Después de unos duros meses otoñales en los que, todavía recordando el verano, nos hemos consolado con una buena ristra de puentes, al fin llega la Navidad. Suplicio familiar para unos y primera escapada invernal para otros, las últimas vacaciones del año suelen venir cargadas de viajes, comilonas y encuentros.

Pero lo que parece una oportunidad ideal para tomar aire y descansar antes de un agreste enero puede convertirse en un reposo obligado. Ya hablemos de un simple catarro, una gripe peleona o una intoxicación alimentaria, no es raro que una infección o un excesivo empacho acabe por aguarnos las fiestas.

Porque ¿quién no ha estado alguna vez malo en Navidad o ha caído enfermo justo después? Si bien es cierto que las fiestas se incluyen en la temporada de gripe, algunos de los hábitos propios de estas fechas a menudo ponen a prueba a nuestro cuerpo y allanan el camino a virus y bacterias patógenas.

Viajes no tan placenteros

Aviones, trenes y autobuses son, a fin de cuentas, espacios cerrados donde los pasajeros comparten aire. Aunque existen sistemas de ventilación, se trata del mismo aire donde vierten sus gérmenes a través de estornudos o toses.

Algo similar ocurre en aeropuertos y estaciones: los viajeros entran en contacto con multitud de personas que pueden ser portadoras de enfermedades. Así, este tipo de lugares concurridos constituyen el medio perfecto para la difusión de patógenos.

Y si los turistas navideños viajan a otro país, puede que su organismo no solo tenga lidiar con la diferencia horaria y el jet lag, sino también con unos microbios, virus y posibles alérgenos desconocidos para su sistema inmune.

Está claro que dejar de respirar no es una opción, pero existen medidas como lavarse las manos a menudo, dormir lo suficiente (la falta de sueño debilita el sistema inmune) o beber agua embotellada en ciertos lugares del planeta que sí resultan efectivas para evitar infecciones.

Los viajeros pueden infectarse en estaciones, aeropuertos o vehículos | RyanMcGuire I Pixabay

Comidas que pasan factura

Otro de los factores que pueden fastidiarnos las fiestas son los alimentos. El gran número de cenas y comidas a las que acudimos, ya sean en restaurantes o en casa, hace que aumente la probabilidad de que suframos una intoxicación alimentaria.

Si el menú se cocina en el hogar, algunos consejos para evitar que bacterias como la popular Escherichia coli, virus o parásitos conquisten los alimentos son mantener una buena higiene y asegurarnos de conservar adecuadamente las sobras, además de consumirlas lo antes posible.

Los excesos son otro asunto que puede pasar factura al cuerpo y, especialmente, al sistema digestivo. Antes de en la báscula, las consecuencias se manifiestan en forma de incomodidad y malestar o, incluso, náuseas y vómitos en los peores casos de intoxicación.

Comer demasiado afecta a las bacterias beneficiosas que viven en nuestro intestino y puede causar problemas estomacales como reflujo o acidez. Además, tal chute de calorías, azúcares y grasas provoca en el organismo fluctuaciones hormonales, hace que acumulemos los sobrantes y que nos sintamos exhaustos, ya que invertimos mucha energía en la digestión.

Las intoxicaciones alimentarias son comunes en Navidad | Craig Adderley I Pexels

La otra cara de las reuniones

De nuevo, rodearnos de muchas personas durante los encuentros navideños, aunque se trate de amigos o seres queridos, facilita las cosas a los patógenos. Especialmente en el caso de los niños, uno de los principales vectores para el virus de la gripe y los rinovirus (causantes de la mayoría de resfriados comunes).

Y además de a la salud física, la Navidad puede afectar a la salud mental de algunas personas. Esta época del año puede ocasionar estrés debido, entre otros factores, a los importantes gastos asociados, las responsabilidades, los problemas familiares y el esfuerzo por intentar mantener unos hábitos saludables.

Toda esta presión puede hacer que la corteza prefrontal (la parte del cerebro implicada en los comportamientos sociales, las decisiones y los rasgos de personalidad) se vea sobrepasada por la cantidad de información y trabajo que recibe.

Pero por suerte o por desgracia, la Navidad también llega a su fin. Las semanas posteriores son un buen momento para comenzar con los buenos propósitos, retomar las costumbres saludables y recuperar la energía que podamos haber perdido por el camino.

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