A pesar de que la mitad de todas las especies de setas no son comestibles y una gran parte resultan indigestas o insípidas, el ser humano ha mantenido un estrecho vínculo con ellas desde el principio de los tiempos, ya sea tanto por motivos gastronómicos como místicos.

Sin embargo, las setas en realidad sólo son las ayudas para germinar de los hongos: su propósito es el mismo que el que tienen las frutas y las flores para las plantas. Y es que el suyo es un reino lleno de peculiaridades.... y con mucha historia a la espalda.

Ya desde los inicios ha habido algunos que han llamado la atención. Es el caso del Prototaxites, un hongo que existió entre el Silúrico superior y el Devónico superior (hace 420-370 millones de años). Su estructura era enorme, similar a la de un tronco de árbol, de un metro de ancho por ocho metros de alto. Era más alto que una jirafa.

Hoy en día no existe algo así, pero sí algo parecido: los hongos pueden crecer clónicamente, anexionándose para crear un organismo gigante que puede considerarse individual. Es el caso del hongo del bosque nacional de Malheur, en las Montañas Azules del este de Oregón, en Estados Unidos. Conocido como hongo de la miel (Armillaria ostoyae), cubre una extensión de 890 hectáreas, lo que equivale a 1.220 campos de fútbol, y tiene como mínimo una edad estimada 2.400 años.

Pero de todas las particularidades de los 5,1 millones de especies de distintas de hongos que ya se conocen, quizá la Amanita muscaria es la que resulta más llamativa por su íntima relación con el sistema nervioso del ser humano desde hace miles de años.

Enteógeno guerero

Un enteógeno​ es una sustancia vegetal con propiedades psicotrópicas que, al ingerirse, origina un estado modificado de conciencia. La Amanita muscaria lleva, al menos desde 1730, proporcionando este uso, pero no es el único: también se ha usado como antidepresivo, y sustituto del vino en la Italia de los años 1860 a 1890 cuando la mayor parte de los viñedos europeos fueron dañados por un parásito.

Pero hay pueblos que conocen sus propiedades desde hace milenios. Las culturas que han usado los hongos se llaman pueblos micofílicos y, entre otras, empleaban el muscimol, el componente psicoactivo de la Amanita muscaria.

El filósofo alemán Alberto Magno fue quien, en el siglo XIII, describió las propiedades venenosas de este hongo, que atrae a las moscas para matarlas con sus toxinas -de ahí su nombre común, matamoscas-. Las propiedades psicoactivas del hongo son moderadas, pero se amplifican cuando se seca. Las primeras alucinaciones se producen unos quince minutos después de la ingesta, pero al desvanecerse los efectos entonces aparecen síntomas agudos de resaca, tales como somnolencia, agotamiento y jaqueca.

La Amanita muscaria es también famosa por crecer sólo en bosques en los que se encuentran determinados árboles (abedules, hayas, el pino negro y los abetos), ya que crece en simbiosis con esas raíces.

El pueblo mucofílico que más adoraba la Amanita seguramente fueran los habitantes indígenas de la estepa eurasiática, en especial la tribu siberiana de los chukchi, que sostenía que existía un nexo cósmico entre la Amanita y el trueno. Según refiere Robert Gordon Wasson en su libro 'Mushrooms, Russia and History', "el rayo es un Hombre Unilateral que arrastra a su hermana por el pie. Cuando esta golpea con el suelo del cielo, el ruido de los golpes da lugar al trueno. Su orina es la lluvia, y ella queda poseída por los espíritus de la amanita". Esta idea de que la Amanita nace donde ha impactado un rayo es muy común en mitos, cuentos y leyendas eurasiáticos.

También guarda relación con la idea de que la Amanita proporciona fuerza extra a los combatientes. Según esa visión, el valor y la temeridad de los guerreros siberianos y escandinavos antiguos podría ser resultado de uno de los efectos alucinógenos en particular de la amanita: la micropsia. Tal y como define Lukasz Kamienski en su libro 'Las drogas de la guerra', "la micropsia distorsiona la percepción del entorno, que parece mucho más pequeño, lo que a su vez aumenta la confianza en uno mismo y produce una sensación de omnipotencia ante un enemigo débil y minúsculo".

Por si fuera poco, la íntima relación de la amanita con nuestro sistema nervioso también se ha fortalecido mediante la ficción, concretamente de cuentos de hadas. El paradigma lo representan 'Alicia en el país de las maravillas' y 'Alicia a través del espejo', ambas de Lewis Carroll, donde se describe un ejemplo exagerado de micropsia y de macropsia: cuando la protagonista disminuye o aumenta su tamaño tras comer hongos o pasteles. Porque ¿acaso los cuentos de hadas no le deben mucho a los enteógenos primigenios como la Amanita?