Conocer el origen del coronavirus es fundamental para mitigar el riesgo de brotes futuros. Esta pregunta ha recuperado protagonismo en los medios por una carta publicada el 14 de mayo en la revista Science en la que un grupo de científicos solicita una investigación más profunda, objetiva y transparente sobre el origen del SARS-CoV-2.

Se está hablando de tres opciones: un proceso natural de zoonosis (enfermedad transmitida de animales a humanos), un fallo de seguridad en un laboratorio en el que se produjo la liberación accidental del virus, y una creación deliberada de un virus con potencial pandémico. Esta última opción es un disparate, como veremos a continuación. Pero las otras dos son hipótesis posibles, lo que no implica que ambas sean igual de probables. De hecho, la balanza de la evidencia científica se inclina hacia un proceso de selección natural.

Existen cientos de coronavirus diferentes. Desde hace miles de años han estado cruzando las barreras entre especies. Principalmente afectan a animales mamíferos. El murciélago es un gran reservorio de coronavirus. Siete de ellos afectan a humanos, la mayoría solo causan catarros y gastroenteritis leves. El origen de todos ellos se explica por procesos de zoonosis a partir de virus de murciélagos y roedores, y a través de intermediarios como los mapaches o los pangolines en los que se irían adaptando evolutivamente hasta infectar a humanos.

Este proceso ocurre realmente rápido: los virus se reproducen a gran velocidad dentro de las células, mutando con celeridad, lo que hace que la evolución en ellos vaya a cámara rápida. Por eso solo conocemos un 1% de los virus que existen, y más del 70% tienen origen animal conocido.

La mayoría de los coronavirus se contagian con facilidad y producen enfermedades leves. En cambio, el primer SARS y el MERS son más patógenos pero se contagian con dificultad entre humanos, por eso los casos se pueden contener con cierta facilidad. Sin embargo, el SARS-CoV-2 tiene una llave que se adapta mejor a la cerradura de entrada en la célula, lo que propicia la transmisión. Esta llave es la proteína S que encaja con la cerradura ACE2 de las células humanas.

Se ha especulado mucho acerca de si la proteína S tenía un origen sintético, pero la realidad es que los estudios en ingeniería genética revelan que el proceso de llave-cerradura aunque es funcional, no está optimizado: la proteína S se tiene que dividir en dos subunidades por mediación de una enzima proteasa a través de un corte por furina propiciando que la envoltura del virus se fusione con la membrana celular y así introducir el material genético del virus en la célula. Es decir, hay varios pasos en este proceso que en ingeniería genética serían considerados una chapuza, que por manipulación artificial se habrían resuelto mucho mejor y de un modo muy diferente.

Además, este tipo de proceso llave-cerradura es muy similar al de los coronavirus que afectan a los pangolines, que son un hospedador intermedio, y el "corte por furina" pudo haberse seleccionado naturalmente una vez comenzó la transmisión entre humanos. Así que todo apunta a que el SARS-CoV-2 es fruto de la selección natural.

Ahora se cumple un año desde que la Organización Mundial de la Salud, en colaboración con las autoridades chinas, emprendieron un estudio sobre el origen del coronavirus cuyos resultados se publicaron en noviembre de 2020. Se barajaron las dos hipótesis: un accidente de laboratorio o un proceso natural de zoonosis. Los datos fueron aportados por las autoridades chinas. A partir de ellos se llegó a la conclusión de que la zoonosis es "muy probable" y el accidente "extremadamente improbable". No obstante, las dos posibilidades no recibieron una consideración equilibrada, por lo que la OMS, las autoridades estadounidenses y europeas, entre otros, manifiestan que hay lagunas en la investigación y solicitan acceso directo y libre a las muestras, los datos y las instalaciones chinas de interés.

