“Trastorno o malestar producido por un viaje en avión con cambios horarios considerables”. Así define la RAE el jet lag, una desagradable consecuencia de los desplazamientos que suponen el cruce de varios meridianos (suelen manifestarse cuando pasamos cinco o más husos horarios).

El cuerpo humano se resiente por el desfase entre su reloj interno, el que marca los ciclos de sueño y vigilia y controla los procesos fisiológicos, y el nuevo horario que le imponemos al llegar a nuestro destino.

Aunque no hace falta viajar a otro continente para sufrir síntomas como el cansancio y la apatía que caracterizan a esta descompensación horaria. Quien más y quien menos se habrá sentido alguna vez decaído y más somnoliento de lo normal en invierno, cuando las noches son más largas y la luz solar menos abundante e intensa.

En esta estación podemos sufrir lo que algunos expertos han bautizado como jet lag social, al obligar a nuestro aletargado organismo a seguir un ritmo de actividad que no concuerda con su nivel de energía. Por eso, algunas evidencias científicas sugieren que podríamos sentirnos mejor si cambiáramos de rutinas esos meses, por ejemplo, acortando la jornada laboral. Así, de paso, ganaríamos en productividad.

El trastorno afectivo estacional

Este desfase entre el reloj biológico o circadiano y el social se une al popular trastorno afectivo estacional (TAE) o depresión invernal. Aunque no todos lo experimentan, quienes lo sufren se encuentran bajos de ánimo y tristes durante los meses más fríos y oscuros del año (es raro que aparezca en otras estaciones).

Hay multitud de hormonas y otros químicos encargados de regular nuestro reloj interno. También influyen factores externos, como la luz solar. Existen un grupo de neuronas especiales en la retina de los ojos que captan los cambios de brillo y color para calibrar el reloj circadiano.

La escasez de luz natural provoca una disminución de los niveles de serotonina y un aumento de los de melatonina; ambas hormonas controlan el estado de ánimo y los ciclos de sueño y vigilia. El cerebro nota la alteración en la presencia de estos mensajeros químicos y por eso entramos en un estado de cansancio y apatía.

Nuestro reloj circadiano nos pone en marcha más tarde en invierno | Acharaporn Kamornboonyarush I Pexels

Preparados para hibernar

El mecanismo biológico de adaptación a los niveles de luz es en realidad una estrategia evolutiva para provocar cambios fisiológicos, bioquímicos y de comportamiento en los seres vivos según el momento del día y del año. Por ejemplo, sirve para preparar al organismo para la reproducción o la hibernación.

El hecho de que amanezca más tarde en invierno supone un retraso de fase en nuestro reloj circadiano. Esto significa que se demora la activación del cuerpo y explica que nos cueste más madrugar cuando todavía es de noche. Un estudio que analizaba tres sociedades preindustriales (sin alarmas, ni móviles) de Suramérica y África registró que estas comunidades dormían alrededor de una hora más en invierno.

Cuando los que sí escuchamos cada mañana el despertador nos levantamos y comenzamos las rutinas diarias antes de que haya salido el sol, se produce un desfase entre lo que marca nuestro reloj interno (dormir) y lo que le imponemos (ir a trabajar).

Las consecuencias para la salud

Este jet lag social puede causar problemas de salud, como sugieren investigaciones que han buscado diferencias entre las personas que viven en los extremos opuestos de una zona horaria. Al ser estas tan amplias, aquellos que viven más al este ven el amanecer hasta una hora antes que los occidentales.

Así, aunque todos los habitantes de un huso horario tienen el mismo horario laboral, algunos deben abandonar la cama cuando aún es de noche. Este podría ser el motivo de que las poblaciones más orientales sufran más trastornos de sueño y de ánimo y riesgo de desarrollar ciertas enfermedades.

Otro buen ejemplo es España, cuyo huso horario no se corresponde con el de Reino Unido a pesar de que ambos países están alineados, sino que utiliza el de Europa central. La falta de horas de sueño que conlleva este desfase se ha relacionado con problemas de estrés y disminución del rendimiento.

Si bien no se ha probado que trabajar menos o entrar más tarde a la oficina en invierno nos haga rendir más y sentirnos mejor, algunas evidencias sugieren que es así. Se ha comprobado, por ejemplo, que los adolescentes tienen más energía en clase si su comienzo se retrasa (su reloj interno va cuatro horas atrasado de manera natural).

En la estación fría, las personas llegan tarde al trabajo más a menudo y se registran mayores tasas de absentismo laboral, tendencias que se han relacionado con las variaciones en el fotoperiodo. Dejar que los empleados lleguen un poco más tarde o adaptar su horario a las horas de luz podría no solo suponerles una alegría, sino también aumentar su productividad.