero problema es la cultura del usar y tirar?, denuncia. ?No se trata de encontrar nuevos materiales, sino de apostar por un cambio de modelo que incida en la reutilización y en la economía circular, un concepto que parece estar últimamente en boca de todos pero que, en la práctica, aún está lejos de ser una realidad?.

Desde Greenpeace se han recogido más de un millón de formas para pedir que los supermercados eliminen el plástico de productos como la fruta o la verdura, algo hoy muy común en cualquier establecimiento. ?La sociedad va empujando cada vez más?, afirma la portavoz de Greenpeace.

Dicho lo cual, queda en el tintero la que quizá sea la más importante de todas las preguntas: ¿Hay futuro? ¿Tiene solución el gigantesco desastre que hemos creado? ?Desde Greenpeace somos optimistas?, apunta Alba García.

?Creemos que la situación va a ir cambiando poco a poco, pero es fundamental que las empresas y los gobiernos tomen cartas en el asunto, se responsabilicen del problema y no dejen las soluciones en manos del consumidor. Ahora, con la nueva normativa europea, tienen una oportunidad para hacer bien las cosas. El objetivo es que no lleguen más plásticos al mar. Después ya veremos cómo arreglamos lo que hemos hecho?.