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GIGANTISMO... Y TAMBIÉN ENANISMO

El curioso efecto del síndrome de la isla en los animales

Hay una curiosa tendencia observada en muchas islas en todo el mundo, tendente hacia el gigantismo y a la dispersión menos eficiente en su fauna

Tortuga gigante de las Galápagos

CC Tortuga gigante de las Galápagos

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Las islas han sido desde la fundación de la teoría evolutiva un escenario fundamental para entender cómo surgen y evolucionan las nuevas especies.

No por casualidad, uno de los descubridores de la evolución por selección natural, Alfred R. Wallace, desarrolló gran parte de sus investigaciones en el Archipiélago Indomalayo, donde pudo comparar la fauna de las distintas islas y preguntarse qué había dado lugar a los patrones de distribución de especies parecidas pero claramente diferentes.

Charles Darwin, por su parte, también tuvo la oportunidad de observar fenómenos parecidos, por ejemplo en las islas Galápagos, cuyas especies habitantes, a pesar de tener unas características muy diferentes, reflejaban fenómenos paralelos que le hicieron llegar a la misma conclusión de forma independiente.

Las islas son como laboratorios naturales en los que tenemos la ocasión de observar caminos alternativos que ha recorrido la evolución diferentes a los que tuvieron lugar en tierra firme.

Sin embargo, lo que ocurre en las islas no es sólo 'diferente' sin más. Los biólogos han advertido unos patrones interesantes que se dan con frecuencia en todo tipo de animales y que se conoce genéricamente como 'el síndrome de la isla' (y que no tiene nada que ver con ninguna serie de televisión en la que estéis pensando). En concreto, las especies endémicas de las islas presentan muy frecuentemente una tendencia al gigantismo de animales que son pequeños en el continente y a una dispersión menos eficiente.

En el caso de las Galápagos, por ejemplo, encontramos dos gloriosos ejemplos de este síndrome. Allí viven las famosas tortugas terrestres gigantes, las mayores del planeta, distribuidas en varias de sus islas siguiendo un patrón evolutivo bien estudiado por los biólogos. Respecto a ejemplos de pérdida de capacidad de dispersión, en este mismo archipiélago vive el cormorán de las Galápagos, que al contrario que el resto de sus congéneres (y que sus ancestros que llegaron a la isla) ha perdido la capacidad de volar.

dragón de Komodo, que es notablemente mayor que cualquiera de los varanos que pueblan los trópicos del viejo mundo.

Sin necesidad de irnos tan lejos, entre la fauna canaria encontramos los célebres lagartos gigantes o la ya extinta rata gigante de Tenerife. Los ejemplos no se ciñen sólo a los vertebrados, ya que podríamos incluir en este síndrome a abejas gigantes indomalayas o al insecto palo de la isla de Howe.


Reconstrucción de la extinta rata gigante de Tenerife, del tamaño de un conejo

El caso de aves insulares con tendencia al gigantismo que, además, han perdido la capacidad de volar, cuenta también con multitud de ejemplos de sobra conocidos y tristemente extintos tras la llegada del ser humano a las islas de turno. Las famosas “aves elefante” de Madagascar (cuyos huevos eran tan grandes como sandías) aún fueron avistados por algunos europeos en el siglo XVII, y hay quien dice que inspiraron el mito del ave Roc que aparece en “Simbad el Marino”. Las moas de Nueva Zelanda o el célebre dodo de Mauricio (que no dejaba de ser una ploma de 18 kilos) son otros casos extremos de este síndrome.

Pero, ¿Por qué ocurre esto? ¿Cuáles son las causas biológicas responsables del síndrome? Se piensa que cuando distintos linajes de animales llegan por primera vez a una isla originalmente deshabitada por sus congéneres siempre se enfrentan a una situación similar: ausencia de depredadores que sí estaban presentes en el continente, y una cierta limitación del espacio.

Este nuevo contexto es favorable a mantener una mayor densidad de población, menor presión de posibles predadores y una mayor longevidad y supervivencia que podrían explicar el gigantismo, pero que a la vez debe verse contrarrestada con una disminución en la fertilidad.


Representación artística de la fauna enana de Creta (hipopótamos y ciervos) (Creative Commons Stanton F. Fink)

Lo que es aún más curioso es que el síndrome de la isla explica también fenómenos opuestos: el enanismo insular de ciertos mamíferos que normalmente tienen tamaños grandes en el continente.

En la actualidad tenemos por ejemplo al zorro insular de las islas del Canal (California), del tamaño de un gato, aunque la mayoría de los ejemplos más famosos están extintos: en varias islas del Mediterráneo (como Sicilia, Creta o Chipre) vivieron durante el Pleistoceno versiones miniaturizadas de ciervos o hipopótamos. A estos ejemplos podríamos añadir otros tan exóticos como el tigre de Bali, el lobo japonés, y, quizá el más famoso de todos, el hombre de la isla de Flores (apodado como “hobbit”).

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