Aunque por su pequeño tamaño puedan parecer organismos simples, los mosquitos no necesitan ser más grandes: ya disponen de todas las herramientas necesarias para encontrar a sus hospedadores e incluso elegir a los más apetecibles.

Los ejemplares hembra, los únicos que se alimentan de sangre, utilizan para ello dos sistemas sensoriales: el olfato y la vista. Según demuestra un reciente estudio publicado en ‘Current Biology’, su cerebro es capaz de integrar tanto señales olfativas como visuales para identificar y aproximarse a su próximo hospedador, para posarse sobre él y nutrirse.

Cuando el olfato de estos insectos detecta ciertos estímulos químicos, se producen cambios en su cerebro que provocan una respuesta en su comportamiento. Es entonces cuando los animales comienzan a utilizar la vista para escanear sus alrededores en busca de determinadas formas y volar hacia ellas al asociarlas con presas potenciales.

El olor de la comida

Los investigadores han tenido en cuenta, por un lado, la señal olfativa que desvela a los mosquitos la presencia de un hospedador: el dióxido de carbono. Este gas, muy abundante en aire que exhalamos al respirar, les atrae a largas distancias: “Los mosquitos lo usan para localizar a un hospedador potencial que podría situarse a más de 30,5 metros”, explica Jeffrey A. Riffell, de la Universidad de Washington, uno de los autores del estudio.

Ese hospedador potencial podría ser tanto una persona como cualquier otro animal de sangre caliente. En un trabajo anterior, los mismos científicos demostraron que oler el dióxido de carbono activa el sistema visual del insecto. En el más reciente, han analizado cómo el CO2 provoca cambios en los patrones de vuelo y han observado cómo su cerebro responde a la combinación de señales olfativas y visuales.

Experimento con mosquitos tigre | Universidad de Washingto I Kiley Riffell

Con este objetivo, han estudiado las reacciones de más de 200 individuos de mosquitos tigre (‘Aedes aegypti’), utilizando luces LED y barras para generar los estímulos visuales, un dispositivo para proporcionarles aire con olor y distintos sensores para captar los cambios en los movimientos de las alas.

Apuntando en la dirección correcta

Así, cuando los insectos detectaban aire con un 5% de CO2 (por encima del 4,5% que contiene las exhalaciones humanas) inyectado por los investigadores, comenzaban a agitar sus alas más rápidamente. Cuando se les mostraba una barra en movimiento, las batían aún más rápido e intentaban dirigirse al punto donde se encontraba el filamento. Esta última respuesta era más intensa cuando recibían primero una ráfaga del aroma a comida.

Los científicos emplearon, además, un modelo matemático de vuelo obtenido de las moscas. Introduciendo los datos obtenidos, observaron que detectar dióxido de carbono hacía que los mosquitos fueran más rápidos en identificar y dirigirse hacia un objeto fuera de su ruta aérea inicial.

En un segundo experimento, los investigadores utilizaron individuos genéticamente modificados para que las neuronas mostrasen un color verde fluorescente si se activaban y un microscopio para observar su cerebro en tiempo real. Analizando las respuestas en las áreas relacionadas con la vista, hallaron que se activaban al colocar cerca de los insectos una barra y que lo hacían más intensamente si, además, se les proporcionaba previamente el aire cargado de CO2.

Al hacerlo al revés, comprobaron que “el olfato produce la activación de la vista, pero la vista no activa el sentido del olfato”, señala Riffell. Los resultados concuerdan con el funcionamiento de los sentidos del mosquito. Mientras que el olfato les permite detectar señales lejanas, su vista funciona mejor para objetos situados a entre 4,6 y 6,1 metros de distancia. De ahí que el primero actúe como interruptor del segundo y no al contrario.

En el futuro, Riffell y sus colegas quieren estudiar cómo distintas formas afectan al comportamiento de los insectos y a la actividad en el lóbulo cerebral que controla el sistema óptico. Los hallazgos de estos investigadores podrían utilizarse para desarrollar nuevos métodos para controlar las poblaciones de los mosquitos y reducir la influencia de aquellas enfermedades que propagan.

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