En el pasado se produjeron contagios accidentales con virus consecuencia de fallos de seguridad en el laboratorio. Ocurrió con la viruela, con la brucelosis, con la fiebre hemorrágica o con el ébola. Es cierto que fueron casos rotundamente excepcionales, pero el riesgo de cometer un error nunca es cero, ni para el trabajo científico ni para cualquier otro trabajo. Por eso también se investiga esta hipótesis porque, aunque es improbable, sí es posible.

En la comunidad científica se respira indignación por la opacidad generalizada de la actividad científica asiática. Pocos lo han manifestado públicamente durante la pandemia para no contribuir a la desinformación y al miedo. Sin embargo, al comienzo fueron algunos médicos, científicos, periodistas y ciudadanos chinos quienes compartieron con el mundo a título individual información crucial sobre la propagación del virus, a menudo a un gran costo personal y profesional.

Recientemente se hizo público que al menos tres científicos del Instituto de Virología de Wuhan (China) enfermaron con síntomas compatibles con la COVID-19 un mes antes del anuncio oficial de un nuevo coronavirus, por lo que hay serias dudas acerca del nivel de bioseguridad del Instituto de Wuhan. Ya en 2018, en un informe para verificar la bioseguridad de las instalaciones, los técnicos del Departamento de Estado de los EEUU expresaron su preocupación por la falta de seguridad, las debilidades en la gestión del laboratorio y la falta de personal especializado, y describieron que muchos de los trabajos no se estaban realizando con el nivel 3 o 4 de biocontención necesario.

Los ensayos con patógenos potencialmente pandémicos se realizan en instalaciones de biocontención de al menos nivel 3 (BSL3). Para exhibir la marca BSL3, un laboratorio nunca debe intercambiar aire o material no estéril con el exterior. Para ello, toda la instalación tiene presión negativa y siempre, todos los días y noches del año, todo el aire pasa por filtros HEPA. El sistema de entrada y salida de personas y equipos cuenta con duchas y puertas dobles conmutadas que nunca se abren al mismo tiempo, ni sin esterilizar los residuos y descontaminar al personal.

Para estudiar cómo un virus puede volverse potencialmente pandémico se pueden inducir cambios genéticos deliberados. A este tipo de estudios se les denomina de "ganancia de función". Estos estudios generan controversia por su potencial peligrosidad. Por un lado, las consecuencias de un accidente podrían ser catastróficas. Por otro lado, gracias a ellos se consiguió la vacuna para el sarampión o detectar y detener brotes de gripe aviar.

También hay quien se opone a estos estudios por temor a que alguien use estos virus modificados como arma biológica. Es una idea perezosa, puesto que prácticamente cualquier avance científico y tecnológico podría utilizarse con fines malvados.

En EEUU y en Europa hay una moratoria de financiación desde 2014 que impide realizar estudios de ganancia de función en virus primos del SARS-CoV-2, como el MERS y el SARS-CoV, por su potencial riesgo pandémico. No obstante, en China se llevan haciendo desde 2007, así que la hipótesis de un contagio accidental con un virus experimental es posible. Por eso, aunque lo más probable sea el origen natural del virus, esta otra hipótesis, aunque muy improbable, es posible, y merece que se investigue en profundidad.

La investigación sobre el origen del coronavirus no pretende señalar culpables, ni promover la hostilidad intercultural, sino garantizar la independencia y trasparencia propia de la actividad científica. Saber cómo surgió la COVID-19 es fundamental para mitigar el riesgo de brotes futuros.

Si el origen del coronavirus fuese un accidente de laboratorio, la forma de evitar que esto no se repita es obvia, no por ello fácil. Sin embargo, si el origen del coronavirus es la selección natural, como todo parece indicar, no me produce ningún alivio. Al contrario. Hay muchos virus similares al SARS-CoV-2 circulando entre animales que podrían volver a saltar a los humanos, conque el origen natural del coronavirus implica que la probabilidad de futuros brotes es muy alta. Así que sea cual sea el origen del coronavirus, ninguna de las respuestas es despreocupada.