Ansiedad, precauciones constantes, obsesión y aislamiento

Ansiedad, precauciones constantes, obsesión y aislamiento

Cuando sufres verdadero terror al calor del verano: así es la termofobia

La termofobia es un fuerte terror hacia la posibilidad de experimentar sufrimiento a costa del calor. Como era de esperar, sus efectos se magnifican con la llegada del verano pero también puede venir provocado por prendas muy abrigadas o calefacciones altas en invierno. Hablamos con varias personas sobre esta fobia tan común.

Ola de calor
Ola de calor | iStock
ELISA VICTORIA
 |  Madrid | 05/06/2019

La sed, la deshidratación, el sudor, las quemaduras o las alergias son algunas de las amenazas que desprende el calor y en muchas personas llegan a causar un temor extremo. Paula Bermúdez, sevillana de veintiséis años, lo recuerda así especialmente desde que empezaron sus años universitarios.

“Nunca me gustó mucho el calor pero antes, cuando las obligaciones se reducían normalmente a ir y volver del colegio o el instituto y realizar gestiones por la misma zona, no era tan grave. Cuando entré en la Universidad tenía que ir y volver de muy lejos y el regreso al mediodía se me hacía muy, muy desagradable".

"El transporte público a rebosar, las esperas en las paradas de autobús, las caminatas a las peores horas, la piel irritada, la sed, lo llevaba fatal. Siempre procuraba llevar botella de agua y abanico y si se me olvidaban tenía que pasarme todo el camino sofocando un ataque de ansiedad a punto de explotar", dice.

Las precauciones de este tipo son muy frecuentes en las personas que temen al calor. Marisa también es de Sevilla, tiene sesenta y uno y cuando empieza a apretar el calor se arma de herramientas para combatirlo: “la crema solar de factor cincuenta, por supuesto, porque soy pálida y me salen quemaduras y ronchas con nada, la botella de agua imprescindible, el abanico, el agua termal en spray para rociarme la cara y el pecho me ha salvado de más de un sofoco. Verme en una caminata sin ninguno de estos recursos es para mí un panorama verdaderamente desesperante y aterrador.”

“La ropa tiene que ser fina y sueltecita,” continúa especificando Marisa, “de tejidos muy transpirables, tengo que ir andando siempre por la sombra, en cuanto entro en un sitio lo primero que voy buscando es que haya aire acondicionado. Si me invitan a una casa donde no son calurosos o no les gusta el aire acondicionado, que lo entiendo porque hay gente a la que le sienta mal, lo paso fatal y no puedo pensar en otra cosa durante toda la estancia, estoy deseando irme y no puedo concentrarme en nada más. No me pongo ropa muy abrigada ni en invierno y es raro que ponga la calefacción, mi problema es el contrario. Ir de compras en invierno por ejemplo y que haga calor en las tiendas me agobia también muchísimo, o los edredones muy gordos”.

Pablo, de treinta y cuatro, también se siente más cómodo en general en invierno: “prefiero el frío en todos los sentidos. En otros países tal vez dijera algo distinto pero vivir en Madrid en verano se me hace muy duro, que no suele refrescar ni por la noche. A mucha gente le gusta la vida veraniega, disfrutan de la luz, de ponerse morenos, de la moda tropical, aprovechar el ocio al aire libre, pero a mí no me atrae nada de eso porque todo implica que estoy sufriendo, prefiero la estética del invierno, me hace sentir seguro".

"Con el calor sudo mucho, me siento un desastre y le tengo pánico a ir a trabajar, se me hace una tortura, me paso los caminos obsesionado con tener agua y buscar sombra, y el ambiente del metro cuando hace calor es muy agobiante”, añade.

Marisa llega a aislarse voluntariamente durante los meses calurosos que en su tierra abarcan más que los de verano: “depende del año porque hay días de abril que ya puedo estar muy sofocada, pero a partir de mayo es raro que salga a la calle en momentos que no sean la mañana temprano o la noche, y hasta octubre no me vuelvo a relajar".

"Si me veo obligada a hacer alguna gestión al mediodía me puedo agobiar bastante pero lo peor son las horas de la tarde, entre las cinco y las siete o así, le tengo verdadero pánico. Sudo a chorros, me mareo, siento que me desvanezco, me dan ganas de vomitar. La playa tampoco me gusta nada, me da mucha ansiedad, sólo la visito a última hora de la tarde. Si por ejemplo algún amigo dice que quiere visitarme en verano me causa mucha ansiedad porque la idea de salir a pasear a cuarenta grados me aterra. Si salgo es porque ha refrescado ocasionalmente y aprovecho o por obligación”, asegura.

“No suelo disfrutar mucho de la primavera, que es un periodo muy bonito, porque es una especie de preludio del infierno. Cuando se acerca el verano me empiezo a sentir desanimada y atrapada”, explica Beatriz, “sé que van a ser un montón de días de amargamiento, se me hace eterno, a veces no se calma la cosa hasta mediados de octubre. La llegada del otoño está para mí plagada de esperanza, siento alivio, me hace sentir segura y motivada, como si hubiera sobrevivido a algo muy duro y agresivo y tuviera otra oportunidad. Si por mí fuera no saldría de casa en cuatro meses”.

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