Más de dos mil kilos de nieve te entierran por completo en décimas de segundo. El peso te ahoga y te impide respirar. La avalancha te ha agitado y removido tanto que estás absolutamente desorientado. Tu cuerpo queda congelado en una postura imposible que te estira y revienta los ligamentos de las articulaciones como en un potro de tortura medieval. El dolor es máximo. No distingues el arriba del abajo. No puedes ni abrir los ojos porque el hielo te quema las córneas. Despegar las mandíbulas para comprimir la nieve y buscar la última bocanada de oxígeno es un esfuerzo titánico. Cavar es una utopía por el esfuerzo, por el gasto de oxígeno y, sobre todo, por la desorientación. El miedo y el pánico se apodera de tu ritmo cardiaco y respiratorio y exigen un aire que no existe. En unos segundos sientes el silencio, el frío y la soledad del condenado a muerte.

Bueno, el silencio absoluto no. Sobre una superficie nevada el sonido es capaz de desplazarse atravesando grandes distancias. Y tu oído es más sensible a sonidos lejanos. Como debajo del agua de una piscina, pero sin poder utilizar tus ojos. La tortura es aún mayor cuando los pasos de un animal al otro lado de la colina parecen los de tu equipo de rescate… y tu respiración se acelera agónicamente. Ese sonido mágico de los pasos sobre la nieve es ahora la mayor de tus torturas. Cualquier vibración, cualquier objeto cayendo de un pino suponen un nuevo reto psicológico a controlar para poder sobrevivir.

Todo el mundo te da por muerto cuando tú estás todavía consciente, sin poder moverte, sin ver nada y solo con el oído estimulado por tu entorno. Es algo así como estar encerrado en tu propio cuerpo, una sensación similar a casos de tetraplejia y coma inducido, pero con el futuro aún más hipotecado.

¿Te imaginas peor tortura? ¿Te imaginas cómo reaccionaría tu cuerpo y tu mente ante tal situación? ¿Te imaginas vivir esa condena y poder vivir para contarlo? Así le ocurrió a Alex White en el invierno de 2013 en el oeste del paso Cameron, un lugar de las Montañas Rocosas llamado Paradise Bowl, en Colorado.

Su historia rompe las estadísticas de este tipo de accidentes. En 25 años de experiencia de los servicios de rescate de avalanchas en Canadá y Suiza el cálculo de probabilidad de supervivencia en un entierro completo durante más de 36 minutos es sólo del cuatro por ciento en Canadá y del 16 por ciento entre los suizos. Según los datos de Canadá, el entierro más largo de su historia fue de 120 minutos, pero ocurrió en una zona urbana. En Suiza el récord de rescate con éxito de una víctima de avalancha fue tras 55 minutos de agonía. Alex White sobrevivió a un entierro de 180 minutos.

Alex White no iba solo. Parte de su tragedia fue perder a un buen amigo en las mismas circunstancias que le tocó vivir a él. Joe Philpott no sobrevivió al peor momento del accidente, la fuerza de la avalancha. Aquel día las autoridades midieron una fractura en la colina de 600 metros de longitud de nieve por tres de profundidad, suficiente para arrastrar un bosque. El 30% de los fallecidos en avalanchas lo hacen por los traumas provocados por el desplazamiento. El azar y la teoría del caos de una avalancha pueden dejarte una bolsa de aire al alcance de tus labios que te permita sobrevivir o clavarte un rama de pino en el pecho durante la gran ola. Es el poder de la naturaleza.

Alex White y Joe Philpott eran expertos esquiadores que eligieron una ruta natural no marcada aquel fatídico día. Pero sabían lo que hacían. La experiencia y sus conocimientos les permitían identificar y evitar zonas complicadas. Solo cometieron un desafortunado error que desencadenó la tragedia. Aquel día decidieron llevar a otro buen amigo… su perro. Según las investigaciones fue el perro el que causó los desprendimientos al adentrarse en una zona de nieve inestable. Nunca debieron dejar al animal detrás de sus huellas.

A las 13:15 del 2 de Marzo de 2013 una gran masa de nieve arrastró a los tres hacia el abismo

"Lo último que recuerdo es que pensé que me iba a morir allí... Y aparte de unos pocos momentos de pánico sentí una sensación de paz muy grande"

Los dos expertos esquiadores llevaban balizas de emergencias y Avalung, una mochila de aire con un tubo que te permite una autonomía de hasta 50 minutos de respiración bajo la nieve para esperar el rescate. Pero no siempre funciona.

“En cuanto oí los gritos de aviso de Joe y sentí bajo mis pies los desprendimientos agarré el tubo del Avalung pero no fui capaz de llevarlo hasta mi boca. Se quedó a escasos centímetros de mi cara en un pequeño hueco de la nieve una vez sepultado”

Dos amigos de los esquiadores alertaron a los guardabosques de su ausencia. No habían aparecido a la hora del almuerzo. Habían pasado ya 80 minutos desde el accidente y los guardabosques tenían constancia de un desprendimiento en la zona. Ante las evidencias eligieron un atajo tan peligroso como eficaz para acceder rápidamente al Paso Cameron: motos de nieve.

Al llegar a Paradise Bowl encontraron un bosque arrasado por la fuerza de la avalancha. Dos esquiadores habían encontrado, gracias a su baliza, el cuerpo inerte de Joe Philpott. Ninguna señal de Alex White.

Casi una hora más tarde el transceptor localizó una señal muy débil mucho más abajo de la falla. El talón de dos botas grises asomaba entre una gran masa compacta de nieve y ramas. Alex White estaba apenas a dos metros de profundidad. Pero caía la noche y desde la central exigían la vuelta del equipo de rescate.

“Vamos a cavar tan duro como podamos porque yo no voy a ser capaz de dormir esta noche si no estoy seguro de que este tipo está muerto'", dijo uno de los guardabosques

Era como excavar en hormigón. La fuerza de la compresión convierten en una tumba de ‘ámbar’ lo que, a simple vista, parece solo un juego de niños. Un gemido de Alex sorprendió a sus desenterradores. Eran las 16.15.

Alex White había sobrevivido por un cúmulo de coincidencias. Una pequeña cámara de aire había hecho el trabajo de su Avalung. Eso y el temple para no gastar ni un gramo de fuerzas en intentar liberarse. Él siempre pensaba que su amigo Joe estaba cerca para rescatarle.

Su corazón se paró en el helicóptero de rescate, lograron reanimarle a tiempo. La suerte ese día estuvo siempre de su lado. No así del de su amigo Joe. Tampoco encontraron nunca el cuerpo del inocente verdugo. El perro.