Las ensaladas de bolsa son productos listos para el consumo. Esto quiere decir que la mezcla de lechugas y verduras no necesitan ser cortadas ni lavadas, sino que se pueden consumir directamente. Además, estas ensaladas se mantienen frescas durante días, ayudando a reducir el desperdicio alimentario.

Cuando lavamos y cortamos una lechuga en casa, a las pocas horas pierde frescura. Sin embargo, las ensaladas de bolsa se mantienen frescas durante días, con fechas de caducidad que pueden alcanzar una semana. No llevan ni aditivos ni conservantes, sino que esto se logra fundamentalmente gracias al envase, a la bolsa.

Las verduras se recolectan, se cortan y se lavan con disoluciones oxidantes que eliminan la posible contaminación biológica, de forma similar a como se haría en casa. Se elimina la humedad por centrifugado, igual que hacen los escurridores giratorios domésticos. A continuación, las verduras se envasan en bolsas de plástico con atmósfera protectora, una combinación de gases que inhiben la proliferación bacteriana. La bolsa al ser de plástico no poroso se sella herméticamente, protegiendo la ensalada del aire y de la contaminación externa. Todo el proceso se hace en frío, lo que también inhibe el crecimiento bacteriano. También por eso estos alimentos se encuentran en lineales refrigerados y en casa se deben conservar en la nevera.

Siguiendo con la regulación, se realizan muestreos para garantizar que no hay presencia de patógenos como por ejemplo Escherichia coli, Listeria o Salmonella. Hasta la fecha, en Europa nunca ha habido ninguna alerta alimentaria por presencia de bacterias en las ensaladas de bolsa, de modo que el sistema de conservación funciona.

La mayoría de los proveedores de ensaladas han optado por envasar en plásticos 100% reciclables como polipropileno, polietileno o PET reciclado, mejorando sensiblemente la sostenibilidad. Además, los materiales con los que se fabrican las bolsas deben cumplir una serie de requisitos para garantizar que son seguros en contacto con los alimentos.

Los Materiales en Contacto con Alimentos (MCA, así es cómo se llaman en la industria alimentaria) deben ajustarse a la legislación y probar que son seguros. No se pueden fabricar con cualquier material, por eso en la Unión Europea hay un reglamento para cada familia de materiales: cerámicos, vítreos, celulósicos, plásticos, plásticos reciclados, poliméricos…

En los reglamentos figuran los métodos aprobados de fabricación, la lista de materias primas que está permitido emplear, los reactivos, pigmentos y aditivos que se pueden usar para fabricar el material y en qué cantidades máximas. Todo ello para garantizar que el material no contiene sustancias tóxicas que puedan migrar al alimento en su uso normal.

Para certificar que un material se puede destinar a uso alimentario, el fabricante debe evaluar la migración. La migración es la transferencia de compuestos del material al alimento. Esta medida permite al fabricante asegurar que no hay ninguna sustancia que se transfiera al alimento que pueda ser perjudicial para el consumo.

Según la regulación vigente, los Materiales en Contacto con Alimentos, en condiciones previsibles de empleo, no deben transferir sus componentes a los alimentos en cantidades que puedan (1) representar un peligro para la salud humana, (2) provocar modificaciones inaceptables de la composición de los alimentos, o (3) provocar alteraciones de las características organolépticas de éstos (olor, sabor, textura o aspecto).

Por eso, todos los Materiales en Contacto con Alimentos deben pasar obligatoriamente por dos tipos de ensayos de migración antes de llegar al mercado. Uno es el ensayo de migración global, en el que se mide qué cantidad de material migra al alimento. Para ello se usan alimentos o bien unos preparados llamados "simulantes" que simulan las propiedades químicas, físicas y biológicas de los alimentos. El otro es el ensayo de migración específica en el que se identifican los compuestos que migran y en qué cantidad. En ningún caso se pueden superar los límites de migración específica autorizados (LME) que figuran en la regulación.

Hay pictogramas que sirven para indicar las recomendaciones de uso: apto para microondas, apto para congelar, etc. Así que, para hacer un uso seguro hay que seguir estas recomendaciones: no calentar en el microondas una bolsa de verduras si en el envase no se especifica que el material está preparado para ello, o no congelar una bolsa de verduras frescas si no se especifica este uso.

Para tener la garantía de que las bolsas de ensalada son seguras, hay que fijarse en que no presenten fisuras o marcas de deterioro. Lo más importante es respetar la fecha de caducidad y la vida útil secundaria, es decir, hasta cuándo se puede consumir una vez abierto el envase.