Si al mirar las fotos de hace años, te ves más delgado que actualmente a pesar de que sigues practicando deporte y no has cambiado gran cosa tu dieta, no eres el único. Tus hábitos tienen solo parte de la culpa.

Un estudio publicado esta semana en 'Nature Medicine' ha demostrado por primera vez que, a medida que envejecemos, disminuye la conversión de los lípidos almacenados en los tejidos grasos en energía. Por eso acumulamos más grasa y, como consecuencia, tendemos a ganar peso.

“Los resultados indican por primera vez que los procesos que ocurren en nuestro tejido adiposo regulan cambios en el peso corporal asociados al envejecimiento, independientemente de otros factores”, explica Peter Arner, uno de los autores del trabajo y profesor en el Departamento de Medicina del Instituto Karolinska (Suecia).

¿Cómo se “queman” las grasas?

En el cuerpo, los ácidos grasos tomados a través de la dieta que no se utilizan para producir energía se almacenan en forma de unas moléculas conocidas como triglicéridos. Estos se encuentran en todas las células, pero son especialmente abundantes en las que componen el tejido adiposo, los adipocitos.

Cuando el organismo requiere energía, envía señales para movilizar los ácidos grasos que integran los triglicéridos y así poder ser utilizados por otros tejidos para cumplir diferentes funciones. Pero esta liberación de energía tiene lugar después de una serie de complejas reacciones que constituyen el metabolismo de los lípidos y que están reguladas por diferentes enzimas.

Hasta el momento no se sabía a ciencia cierta si esta capacidad para almacenar y movilizar los lípidos, que regula el volumen de tejido adiposo presente en el cuerpo, es constante durante toda la vida o cambia a medida que envejecemos.

El tejido adiposo no solo almacena energía, también controla el metabolismo corporal | Rawpixel.com I Pexels

A más edad, más facilidad para engordar

En el reciente trabajo, los científicos estudiaron la evolución de este proceso en 54 hombres y mujeres adultos durante una media de 13 años. En todos los casos, independientemente de si habían ganado o perdido peso, se produjo una reducción en el metabolismo de los lípidos en el tejido graso, es decir, en la velocidad a la que los lípidos en las células de grasa son almacenados y liberados.

La tasa de liberación de lípidos decrece con la edad y, además, disminuye la capacidad del organismo de modificar adecuadamente la tasa de absorción de lípidos para compensar este efecto. Aquellos participantes en el estudio que no compensaron los cambios disminuyendo la cantidad de calorías que ingerían a través de la dieta, ganaron peso.

Ese desequilibrio en el metabolismo de las grasas hace que tendamos a ganar kilos con la edad y que nos cueste más adelgazar, por mucho que nos pongamos a dieta o hagamos más ejercicio físico. Al parecer, para que se produzca una pérdida de peso sustancial no importan solo los cambios en la tasa de liberación de lípidos, sino también los ajustes en la tasa de absorción (y almacenamiento) de los mismos.

Según estos resultados, las personas que por naturaleza convierten peor los lípidos en energía tendrían, de hecho, más posibilidades de mantener un peso estable después de perder algunos kilos. Pueden aumentar la tasa metabólica de las grasas, por ejemplo, practicando más deporte.

Las mujeres adultas sin problemas de peso y que realicen actividad física moderada deberían tener entre un 17 y un 23 % de grasa corporal, mientras que en el caso de los hombres el rango es de entre un 12 y un 19 %. Conocer mejor cómo funciona la dinámica de los lípidos y cómo se regula la cantidad de tejido graso en los humanos es determinante para tratar trastornos del peso como la obesidad.

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